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Un talento en el olvido de la nueva generación que ganó el Premio Canarias de Literatura 2012 (Luis Alemany Colomé)

14.02.2018. Santa Cruz de Tenerife / Reportaje

Por: Rafael J. Lutzardo Hernández

La vida es como una noria que gira alrededor de las etapas de nuestras vidas. Un día estás arriba, y otra, abajo. La figura del Luis Alemany Colomé ha sido para Canarias un referente en todas sus vertientes culturales y artísticas. Un hombre, que tuvo muchos amigos y admiradores de una generación deslumbrante del mundo de la cultura y arte, pero años más tarde, la noria de la vida le abandonó y aquellos que fueron sus amigos; salvo algunos, desaparecieron de su vida como arte de magia. ¿Quién se acuerda de este gran talento de la cultura y arte de Canarias? Casi nadie. Sin duda, su capacidad, visión y conocimientos sobre el mundo del teatro fue admirable. Tuve la suerte de tenerlo como compañero de profesión en la Gaceta de Canarias. Cirilo Leal reconoce que: “fue un referente muy importante en la Cultura y arte en canarias”

Luis Alemany Colomé pertenece a una generación, donde aún no habían aparecido los ordenadores ni la banda ancha de Internet. La prensa escrita se hacía con plomo a través de las linotipias y las correcciones se hacían de la mano del hombre denominados como correctores. Hoy quiero rendirle un merecido y respetuoso homenaje a mi amigo y maestro, Luis Alemany, persona que le conocí hace muchos años en El Círculo de Bellas Artes. Época dorada de escritores, poetas pintores y dramaturgos. Nombres como: Antonio Lecuona Hardisson, fundador y primer presidente del Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife en 1926, así como director de la Academia de Música del mismo a partir de 1930. Eduardo Westerdahl, Emeterio Gutiérrez Albelo, Fernando Delgado, Pedro García Cabrera, Domingo, Pérez Minik, Juan Cruz, Francisco Bonin Miranda, Máximo Escobar, Emilia Mesa, Jesús Ortiz, Toribio, Raúl Tabares, Alberto Brito, Mario Baudet, Martín González, Manolo Sánchez, las hermanas Tinaut, Juan Galarza, Juan Mazuela, Andrés Pérez Faraudo y su mujer Doña Juana, Fernando Torres, Leopoldo de la Rosa, Antonio González Suárez; Pedro González, etc.

Por otro lado y con motivo del premio Canarias de Literatura que ganó en el 2012, el periodista y escritor, Juan Cruz Ruiz, escribió sobre el protagonista de este reportaje: Luis Alemany, que acaba de ganar el premio Canarias de Literatura, es uno de los grandes escritores españoles de la segunda mitad del siglo XX, pero él se ha empeñado en no parecerlo. Escribió una gran novela, acometió tareas dramáticas (teatrales) y docentes, escribió cuentos memorables, pero dejó a un lado esas tareas (a veces por cansancio, a veces por hastío, casi siempre por bohemia), y ha dejado para otra ocasión (para ahora, por ejemplo) la continuidad deseable de esa vocación para la que tan dotado estuvo siempre: la literatura.

Su nombre propio está unido a una novela que marcó un hito en las Islas, Los puercos de Circe; de ella se habló en voz baja cuando salió y se siguió hablando así a lo largo de los años que median de aquella edición (Taller de Ediciones JB, 1973) hasta ahora mismo, pues la obra se adentraba en la vida provinciana de una sociedad burguesa, y ya se sabe que lo más difícil es que las ciudades acepten su con de mente.

Y Alemany retrataba en Los puercos de Circe aquel Santa Cruz en el que fue recriado (nació en Barcelona, en 1944, pero sus padres lo llevaron muy pronto a la Isla) con la destreza de un paseante en las intimidades del lugar, y con la habilidad de un extraordinario narrador que ya había asombrado al jurado del premio Jauja de cuentos (que se daba en Valladolid) con un relato que está (o debería estar) en las mejores antologías de relatos españoles.

Ese cuento, El indulto, revelaba a un narrador que, como pedía Ernesto Guevara a los suyos para otras cosas, alcanzaba la mordacidad sin perder (sobre todo en el pasaje final del cuento) la ternura que atrapa y al mismo tiempo distancia.

Los puercos de Circe era mucho más mordaz, más atrevida, más radical; iba al tuétano de aquella ciudad burguesa y la exponía como si estuviera secando al sol sus vísceras. Después de ese libro, que tuvo ese éxito en baja voz al que están condenados los buenos relatos en las sociedades que retratan, hasta que alguien los destapa y se atreve a airearlos, Alemany hizo teatro, escribió otros cuentos, dirigió montajes ajenos o propios, fue profesor (y se aburrió de ello) en La Laguna, donde estudió, y en otras ciudades españolas o extranjeras, y finalmente decidió que, en medio de las ruinas de la vida, era mejor esperar a que escampara para regresar a la escritura para la que está tan dotado. Todavía no ha escampado, pero ha salido un poco el sol en esa vida de la que ha huido a veces como de la peste.

Este premio que ahora ha recibido en su tierra honra lo que ha hecho, y como aún está a tiempo (y que sea por muchos años) seguramente será un acicate para que continúe haciendo, pues hay pocos talentos narrativos tan promisorios y tan contundentes como ese que se alberga en Los puercos de Circe.

Decía Alfonso García-Ramos, narrador, periodista, que los canarios estaban dotados para la lírica, al menos hasta la década en que escribe Alemany su primera novela. Y de hecho los poetas insulares, desde Tomás Morales, Domingo Rivero o Domingo López Torres, entre otros muchos, le dieron a la poesía en español mucha metáfora de la que vive el aliento insular también. Pero fue el propio García-Ramos, con Guad, el que reinaugura un periodo narrativo que sigue hasta hoy y del que Alemany es un adelantado.

El premio que ahora ha recibido en su tierra llama la atención sobre su literatura. Tiene uno la confianza de que también le llame a él mismo la atención sobre las posibilidades que sigue teniendo de dar a la estampa aún muchos libros que subrayen aquel talento que asombró al jurado que le premió El indulto y a este jurado que le premió por toda su obra con el Canarias de Literatura.

Por último, su biografía está llena de riqueza cultural y artística. Narrador y ensayista. Nace en Barcelona, pero desde niño, reside en Santa Cruz de Tenerife. Licenciado en Filología Románica, ha sido profesor en las Universidades de La Laguna (Tenerife), Sevilla y Rouen (Francia). Miembro del Instituto de Estudios Canario.

Premio de relatos Santo Tomás de Aquino (La Laguna, 1963), Jauja (Valladolid) y Ciudad de La Laguna; premio de ensayo del Aula de Cultura del Cabildo de Tenerife (1970) y premio Leoncio Rodríguez. Ha dedicado particular atención a la investigación teatral y escénica, fruto de la cual son los volúmenes Repertorio teatral canario (inédito) o El teatro en Canarias. Notas para una historia (1966). Colaborador de los diarios tinerfeños La Tarde, El Día, Diario de Avisos y La Opinión. Sus columnas de Diario de Avisos y de La Opinión se reúnen en sendos volúmenes: Cosecha del 92 y Contra la guerra de Irak, aparecidos en 2005. También ha colaborado en RNE, en el diario Canarias 7 (Las Palmas de Gran Canaria) y en diversas revistas literarias insulares y nacionales. Es autor de las novelas Los inquietos, de 1996, pero no publicada hasta (2007) y Los puercos de Circe (1973 y 2006). Y de los relatos: El indulto (1964), Oscura relación (1984), Beneficio de inventario (1995) y Conjugación irregular (2000). Estos tres últimos títulos se publicaron, junto a Mínima lista, en los tres volúmenes de Cuentos incompletos (2004). Es autor también de las entregas teatrales Tiempo muerto (1966) y El eterno anfitrión; y de los ensayos Una aproximación a la moderna literatura hispanoamericana (1974) y Agustín Espinosa: historia de una contradicción (1994). Ha preparado sendas ediciones de Enrique Jardiel Poncela: Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? (1998) y La tournée de Dios (1989). Suyas son también la Guía secreta de Canarias (1979), en colaboración con JJ Armas Marcelo, y Lanzarote, con fotografías de Ildefonso Aguilar.