El canto de las sirenas canarias

17.08.2026 | Redacción | Escrito

Por: Pilar Medina Rayo

Autora del libro: Óbolos para caronte

Según los antiguos relatos, las sirenas eran unos seres malvados que atraían a los marineros a la muerte con una hermosa canción a la que éstos no se podían resistir. 

A pesar de que en el folclore autóctono canario los indígenas no tenían una tradición sobre sirenas; sí encontramos un vínculo entre las Islas y el mito en arcaicos relatos griegos, producto de ciertas confusiones relacionadas con la fauna marina local.

El Archipiélago canario siempre estuvo presente en la mitología griega, estando vinculada durante siglos al imaginario mitológico de la Antigüedad que las relacionaban con las Islas Afortunadas (o Islas de los Bienaventurados), situando en ellas el Jardín de las Hespérides o incluso la propia Atlántida.

Las Islas Afortunadas era el lugar exacto donde se encontraba el mítico paraíso y descanso eterno de las almas de hombres justos y de héroes; emplazamiento final donde reposarían felices y sin dolor tras la muerte. Los griegos situaban este idílico paraje en las Islas Canarias.

Una de estas confusiones la hallamos en la pardela cenicienta. 

Se trata de un ave con una envergadura alar de 120-125 cm y una longitud de cuerpo de 45-56 cm, lo que la convierte en un ave marina robusta y la mayor de su familia en aguas europeas. Presenta un color marrón grisáceo en la parte superior y blanco en la zona ventral, terminando oscuro en los bordes de las alas. El pico es amarillo, con una mancha negra en el extremo.

Vive en alta mar, en el océano Atlántico y el mar Mediterráneo, donde vuela sin descanso durante horas gracias a su técnica de planeo sobre el viento, deslizándose con elegancia por encima de la superficie marina y las olas; y donde puede llegar a permanecer durante semanas, o incluso meses; cazando en mar abierto pequeños peces o calamares. Posee un órgano (glándulas salinas) que le permite excretar el exceso de sal del agua del mar.

Sólo pisará tierra firme durante su periodo de reproducción y alimentación de crías (de febrero a octubre); anidando en los acantilados canario y balear. La pardela cenicienta pone un único huevo al año.

Aunque son silenciosas en mar abierto, en tierra se vuelven excesivamente ruidosas, emitiendo en sus colonias de cría un sonido ronco y potente, descrito por algunas personas como “un gemido o un llanto largo y tenebroso”. Este peculiar sonido fue el que precisamente alimentó la imaginación de los navegantes griegos quienes creyeron que eran emitidos por sirenas.

Recordemos que en la tradición griega las primigenias sirenas tenían rostro y torso de mujer, pero el resto del cuerpo se correspondía con el de un ave. Este ser híbrido, mitad mujer mitad ave, atraía con sus melodías a los marineros que las escuchaban, arrastrándolos hacia la destrucción y la muerte. 

El mito se modifica en las Argonáuticas, donde las sirenas dejan de ser monstruos mortales para convertirse en divinidades del más allá, que entonan canciones con las que acompañar y consolar a las almas de los difuntos. Así, los antiguos griegos creyeron ver en la pardela cenicienta una sirena alada que vocaliza cantos funerarios para conducir a justos y héroes en su descanso eterno. 

Pero este animal no es el único ejemplar faunístico que alimentó este atractivo mito. En estas tierras, que forman parte de la Macaronesia, habitó otro espécimen que también contribuyó a acrecentarlo; me estoy refiriendo a la foca monje mediterránea, o lobo marino, tan numerosas y conocidas en el Mediterráneo que incluso Homero en su célebre Odisea, las menciona como “las focas de natáfiles pies, hijas de la hermosa Halosidne, que salen del espumoso mar exhalando el acerbo olor del mar profundísimo”.

Junto a Fuerteventura encontramos la isla de Lobos, llamada así por la abundancia de esta especie en tiempos pasados, aunque actualmente su presencia en esos lares es inexistente. Este animal, que antaño habitaba en todo el Mediterráneo y en parte de la costa africana atlántica, hoy día solo cuenta con poblaciones reducidas a una colonia en Mauritania y otra en Madeira, junto a sus últimos refugios en Grecia y Turquía.

Cuentan con unas medidas que rondan entre 2,2 y 2,8 metros de largo, posee un cuerpo robusto y fusiforme, arrastrando su vientre por la tierra en sus desplazamientos, ¿acaso su forma anatómica, finalizada en cola de pez, arrastrándose por la tierra no nos recuerda a una sirena de las que nos han descrito en los cuentos y leyendas? Eso mismo debieron pensar en siglos pasados.

Sabemos que, con el transcurso del tiempo, la sirena dejó atrás sus plumas para conseguir su cola de pez, pasando a ser conocida en el imaginario popular exclusivamente por su nueva imagen de mujer-pez.

La presencia de lobos marinos en el Atlántico norte y la fachada africana alimentó los relatos de marineros sobre estos seres fabulosos en los límites del mundo conocido (las Canarias). Sus extraños sonidos y formas de emerger del agua o su forma de arrastrarse por tierra, confundieron a los navegantes de otros tiempos, dando origen a leyendas mitológicas que tenían como protagonista a las sirenas.

Y precisamente su singular sonido, parece ser el que más peso tiene a la hora de confundirlos con sirenas. Durante el período de lactancia, las llamadas de la madre a la cría desempeñan un importante papel. Las progenitoras consiguen identificar a sus retoños mediante una combinación de vocalizaciones y señales visuales y olfativas.

Un equipo de investigación de esta especie, afirma que los cachorros recién nacidos y las madres, emiten frecuentes y variados sonidos para comunicarse bajo el agua, que van desde pulsos de baja frecuencia y gemidos hasta cantos ruidosos y llamadas combinadas, resultando tan sonoros que son audibles incluso fuera del agua.

Estas vocalizaciones de la foca monje, además de su rareza e interés científico, son interesantes por otro motivo y que es el que nos ocupa, su vinculación a las sirenas.

En 2005, en “Las sirenas de La Odisea eran focas monje” de BBC News, el Dr. Karl-Heinz Frommolt, jefe del Archivo de sonidos de animales en el Museo Humboldt en Alemania, afirmó que el canto de las sirenas podría ser el lastimoso grito de la foca monje del Mediterráneo. El Dr. Frommolt ubicó la guarida de las sirenas en las islas Li Galli, frente a Sorrento en la costa amalfitana, en Italia, en particular en la isla conocida como Le Sirenuse (la isla de las sirenas), donde encontró una configuración de las rocas que amplifica los sonidos producidos en la costa.

Está claro que esos mismos sonidos producidos por las focas monjes en las costas italianas, se producían en las costas canarias, quedando asociado este animal a las sirenas de la antigua Grecia.
 

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