11.08.2026 | Redacción | Escrito
Por: Pilar Medina Rayo
Autora del libro: Óbolos para caronte
Las sirenas han resultado ser tan cautivadoras que lograron pervivir en el imaginario popular a lo largo de los siglos, alejándose de las costas griegas para ser conocidas por el resto del mundo.
Recogidas por los más afamados libros de historia natural, se creyó firmemente en su existencia hasta el siglo XVIII y, por increíble que parezca, en junio de 2012 la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de los Estados Unidos (NOAA) se vio obligada a confirmar oficialmente su inexistencia, tras la emisión de un documental sobre ellas.
El mito verá incrementada su fama tras el Descubrimiento de América. El Renacimiento, y sus viajes transoceánicos, propiciaron su divulgación. Así las sirenas fueron recogidas en piedras, literatura, o incluso en los escudos heráldicos de ciudades como Boston o Nápoles, pero también apareció en la heráldica de ciudades no costeras, como ocurre con Varsovia.
Pero no nos vayamos tan lejos. En España igualmente encontramos ejemplos de su representación en escudos oficiales, tal es el caso del de Villanueva de la Serena (Sirena) de Badajoz, en el que aparece representada una sirena desde al menos 1583. Pero ¿cómo es posible que aparezca una sirena en el escudo heráldico de un municipio de Extremadura? El mar no está cerca y sabemos por la literatura que las sirenas son doncellas marinas.
Extremadura, aunque no tiene mar, es la región española con más kilómetros de costa, sólo que en este caso se trata de costa de agua dulce, por lo que en esta región las sirenas viven en los ríos, en las fuentes, en los arroyos, en las charcas o en los pozos, es decir, son sirenas de agua dulce.
José Manuel López Caballero, en “Sobre la presencia de sirenas en Extremadura”, señala que: “La notable distancia que existe entre Extremadura y el mar, o que las sirenas nunca hayan existido, no parecen argumentos suficientes para impedir que estas criaturas fabulosas aparezcan en el acervo cultural extremeño”. Otra cuestión sería ¿cómo tuvieron los extremeños conocimiento de ellas, recogiéndolas en sus propias leyendas?
La respuesta la hallamos en los ya citados viajes transoceánicos. Históricamente los extremeños se convirtieron en los más valerosos conquistadores ultramarinos donde tuvieron conocieron del mito, al que hay que sumar el avistamiento de una extraña criatura que nadaba junto a sus barcos. Se trataba del manatí, cuyo nombre en lengua caribeña significa “con mamas”, animal con aspecto humanoide y con la particularidad de contar con dos abultadas ubres, creyendo ver en este animal a una sirena. Los manatíes han sido clasificados científicamente, junto con los dugongos, como pertenecientes a la orden de los sirenios, y del que existen tres especies, el del Caribe, el africano y el amazónico.
Cuando los extremeños volvían a su tierra natal, traían consigo estas fabulosas historias que extrapolaron al simbolismo popular.
Tan reales y creíbles resultaron que incluso el propio Cristóbal Colón, tres meses después del Descubrimiento, el 9 de enero de 1493, recogió en su cuaderno de bitácora: “El día pasado, cuando el Almirante iba al Río del Oro, dijo que vido tres sirenas, que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara. Dijo también que otras veces vido algunas en Guinea, en las costas de Manegueta”.
Colón quedó confuso ante lo feas y masculinas que eran estas sirenas, a diferencia de las descritas en narraciones o representaciones artísticas. En realidad, lo que había visto el Almirante eran tres manatíes, criaturas que ya había visto en Guinea, pero, en este caso, debió verlas de lejos.
Sin embargo, antes de que estos conquistadores dieran a conocer este mito en Extremadura, ya hubo otra persona que creyó ver una sirena en el Tajo.
En el Parque Natural de Monfragüe, en un covacho, se representó un conjunto que muestra formas de seres fabulosos marinos, destacando una figurilla conocida como "La sirena de Monfragüe". Al respecto, Manuel Rubio Andrada, en “La sirena de Monfragüe, ¿antítesis de un mito?”, señala que se trata de “una pequeña pintura bastante naturalista representando a una mujer-pez.
En la figura, de unos 8 cm de altura, se observa un ser con cuerpo humano y cola de pez rodeada de las ondas del agua. Se pintó sobre un resalte de cuarcita de forma redondeada, empleándose un tono rojo o anaranjado que la diferencia cromáticamente del resto del conjunto. Parece ser que la representación del mito en esta comarca cacereña es algo posterior a su inclusión en la Odisea —primera obra literaria que recoge por escrito el mito, ya que anteriormente sólo había sido transmitido oralmente o por representaciones artísticas—.
Por último, en los alrededores de las pinturas de Monfragüe, se ha encontrado restos arqueológicos junto con una inscripción tartésica, por lo que la pintura podría tener su origen en viejos mitos tartésicos con influencias fenicias. Se sabe que ambas culturas realizaron intercambios de bienes materiales o culturales, algo que pudo propiciar la transmisión del mito a la cultura tartésica, quedando tan fascinados que quisieron dejar testimonio de una de ellas como parte de su legado.
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