21.03.2026 | Redacción | Opinión
Por: Rafael J. Lutzardo Hernández
Muchos han sido los libros que se han escrito sobre la emigración Canarias-Venezuela, donde todos ellos han tenido una interpretación histórica, por lo menos objetiva. Un comienzo de siglo XXI, donde ocho millones de venezolanos han huido de Venezuela, motivado por la férrea dictadura del Gobierno chavista. Los expertos, estadista y economistas, coinciden muchos de ellos que el futuro de cualquier país está en las manos de aquellos inmigrantes que han decidido buscar una mejor vida fuera de su país. No me gusta entrar en comparaciones, pero en esta nueva ocasión si tengo que hacerlo. Mucha son las personas que comparan la inmigración venezolana con la emigración canaria a tierras del caribe. Así mismo, según estudios históricos, en lo que respecta al ADN; es casi imposible que un venezolano de muchísimas generaciones no tenga raíces genéticas canarias. Sabido es, que en los años antes y después de la guerra civil española muchos canarios se vieron abocados a emigrar a Venezuela. Las condiciones económicas eran malas, la pobreza golpeaba duro, especialmente en la isla de El Hierro, donde no había escuelas ni luz eléctrica. Entiendo, que la inmigración venezolana viene siendo motivada por lo que ya comenté anteriormente. Es decir, por no estar de acuerdo con los gobierno de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, pero una huida donde muchos no han tenido papeles para trabajar o quedarse en España o Canarias. Es por ello, que muchos venezolanos ahora estén buscando como locos el ADN canario de sus familiares del pasado. Todo lo contrario de la emigración canaria a Venezuela, la cual tuvo que emigrar de Canarias al país caribeño, motivado por la dictadura franquista. Muchos de ellos con documentación para trabajar legalmente y otros como polizontes al no tener dinero para poder viajar en algunos de aquellos barcos de velas y motores de aquella época.
Por otro lado, y lejos de mi mente de estar rodeada de zenofobia, odio o rencor, muchos venezolanos vienen a Canarias con una actitud muy presuntuosa y actitudes de prepotencias. Con el ego muy chulesco. Todos o casi todos dicen ser doctores, psicólogos, arquitectos, ingenieros, técnicos, periodistas, pero ninguno son carpinteros, albañiles, zapateros, fontaneros, etc. Eso me hace recordar cuando hace más de sesenta años algunos llegaban de Venezuela con el puro largo en la boca y una gran hebilla en sus respectivos cinturones; mirándote con aires de superioridad y con una risa burlona. Sin duda, la inmigración puede ser un gran alivio en el sector de la construcción y hostelería, junto con el comercio en Canarias, pero desde la humildad y ganas de trabajar.
Así pues, y sin descubrir lo que ya muchos sabemos, actualmente hay un repunte por el Archipiélago canario de algunos venezolanos buscando un protagonismo personal en las formas de conductas a la hora de dirigirse a muchos canarios en los diferentes sectores laborales de nuestras islas. La octava isla siempre ha sido generosa con los canarios, los cuales trabajaron duramente para levantar a una Venezuela en su fase de evolución. Lo hicieron con humildad y muchas ganas de comer para ahorrar unos cuantos de miles de bolívares, con el objetivo de comprar un terreno o un piso una vez que regresaron a Canarias. La actitud positiva es la que hace al ser humano más noble, inteligente, solidario y humano. Mientras que la inmigración del país del petróleo, oro y diamantes, debe de apagar sus motores morales de prepotencia, vanidad y chulería; en un Archipiélago canario que siempre le han abierto los brazos.
Rafael J. Lutzardo Hernández