11.04.2026 | Redacción | Opinión
Por: Rafael J. Lutzardo Hernández
Vivimos tiempos de desconfianzas, donde las mentiras se ha convertidos en protagonista, junto con el desorden social de la hipocresía, la ambición y la ausencia del resto de muchos valores humanos. Posiblemente sean mis años los que me hagan pensar así, pero es lo que observo cada día de este mundo tan desordenado y que a la vez supone un peligro para la estabilidad del ser humano en este planeta tierra, donde me incluyo yo. Una vez más, insisto que vivimos la era de la mentira, donde la publicidad se convierte en la mejor aliada entre la verdad y la mentira. Una publicidad, convertida en una propaganda mezquina y cobarde. Repasando un poco la historia, hay cosas que se repiten o por lo menos no hemos aprendido a crecer de todo aquello que ha sido negativo en nuestras respectivas vidas. La vida nos da la oportunidad de tener virtudes, pero también tallados de errores, pues no somos perfectos. La era de la manipulación, junto con todo lo señalado anteriormente, pone en jaque la estabilidad global de nuestras vidas. Los sistemas, alimentados por los gobiernos más poderosos se convierten en líderes del mundo. Ante eso, que podemos hacer los ciudadanos de a pie.
¿Protestar? ¿Luchar? ¿Conformarnos? Por todo ello, un día dijo el famoso escritor Salman Rushdie: vivimos en un mundo de la mentira donde el fanatismo excluye al humor.
La literatura “no puede cambiar este mundo”, porque que “no se puede dar a la literatura, a la poesía y a la novela una fuerza y un poder que no tienen”. De la misma manera, y recuperando una parte del pasado, para Sócrates, la mentira era equivalente a la ignorancia. Él creía que nadie hace el mal o miente a sabiendas, sino que lo hace porque no conoce el verdadero bien o la verdad. Su enfoque principal no era solo condenar el engaño, sino utilizar la dialéctica para "desenmascarar" las falsas creencias y llegar a una verdad compartida.
En definitiva, lo importante es tener salud y seguir estando atento de cada acontecimiento que vaya ocurriendo en estos momentos en el mundo. Pero sobre todo, no precipitarnos en enjuiciar y condenar a nadie, especialmente cuando vivimos en la era de la mentira.
Rafael J. Lutzardo Hernández