Al Golpito

Ni que decir tiene, que este comienzo de siglo XXI las islas Canarias están siendo invadidas por miles de inmigrantes africanos, los cuales están llegando a las costas marítimas en cayucos de la muerte

10.10.2020 | Redacción | Opinión

Por: Rafael J. Lutzardo Hernández

Ni que decir tiene, que este comienzo de siglo XXI las islas Canarias están siendo invadidas por miles de inmigrantes africanos, los cuales están llegando a las costas marítimas en cayucos de la muerte. Unos inmigrantes, que salen de su país en busca de una mejor vida, como lo hicieran en otra época los emigrantes canarios y españoles, concretamente, en la España oscura de la dictadura franquista. No podemos olvidar el pasado o la Historia de lo que fue la emigración obligada por el hambre, la miseria y la persecución de la dictadura del franquismo. Eso mismo es lo que le sucede a los inmigrantes africanos, los cuales muchos de ellos mueren de frío y de sed en la mitad de la travesía del Atlántico. Ese es precio de una huida clandestina en la búsqueda de una mejor vida en Europa.

Haciendo un poco de historia de lo que fue la emigración canaria a Venezuela, información recogida por Manuel Hernández González, Profesor titular de Historia de América en la Universidad de La Laguna, Tenerife y la redacción el tambor, el 25 de mayo de 1.949, un velero destartalado llegó a la costa con 106 inmigrantes irregulares a bordo. Los sin papeles detenidos, entre los que había diez mujeres y una niña de cuatro años, se hallaban en condiciones lamentables: famélicos, sucios y con las ropas hechas jirones. La bodega del barco, que sólo mide 19 metros de eslora, parecía un vomitorio y despedía un hedor insoportable.

Ésta podría ser una historia de hoy. Pero la noticia se produjo el 25 de mayo de 1949, los emigrantes eran españoles y el puerto al que habían arribado, venezolano. El suceso fue publicado en la primera página del diario Agencia Comercial. Aquella portada se ha convertido en mil carteles editados por el Gobierno de Canarias con la leyenda ‘Nosotros también fuimos extranjeros’. El que fuera consejero de Empleo y Asuntos Sociales del Gobierno de Canarias, Marcial Morales, puso como ejemplo esta situación emigratoria con la que actualmente tenemos con la inmigración de los cayucos africanos arribados en nuestras playas.

Cuando aquellas 106 personas desembarcaron en Latinoamérica, España estaba hundida en la miseria y machacada por la represión franquista, mientras que Venezuela era una nación emergente. Aunque la diferencia entre ambos estados era menor de la que hoy existe, por ejemplo, entre Nigeria y nuestro país, los españoles experimentaban el mismo efecto salida que empuja a los inmigrantes subsaharianos que llegan a las islas.

La historia comenzó el Sábado de Gloria de 1949. Un centenar de personas se deslizaron por el muelle de Las Palmas y embarcaron en varias falúas. La mayoría eran campesinos de Gran Canaria que ganaban 20 pesetas por trabajar de sol a sol y que habían tenido que vender sus cabras para pagar las 4.000 pesetas del billete, una pequeña fortuna para la época. En el pasaje también había 15 tinerfeños, 10 palmeros, cinco cubanos hijos de isleños y 15 peninsulares de Murcia, Madrid, Almería, León, Ourense, Asturias, Cuenca, Cádiz, Navarra y Baleares, un canario nacido en Filadelfia (EE UU) y una española venida al mundo en Auxerre (Francia).

Durante varios días habían permanecido ocultos en casas particulares. Juan Azcona, uno de los organizadores del viaje, ha declarado que alojó en su vivienda a más de 20. Si le hubieran aplicado la actual Ley de Extranjería habría pasado una buena temporada a la sombra por tráfico de personas. De ese mismo delito habría podido ser acusado Ramón Redondo, que un mes antes había pagado 250.000 pesetas por una goleta llamada La Elvira, que durante 96 años había sido dedicada a la pesca en las costas de África. Redondo pensaba amortizar la compra con el precio de los pasajes y con la venta del lastre de sal que llevaba el barco.

Las falúas pusieron proa hacia la península de Jandía, al sur de Fuerteventura, donde les esperaba La Elvira. Los pasajeros acababan de abordarla cuando oyeron dos tiros y vieron acercarse vertiginosamente la lucecita verde de una patrullera. Huían con todas las velas desplegadas, pero la lancha ganaba terreno. ‘¡Deténganse en nombre de España!’, ordenó la Guardia Civil por el altavoz. Los agentes se colocaron en paralelo a la goleta: ‘¡Entréguense!’, volvieron a ordenar. ‘¡Que se entregue tu madre!’, les respondió una voz en la oscuridad. Un golpe de viento feliz lanzó al velero hasta aguas internacionales.

La Elvira tardó 36 días en cruzar el Atlántico, empujada por los alisios. Durante ese tiempo sus pasajeros se alimentaron de patatas podridas, garbanzos con gorgojos y gofio picado. El agua estaba racionada.

Gonzalo Morales, que escribió un libro sobre la historia, Fugados en velero, cuenta que pasaban casi todo el día en la bodega, donde sólo cabían tumbados y apretados como sardinas en lata. ‘No podíamos ni darnos la vuelta’, ha declarado Paco Azcona. Hacían sus necesidades tras unos tablones. Vomitaban unos sobre otros y pronto se llenaron de piojos. El ácido de los vómitos y el salitre del mar desgastaron sus ropas, que se convirtieron en harapos. Con aquellos jirones, las mujeres hicieron compresas cuando se les presentó la regla. La Elvira hedía como una cloaca.

Antonio Domínguez, apodado El Puro por su afición al tabaco, era el capitán costero encargado de sacar el barco de las islas. Luego debía pasarle el mando a Antonio Cruz Elórtegui, capitán de altura. Pero Elórtegui había mentido: ‘Soy un perseguido político vasco. No tengo dinero y presentarme como capitán era la única forma de embarcar’, confesó. Intentaron lincharlo, pero el armador, el costero y los cinco marineros lo evitaron. ‘Tenemos que volver a Canarias’, anunció El Puro al ver que carecían de capitán. Pero un pasajero llamado Regino Camacho, que antes de la guerra civil había sido acusado de asesinato, armó un motín y, pistola en mano, le persuadió de que se hiciera cargo de la nave. No era Camacho el único homicida que viajaba en el barco, ni el suyo el único revólver a bordo. Al final de la travesía las autoridades venezolanas intervinieron tres armas de fuego en La Elvira.

El Puro navegó contra la salida del sol. Sólo se auxiliaba con el cronómetro de Ramón Redondo, el armador, que le permitía calcular cómo se reducía la diferencia horaria entre Canarias y Venezuela. En el medio del Atlántico un huracán rompió el timón y estuvo a punto de enviarlos a pique. Al amanecer del 22 de mayo, tras 36 días de viaje, alcanzaron el puerto de Carúpano, en Venezuela.

Por otro lado, el isleño como se les conoce en Venezuela al canario y a su descendencia, ha venido a “la tierra de gracia” desde hace algunos cuantos siglos atrás, más o menos desde la creación de los asentamientos coloniales en Venezuela por parte de la Corona española. La relación entre las también recién colonizadas Islas Canarias y el territorio descubierto al norte de la América del Sur dieron inicio a una perdurable vinculación, tan estrecha que, para finales del Siglo XVIII principios del Siglo XIX (época en la que se inicia el proceso de independencia), la cantidad de población venida de Canarias junto a su descendencia, ocupaban un gran numero dentro de la composición social y étnica de la entonces Provincia de Venezuela.

Cabe recordar que para la época, la Corona mantenía una escala social encuadrada dentro del componente étnico de la colonia, como los blancos peninsulares, criollos, de orilla, pardos, indios y negros, el canario estaba encuadrado dentro de la categoría de blanco de orilla, que si bien es cierto era blanco como los españoles y su descendencia, este no gozaba de los mismos privilegios sociales, políticos y económicos que el peninsular y que el criollo, el canario era más de ostentar pulperías, labrar la tierra, la pesca artesanal y el comercio al por menor, por lo cual no era muy tomado en cuenta dentro de las esferas coloniales a pesar de que algunos poseían cargos de gobierno, más sin embargo era destacable su fidelidad a la corona y a España.

El Gobierno de Canarias en su página web oficial, hace mención al artículo “La Emigración Canaria a América a través de la Historia” del Profesor Manuel Hernández González[1], en el cual destaca que el flujo de canarios hacia América, concretamente a Venezuela es desde su descubrimiento (finales de 1400 y principios de 1500) pero la afluencia como tal data desde aproximadamente el año de 1670, pero lo que se considera una emigración masiva de canarios hacia Venezuela y Cuba es dado al pacto firmado entre los pobladores de Canarias con la Corona bajo la Real Cedula de 1678 por la que debían ser trasladadas a tales lugares por los navieros canarios, 50 familias por cada mil toneladas de comercio a cambio de no pagar el impuesto de avería[2].

Serán Caracas y La Guaira las ciudades preferidas por las familias canarias para su asentamiento en la provincia recién adherida a España, dado a las explotaciones de Cacao y demás rubros agrícolas, muchos también se trasladarán hacia los Llanos centrales (lo que hoy es Guárico y hacia Portuguesa) pero es ya a finales del Siglo XVII que comienza a consolidarse una importante colonia, se calcula que representaban para entonces más de un 90% de los casamientos de emigrantes blancos y un 16% del total, número que es mucho mayor si se tiene en cuenta que la gran mayoría se casaron y tuvieron hijos antes de emigrar. La agricultura de subsistencia y la ganadería les lleva a fundar pueblos en los altos del Valle de Caracas como Los Teques, Macarao, San Antonio de los Altos, Galipán o La Vega.

Según el Gobierno de Canarias pueblos enteros de Tenerife (La isla de mayor extensión del archipiélago) como el Sauzal o Villaflor se vacían para trasladarse hacia Venezuela, pero como se menciona anteriormente no solo se habitan Caracas y La Guaira, sino lugares como Yaracuy donde emigrantes canarios fundan San Felipe, en los llanos fundan San Carlos, Calabozo, hacia Aragua fundan La Victoria y Maracay, en Guárico San Sebastián de Los Reyes, Villa de Cura y San Juan de Los Morros, hacia la costa central fundan y colonizan Curiepe y Panaquire además de El Guapo, Barlovento y Rió Chico donde las plantaciones de Cacao, plataneras y caña conforman la punta de lanza agrícola de la Provincia, también el Profesor Manuel Hernández destaca la fundación y colonización de otras importantes poblaciones como Perijá en Maracaibo, Cumaná y Cumanacoa, Concepción del Pao y Upata.

Una vez asentadas estas familias y su descendencia, se destacan muchos canarios dentro de la historia venezolana como Juan Francisco de León, natural de la isla del Hierro y que llegó a Caracas a mediados del Siglo XVIII, asentando su vivienda frente a la iglesia de La Candelaria (en la cual hay un pequeño monumento en el lugar donde estaba su casa), este canario tomó fama en la historia venezolana por ser, si no el primero por lo menos uno de los primeros, en alzarse en contra de las restricciones comerciales llevadas a cabo por la Corona española a través de la Compañía Guipuzcoana, ya que de León tenía sembradíos de Cacao en el Valle de Panquire (el cual él mismo fundó junto a otros canarios en 1744 y por lo cual es nombrado Comisario de la Jurisdicción Real del Valle de Panaquire) y esto le suponía recortar sus libertades para comerciar libremente además de la imposición de bajos precios para los quintales de Cacao.

De León asume una lucha en contra de tales restricciones y es en 1748 cuando promueve una rebelión en contra de los intereses y el dominio monopolístico de la Guipuzcoana, lo que le cuesta la prisión  y es remitido a Cádiz donde fallece de viruela en 1752. De León quedará en la historia venezolana como uno de los tantos canarios y descendientes que asumieron la lucha en contra de las restricciones e imposiciones de la Corona, con lo cual destacamos al venezolano más universal como lo es Francisco de Miranda, hijo de Sebastián de Miranda y Ravelo, natural del Valle de La Orotava (Tenerife) quien emigró a Venezuela a raíz de la erupción del Teide (Volcán ubicado en el centro de Tenerife, el 3ero más alto del mundo) en 1704, lo cual trajo graves consecuencias para la economía agrícola y pecuaria isleña y por ende es en 1718 cuando Sebastián de Miranda llega a Venezuela[3] y se establece como pulpero, su hijo Francisco sería años más tarde el gran precursor de la emancipación de Venezuela y de la América.

Pero no solo Miranda descendía de canarios, también Páez y el propio Bolívar a través de su madre Dña. Concepción Palacios y Blanco quien descendía de canarios provenientes de la Villa y Puerto de Garachico, también personajes de la historia nacional como Don Andrés Bello, José María Vargas, Carlos Soublette, Luisa Cáceres de Arismendi, Manuel Piar, los hermanos José Gregorio y José Tadeo Monagas, José Félix Ribas, Simón Rodríguez, José Cayetano Carreño, Antonio Guzmán Blanco, Ezequiel Zamora, el Dr. José Gregorio Hernández, José Manuel (el mocho) Hernández entre otros, y Canarios como José Luis Cabrera Charbonier, Pedro Carujo, Fernando Key Muñoz, José Antonio Yáñez, Juan de Los Reyes Vargas, Domingo de Monteverde, Francisco Tomás Morales quienes tuvieron gran participación en la historia venezolana.

Es también notorio el Decreto de Guerra a Muerte esbozado por El Libertador Simón Bolívar el 15 de junio de 1813 en la cual lanza la célebre frase de: “Españoles y Canarios, contad con la muerte aun siendo indiferentes…” con la cual hace énfasis en los canarios como un aparte de los españoles, tal vez esto por su idea de independizar a las Canarias y anexarlas a la naciente República de Colombia. Con esto se quiere esbozar de como desde tiempos remotos, la vida venezolana ha estado vinculada a la canaria como una sola, al punto de que en ese momento crítico como lo fue la etapa independentista, entre mismos canarios pero en bandos distintos, hubo una lucha fratricida por la libertad de una Nación, quizás esto valió para que los gobiernos del ya Estado de Venezuela o los Estados Unidos de Venezuela le diera de forma automática la nacionalidad venezolana a todo aquel canario que viviera en la Republica, según Maye Primera Garcés[4] la política de ese naciente Estado fue a la inversa del Decreto de Guerra a Muerte del Libertador pues en teoría se enunció Españoles y canarios, contad con tierras y con carta de naturalización. Ese fue el sentido general de la política de inmigración que el Gobierno del general José Antonio Páez concibió a partir de 1831, para promover el regreso de familias laboriosas que repoblaran el territorio de la República, devastado por la Guerra de Independencia, y que contribuyeran al progreso de la civilización y al desarrollo de la riqueza. También era una señal que la nueva autoridad de Venezuela enviaba a la península: un gesto de buena voluntad, traducido en los decretos que a partir de entonces fueron promulgados para otorgar mayores y mejores garantías a los españoles y sus bienes, con el fin último de lograr el reconocimiento de la República por parte del Reino de España.

Ya en el Siglo XX el flujo de canarios hacia Venezuela se vuelve a incrementar, a raíz de la Guerra Civil española, el gobierno del General Eleazar López Contreras da carta abierta a la inmigración canaria ya que era la deseable para como en aquel entonces se enunció, mejorar la raza o el componente étnico del país, barcos como el famoso velero Telémaco que fueron noticia porque los emigrantes vinieron de forma ilegal al país, comiendo solamente gofio (harina de trigo molido parecido al fororo) y queso además de tomar agua durante varios días, y que fueron retenidos para dar ingreso legal al país, es en el año 50 que el Telémaco, un velero de 27 metros de eslora y 6 de manga, zarpaba de la costa sur de La Gomera rumbo a Venezuela con 171 ilusiones a bordo.

Cada pasajero pagó por este viaje entre 3.000 y 5.000 pesetas de la época: una auténtica fortuna prácticamente imposible de pagar teniendo en cuenta que un jornalero podía ganar una media de 15 pesetas diarias[5], a raíz de allí se inicia una oleada de inmigración fomentada por el gobierno del General Marcos Pérez Jiménez para ejercer las labores inherentes a la construcción del país fomentadas por la doctrina del Nuevo Ideal Nacional y de la cual hoy en día muchos de los que actualmente hacemos vida en Venezuela descendemos.

En resumen se puede concluir que la vida nacional ha estado ligada y estará a la cultura y al arraigo propio del canario, es por ello que Venezuela está considerada la octava isla del Archipiélago Canario, porque desde siempre ha acogido a los isleños y a sus hijos como propios.

 

Rafael J. Lutzardo Hernández

Rafael J. Lutzardo Hernández

Periodista y escritor. Actualmente colabora como columnista y realiza reportaje de sociedad en El Diario de Avisos.

Autor de numerosos prólogos de libros y programas de fiestas populares de nuestra tierra. Autor del libro "Vamos de Guachinches y otras casas de comidas"

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