24.01.2026 | Redacción | Escrito
Autora del libro: Óbolos para Caronte
Las brujas son, sin ningún tipo de duda, una de esas figuras que durante siglos ha oscilado en el imaginario popular entre la fascinación y el miedo.
Entre los siglos XV a XVIII, la brujería fue perseguida, demonizada y convertida en símbolo del mal. Aunque la caza de brujas viene ineludiblemente asociado a la Santa Inquisición española, el fenómeno se dio en toda Europa, incluidas algunas regiones de América, con Alemania a la cabeza con sus 25.000 muertes; Francia con 5.000; Suiza alrededor de 4.000, mismo número que Polonia; seguidas por las importantes persecuciones, y ejecuciones, de Escocia, Países Bajos, e Inglaterra y su "cazador de brujas", Matthew Hopkins.
A diferencia de los anteriores países, en la Península Ibérica (España y Portugal) e Italia, la brujería tuvo menor impacto, con cifras de ejecuciones muy bajas, apenas unas 500 en total para la península. Por su parte, la Inquisición Española (pese a su mala fama), aplicó la pena máxima a un número que ronda entre 50-60 personas ejecutadas por brujería a lo largo de toda su historia.
Libros como el Malleus Maleficarum consolidaron la idea de una conspiración diabólica organizada, legitimando, teológica y jurídicamente, la represión. En los tres siglos que duró la barbarie, estiman que se produjeron entre 40.000 y 60.000 muertes por ese concepto; el 70% de ellas, mujeres.
Trasladándonos al ámbito de Canarias, las islas tampoco permanecieron impermeables a estas persecuciones comenzando, al igual que en otros lugares, con la implantación de la Inquisición.
Durante los tres siglos que duraron los procesos, el Tribunal del Santo Oficio de Canarias acusó de practicar la brujería y hechicería a 410 personas. La documentación de la Inquisición canaria se encuentra custodiada en el Archivo de la Inquisición del Museo Canario de Las Palmas.
La conquista del Archipíelago supuso una nueva tierra que conllevó la formación de una sociedad, aún sin vertebrar, con gente de distinta procedencia: aborígenes, moros, negros, normandos, genoveses, flamencos, castellanos y portugueses, convirtiéndose en un crisol de culturas. La carencia de minerales preciosos y el descubrimiento de América propiciaron que disminuyera la emigración hacia las islas quedando estas necesitadas de población. Su importante situación estratégica pronto suscitó el interés tanto de otros países, como de piratas y corsarios, de ahí que, al principio, y ante la necesidad de pobladores, no se inquiriera mucho por el origen de los que llegaban para habitarlas. Pero esta situación, como era previsible en aquel contexto histórico, no podía durar mucho, por lo que la Inquisición comienza a funcionar en Canarias en 1504 o 1505, Aunque llegaron comisarios especiales en años previos.
En 1524 es nombrado inquisidor el fiscal de Sevilla Martín Ximénez quien, apoyándose en los cristianos viejos, comenzará a controlar y reprimir duramente a amancebados, usureros, criptomusulmanes, judeoconversos y, por supuesto, brujas. El recién nombrado inquisidor, se estrenará llevando ese mismo año una actuación masiva en la que, de los 53 casos penitenciados por la práctica de hechicería en la primera mitad del siglo XVI, 43 fueron realizados en el mismo año de su nombramiento.
Las listas de acusados eran colgadas en las puertas de las iglesias, a la vez que se solicitaba a la “gente de bien” que delatara a sus vecinos que realizaran dicha práctica.
¿Pero, cómo era el perfil de los procesados por brujería?
En su inmensa mayoría fueron mujeres, por lo que la brujería canaria se muestra rotundamente femenina, con porcentajes de procesamientos a féminas superiores a los de otras zonas hispánicas.
De esos 410 acusados de los que se tiene constancia, tan solo encontramos a 38 hombres condenados a lo largo de esas tres centurias, siendo casi la mitad de ellos negros, mulatos y gitanos. Algunos ni siquiera acusados como autores, sino como clientes de las brujas; tal es el caso de 7 individuos que, en 1606, fueron multados en Telde por comprar grano de helecho para tener fortuna, o la anotación reflejada en los Diarios de José de Anchieta y Alarcón, en la que recoge que el 4 de septiembre de 1749 «prendieron a Melchor Eías Donoso, sastre natural de Málaga, porque dicen que mató a su mujer con hechizos o polvos» .
Solo en el siglo XVIII se habla de la figura del curandero, o animero, y que se trata de campesinos procedentes de la población blanca que decían curar las enfermedades causadas por las ánimas.
Con respecto a las mujeres, igualmente proceden de un estatus social precario, en situación de desvalimiento e indigencia, normalmente viudas o separadas, de color, mediana edad, analfabeta, desarraigadas y vida difícil, entre las que encontramos a costureras, mendicantes, esclavas y libertas, vendedoras, parteras, criadas…
La media de edad de los acusados varía con el transcurso del tiempo. Ronda los 35 años en el siglo XVI y primera mitad del XVII, subiendo a 40 años a partir de la segunda mitad de este último siglo; y llegando a los 50 años durante la primera mitad del XVIII. El aumento en la edad de los procesados parece indicar que el Santo Oficio dejó de perseguir a los que acudían como clientes o practicaban la hechicería de forma ocasional, para centrarse en procesar solo a quienes lo ejercían, digamos, de forma “profesional”.
En cuanto a lo que buscaban los clientes, una de las prácticas más comunes eran las relacionadas con conjuros y hechizos de amor o de relaciones de pareja —amarres de amor—, adivinación, provocar mal de ojo y comunicación con el más allá. En cuanto a sus lugares de reunión, se citan muchos zonas en los que se producía el encuentro de brujas para sus bailes y celebraciones, como los numerosos Llanos de las brujas o los bailaderos, común en todas las islas.
Con respecto a las sentencias dictadas, en ellas se muestran la benignidad de la Inquisición española en la condena de la brujería, particularmente de los tribunales castellanos, recordemos que el Archipiélago pertenecían a la corona de Castilla.
Tan solo en el siglo XVI se castigó a las brujas en autos de fe públicos, —acto organizado por la Inquisición en las plazas de las ciudades, en el que los condenados por el tribunal abjuraban de sus pecados y mostraban su arrepentimiento, lo que permitía su reconciliación con la Iglesia católica—. En la primera mitad del XVII lo más frecuente era la reprehensión acompañada de multa, normalmente con prisión y embargo de bienes que, dada su exigua situación económica, eran muy humildes. en la segunda mitad de ese siglo y primera del XVIII los procesos suelen acabar con la abjuración de levi, en la que el condenado salía a la vergüenza pública sobre un asno, para recibir los azotes, entre 100-200, para, a continuación, ser desterrados. Los destierros solían ser de 4 a 6 años y a los enfermos o personas de avanzada edad se les eximía de recibir azotes. Solo se conoce un caso con pena de 300 azotes, se trata de una segunda causa instruida, es decir, una reincidente que, además, había quebrantado el destierro que se le había impuesto en el proceso anterior. Por último, en la segunda mitad del XVIII, donde los procesos están en clara decadencia, más de la mitad se suspendieron y a los restantes se les impuso solo la pena de reprehensión.
La hechicera de Teror.
Uno de los casos que ilustra y engloba lo anterior, lo encontramos en María García. La Inquisición canaria dejó escrito sobre ella “No solo es mujer de mal vivir, sino públicamente alcahueta de mujeres casadas y solteras, juntándolas en su casa con hombres solteros y casados. Y siendo causa de muchas disensiones y de gran escándalo y murmuración”.
Esta mujer mulata, vecina de Teror (Gran Canaria), nacida en 1560, hija de Luis García, “Prieto”, apodo con el que entonces se aludía a los hombres de raza negra y madre blanca. Detenida en 1607 y condenada en 1608 por hechicería, pactos con el diablo y sortilegios.
La vida de María fue todo menos sencilla. La casaron con apenas 9 años con Juan Estévez, quien la repudió más tarde acusándola de “andar con otro hombre”, siendo encarcelada por ello durante dos años. Al salir regresó al hogar materno donde, socialmente señalada, se transformó en una proscrita con amantes e hijos ilegítimos.
A esta mujer, que vivía al margen de lo socialmente considerado decoroso, le quedaban pocas expectativas para ganarse la vida y la de sus hijos, entre esas pocas opciones estaba la de hechicera. Todos los vecinos de Teror sabían dónde encontrarla cuando necesitaban “remedios” o “consejos” para asuntos sexuales y sentimentales, los más demandados en aquellos lejanos tiempos del siglo XVII. No obstante, en las actas del proceso también se recoge el caso del niño Francisco, supuestamente “chupado” por María, acabando así con su vida.
La Inquisición dejó escrito sobre esta desdichada que se trataba de una mujer de más de cuarenta años, se declara “cristiana vieja”, y que no sabe leer ni escribir, ni el motivo por el que fue apresada. Tras la acusación del fiscal por “delitos contra nuestra santa fe católica”, fue desterrada de Gran Canaria y Tenerife tras abjurar de levi.
Como se ha podido observar, la brujería no era otra cosa que un reflejo de supersticiones, tensiones sociales y construcciones culturales. El proceso realizado a María García nos deja constancia de un terrible drama personal y del clima social que lo alentó.
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