Opinión

Parece que vivimos en una sociedad muy egoísta, caracterizada por el aislamiento personal, por ejemplo, lo observamos diariamente con la dependencia a los teléfonos móviles, en la calle, en casa o en el trabajo, donde nos encerramos en nuestro mundo

09.12.2019 | Redacción | Opinión

Por: Óscar Izquierdo

Presidente de FEPECO

Parece que vivimos en una sociedad muy egoísta, caracterizada por el aislamiento personal, por ejemplo, lo observamos diariamente con la dependencia a los teléfonos móviles, en la calle, en casa o en el trabajo, donde nos encerramos en nuestro mundo, cada cual interesado en lo suyo, sin miras externas. No es un convivir unidos, sino un estar artificioso. Realidad que se traslada a todos los ámbitos, especialmente en las relaciones públicas, donde no se consigue tener tiempo para hablar, siendo un gran error, que se está pagando. Muchos de los problemas que sufrimos en nuestra tierra, son consecuencia del egoísmo o mejor dicho de la soberbia, de los que se creen en posesión de la verdad absoluta, que intentan imponer por todos los medios, sin escuchar ni atender opiniones, ideas o propuestas distintas o diferentes. San Agustín lo definió perfectamente: “la soberbia no es grandeza sino hinchazón y lo que está hinchado parece grande pero no está sano.” Creemos que es oportuno insistir en dar valor al diálogo, por lo que significa de encuentro y alejamiento de posturas intransigentes, fundamentalistas o excluyentes. Ser capaces de escuchar al otro, al que no piensa igual que tú, pero que también puede tener ofertas interesantes que ofrecer, pasa necesariamente por querer aunar con el fin de sumar. La imposición a secas desertiza cualquier solución, porque lleva consigo resentimiento.

Hay que cambiar apostando por lo positivo, siendo proactivo en la búsqueda del consenso. Hace falta. Hay asuntos enquistados porque no se ha tenido la gallardía de ceder, cuando era oportuno, para la búsqueda de un compromiso, que no llevara apellidos de vencedor o vencido. En los últimos años, las continuas discrepancias, sin posibilidad de acuerdo, entre el Cabildo de Tenerife y la Consejería de Obras Públicas del Gobierno de Canarias, para el tema de las carreteras en la isla, ha propiciado llevar a Tenerife al colapso, caos circulatorio y la inmovilidad permanente, ya que los egos personales superaron, con creces, las necesidades ciudadanas. Oídos sordos provocan enfrentamientos estériles, que profundizan los malentendidos. Esto ha pasado con el fenómeno del alquiler vacacional que, desde posturas intransigentes, lo único que buscaban es escachar textualmente al contrincante o a la sentida como competencia, junto a un Gobierno Autónomo que sólo defendía a unos pocos, en perjuicio de muchos, propiciando el mantenimiento de una situación de incertidumbre total, inseguridad jurídica, economía sumergida y malestar, todo ello aumentado por la altanería de unos y la fatuidad de los otros. Para desatascar esta lamentable situación, proponemos al Gobierno de Canarias la constitución de una Mesa Multisectorial, conformada por los implicados y afectados por el alquiler vacacional, para normalizarlo.

Para recuperar el tiempo perdido apostamos por el pacto, como generador de acuerdos oportunos, que desbloqueen asuntos enquistados y propicien el entendimiento. Así ponemos sobre la mesa el Pacto Canario por la Vivienda, es prioritario, ya que existe una demanda insatisfecha con zonas de verdadera alarma habitacional. No sólo es un derecho constitucional, que ya de por sí es importante, sino que es una necesidad primaria, donde la persona y las familias encuentran la seguridad y protección debida. Hay que posibilitar la construcción de viviendas, porque da respuesta a las carencias actuales, potencia el empleo, crea actividad económica y dinamiza a muchos sectores económicos. La política de vivienda no puede seguir al albur del cortoplacismo, cambiando cada cuatro años. Entre todos tenemos que fijar la más acertada, que sirva a medio y largo plazo. Dice el refrán que hablando se entiende la gente.