28.12.2025 | Redacción | Escrito
Por: Pilar Medina Rayo
Autora del libro: Óbolos para Caronte
La Navidad llega cada año en silenciosa belleza, entre luces, aromas, reencuentros y compra de regalos que después situaremos debajo del árbol de Navidad.
El árbol de Navidad, junto con el portal de Belén, se han convertido en las principales representaciones de estas fechas tan especiales y espirituales como son las Navidades.
Sin embargo, no hay ninguna historia del árbol de Navidad directamente recogida en la Biblia, luego entonces, ¿cómo tuvo inicio esa tradición de colgar bolas en un árbol y cuál es su significado en la Navidad cristiana? Seguro que estas preguntas se nos han pasado a todos alguna vez por la cabeza sin llegar a darles respuesta de forma veraz y desde un punto de vista histórico, por lo que, siguiendo minuciosamente los pasos dados a través de la Historia, trataremos averiguar de dónde procede nuestro entrañable árbol de Navidad.
A pesar de que en Jeremías 10:2-4 se condena toda decoración de ídolos de árboles, pues según el pasaje bíblico Dios advierte a los israelitas sobre imitar prácticas paganas de otras naciones, entre ellas adorar ídolos hechos por manos humanas, descritos como un tronco de madera tallado y adornado con oro y plata; la tradición del árbol navideño se atribuye a un santo cristiano.
En la Edad Media, que comenzó en el año 476 con la caída del Imperio Romano de Occidente a manos de los bárbaros, continuaron las prácticas paganas. En esa temprana Edad Media, la Iglesia cristiana sobrevivió, lo que llevó a los misioneros cristianos a introducir el cristianismo a los bárbaros del norte. Pero antes de que llegaran estos misioneros a esas tierras y los cristianizaran, los bárbaros practicaban la tradición pagana del culto al roble.
Estos barbaros del norte sabían que al otoño le seguía el invierno y que con su llegada las hojas de los árboles cambiaban de color hasta que terminaban perdiéndolas, por lo que relacionaban el verdor de las hojas con la vida, interpretando que en esa época los árboles empezaban a morir con la excepción de algunos de ellos: los árboles perennes. Estos árboles de hoja perenne (que ante sus ojos no morían) fueron considerados árboles sagrados y, por tanto, divinizados. Cuando llegaron los misioneros al norte de Europa, descubrieron que estas culturas celebraban el nacimiento de uno de sus dioses (probablemente Frey), adornando un roble.
Para estas sociedades, el roble simbolizaba al universo, llamado Divino Yggdrasil. Pensaban que en su copa se hallaba el cielo, o Asgard (la morada de los dioses); el tronco el palacio de Odín, o Vahalla; encontrándose el infierno en las raíces más profundas del árbol.
¿Pero cómo llegó a convertirse este árbol pagano en nuestro actual árbol de Navidad? Parece que esta tradición parte de la leyenda de San Bonifacio (675-754), arzobispo de Maguncia, apóstol de Alemania, y evangelizador de Baviera, Turingia, Sajonia y Frisia. En el año 742 escribió una carta al papa Zacarías donde se quejaba de la infructuosidad de sus esfuerzos a la hora de convertir al cristianismo a francos y alemanes, debido a las prácticas por las festividades paganas.
Con ocasión de su visita a Hesse, protagonizó un curioso episodio con sus habitantes que recoge san Willibaldo, contemporáneo y compañero del santo, en su biografía sobre san Bonifacio, Vitae Bonifati.
Willibaldo narra que existía en Hesse un enorme roble sagrado, el roble de Odín. El santo, tras conocer las idolatrías, augurios y sacrificios paganos de parte de sus habitantes, golpeó con fuerza el roble y logró derribarlo asistido “por un soplo divino de lo alto”; otra versión, más terrenal, dice que tomó un hacha y lo cortó. En cualquier caso, el suceso suscitó la conversión de las gentes y el bautismo de muchos de ellos. Pero ahí no acaba la historia, el santo, para evitar que retomaran el culto pagano al roble, decidió cambiarlo por un abeto (o un pino) y lo señaló como símbolo de amor a Dios. Por su forma triangular se explicó que representaba a la Santísima Trinidad, con el Dios Padre en la cúspide; adornándolo con manzanas y vela. Las manzanas representaban el pecado original y las tentaciones, mientras que las velas hacían alusión a Jesucristo como la luz del mundo. Así, y como consecuencia de la mezcla que se produce entre costumbres paganas y simbolismos cristiano, este árbol fue usado para representar el paraíso y el pecado original (el árbol de Adán y Eva), y luego a Cristo como el árbol de la vida.
¿Pudo ser esta leyenda la que inspiró la tradición cristiana para la instauración del árbol de Navidad? La propuesta no parece descabellada.
Sin embargo, las primeras informaciones veraces sobre el árbol de Navidad se remontan al siglo XV, en países como Estonia, Letonia, e incluso Inglaterra, aunque será en Alemania donde llegue a ser verdaderamente popular, lo que pudiera poner en duda que el origen del árbol navideño proviniera de los hechos protagonizados por el santo, siendo su origen más probable los dramas litúrgicos conocidos como misterios.
Estos misterios eran representaciones teatrales medievales cuya intención era la de ilustrar a los creyentes sobre pasajes de la Biblia dado que la mayoría eran analfabetos. Estas teatralizaciones eran tremendamente populares, y cuando llegaba la Navidad era el momento de representar el pecado original y la expulsión del paraíso. Como decoración, colocaban en el centro de la función un árbol perenne adornado con frutas rojas, como manzanas o granadas por su alusión al pecado original; así como velas que simbolizan la luz de Cristo sobre las tinieblas, y que tenía la misma intención de erradicar de la memoria ese culto ancestral al roble.
¿Puede estar el origen del árbol de Navidad en estos misterios teatralizados? Parece ser una idea acertada que el árbol de Navidad se originara por esa costumbre.
Por otro lado, la tradición protestante atribuye el dudoso honor de instaurar el origen del árbol navideño a Martín Lutero, el padre de la Iglesia protestante. Esta leyenda cuenta que, durante una noche estrellada, Lutero dirigió su mirada a un abeto donde las estrellas nocturnas parecían salir de él, lo que le llevó a pensar en la estrella de Belén. Esta visión quiso reproducirla en una rama de abeto en la que colocó bellotas, castañas y avellanas para recordar los dones que los hombres recibieron de Jesús. Esta costumbre se extendió por Alemania al igual que el protestantismo y, poco a poco, se le añadieron nuevos elementos como bolitas, guirnaldas, etc. No obstante, esto resulta ser más fábula que realidad, pues nada se ha hallado al respecto entre los escritos de Lutero, encontrando la primera evidencia que lo relaciona con el árbol de Navidad en 1845, es decir, unos 300 años después de su muerte, con motivo de la ilustración que el grabador Carl August Schwerdgeburth realizó sobre Lutero y su familia acopiados alrededor de un árbol de Navidad. Esta ilustración se popularizó a través de un libro para niños donde fue recogida.
¿Os suena el muñeco de jengibre navideño?, este simpático personaje se lo debemos a los panaderos. A través de este gremio se amplió la decoración de los árboles navideños. Estos comenzaron a decorar las ramas de abetos de sus establecimientos con galletas de jengibre que también las tenían a la venta para que sus compradores pudieran utilizarlas a la hora de decorar su propio árbol.
La tradición del árbol de Navidad se consolidará definitivamente en Alemania durante los siglos XVII y XVIII. Se lo debemos a la nobleza alemana que lo introducirá en sus hogares. Gracias a ello, un siglo después, será el marido de la reina Victoria, Alberto de Sajonia, quien lo llevará a la corte inglesa, de allí a América desde donde se terminó difundiendo al resto del mundo…
El árbol de Navidad se convirtió en una realidad consolidada a nivel mundial. En España encontramos la primera referencia a estos árboles en una noticia divulgada en 1849 por el periódico La Época, publicado en Madrid, donde se informa sobre una cena de altos cargos en Alemania, y donde la estancia se encontraba presidida por un gran árbol de Navidad decorado con velas y bolas.
Con respecto a nuestro país, la primera noticia sobre un árbol de Navidad en un hogar español nos llega en 1863, a través, nuevamente, del periódico La Época, que nos habla sobre la cena celebrada por el duque de la Torre, el general Serrano, en su domicilio, con un árbol de Navidad presidiendo el comedor y a cuyos pies se habían colocado regalos para las señoras.
A pesar de lo anterior, la introducción definitiva del árbol de Navidad en España se lo debemos, según varias publicaciones españolas de esos años, a la rusa Sofía Trobetzkoy, hija del príncipe Serguei Vassilievitch Trobetzkoy, aunque en los círculos sociales se la consideraba hija ilegítima del zar Nicolás I.
Sofía Trobetzkoy se casó en 1869 con José Osorio y Silva, Duque de Sesto, y uno de los mayores apoyos del rey Alfonso XII. La mujer lo instaló en la Navidad de 1870 en su residencia del palacio de Alcañices, ubicado en un sitio privilegiado que hacía esquina entre el Paseo del Prado y la prestigiosa calle de Alcalá, y donde más tarde, tras su demolición, en su solar sería levantado el actual edificio del Banco de España. La duquesa, además, abrió un sábado su palacio a la población para que pudieran admirar este elemento.
En definitiva, el árbol de Navidad, que tuvo un origen pagano, se ha convertido en un símbolo más de las navidades, siendo el Vaticano, sede de la Iglesia Católica, el que coloca en su Plaza el árbol de Navidad más grande del mundo.
Dejando de lado árboles y demás elementos navideños, la realidad es que la Navidad es tiempo de reflexión, hacer balance, perdonar, o volver a empezar y, quizá, darnos cuenta de que el calor de una sonrisa puede ser más valioso que cualquier obsequio.
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