Nuestros juegos de infancia en La Laguna

12.07.2023 | Redacción | Opinión

Por: Paco Pérez

pacopego@hotmail.com

La Laguna siempre ha estado presente en mi vida. Allí nací a finales de 1958 y residí en dicha ciudad (en una primera etapa) hasta 1971. Mis primeros doce años, por tanto, se desarrollaron en el casco de la ciudad y en ese período compartí juegos con niños de mi edad que, por razones obvias, no teníamos tabletas, ni videojuegos, ni ordenadores personales ni teléfonos móviles, porque aún no se habían inventado esos artilugios o no habían llegado a Tenerife, por mucho que los hubiera por el resto del Mundo, aunque no lo creo.

Nuestras diversiones se basaban en nuestro propio ingenio. Así jugábamos un partidito de fútbol entre los miembros de mi pandilla, en una zona acotada de la plaza de la Catedral, en el lateral de la calle Bencomo, al lado de las Casa Capitulares, donde nos reuníamos muchas tardes, sobre todo cuando hacía buen tiempo, y nos pegábamos varias horas dando patadas al balón, con tal mala suerte que algunos cristales de las ventanas de las casas de la acerca norte de la calle, por donde hoy está el velatorio de los hermanos Bethlemitas, acabaron rotos en la vía pública...

Allí nos reuníamos unos cuantos chicos (recuerdo, por ejemplo, a Ventura González, que también se hizo periodista con los años y fue un gran compañero de profesión, Ramoncito López-Molina o Julián González, por citar a algunos que ahora me vienen a la memoria.

Otros días, montábamos en bicicletas (alquiladas y/o propias) y nos íbamos hasta la entonces inicipiente Urbanización Aguere, al lado del campo de La Manzanilla, a competir en carreras sobre aquella calles recién empichadas, derrapando en las curvas, porque la calzada era de piedras y asflato, recubiertas con una arena muy fina, que hacía que perdiéramos la estabilidad, con tan mala suerte que en una ocasión me caí, me protegí por instinyo con los dos brazos y me quedé prácticamente con las palmas de las manos descarnadas y con piedritas incrustadas en la piel.

En otras ocasiones, las menos, íbamos caminando hasta El Portezuelo (en la parte alta del vecino municipio de Tegueste), a unos cinco o seis kilómetros de La Laguna, a montar un rato a caballo, en un picadero que había en la zona, la mayoría de las veces acompañando a Robertito Ucelay y a su hermano menor, Nacho, al que no le gustaba tanto la hípica.

Aquellos niños de los sesenta organizábamos los más curiosos concursos. Ahora mismo me he acordado de dos que tenían que ver con adivinar las marcas de los automóviles a través del distinto ruido que emitían los motores de cada vehículo (casi todos tenían un sonido característico) y, a primera hora de la noche, acertar de qué coche se trataba, por la disposición de las luces de cruce. Y también apuntábamos, por curiosidad, las matrículas de los distintos modelos que pasaban por una calle concreta y calcular la antigüedad de los mismos, acciones que mosqueaban a muchos conductores, porque desconocían el motivo de nuestras particulares y "misteriosas" anotaciones.

Con estas batallitas quiero resaltar, sobre todo, que una vez que terminaban las clases o durante los días festivos, nos divertíamos en la vía pública, de forma sana. Recuerdo que, por aquel entonces, un reconocido pediatra que tenía su clínica en la calle Bencomo --construida en un solar donde estuvo en otra época anterior la casa de mi familia-- recomendaba a los padres que dejaran a sus hijos jugando en las calles (tanto asfaltadas como de tierra) y cuando terminasen sus "andanzas urbanas", sobre las ocho y media o nueve de la noche --nunca más tarde-- se les diera un reconfortante baño, cenaran y a dormir plácidamente.

Creo que aquella forma de vivir era más sana que la actual, nuestro ingenio creció con aquellas experiencias y no estábamos, como los niños de hoy en día, ensimismados con artiulugios electrónicos de nuevas tecnologías, que pienso que abotargan sus mentes. Pero allá cada cual. Otros tiempos, sin duda.

En la foto, unas de las plazas (en este caso la de La Concepción), donde nos divertíamos a menudo, jugando a bailar trompos o a meter boliches de cristal de vivos colores para meterlos en los "gongos".

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