Cultura

La ciudad, siempre gris, a media luz, y como si no hubiera vida más allá de las pisadas que van adentrándose en la calle, buscando la puerta abierta a su esencia

06.02.2022 | Redacción | Relato

Por: Isa Hernández

La ciudad, siempre gris, a media luz, y como si no hubiera vida más allá de las pisadas que van adentrándose en la calle, buscando la puerta abierta a su esencia. Las calles largas, de adoquines oscuros, con algunos transeúntes vestidos de ropajes negruzcos que se combinan con los colores de las calles como si fueran elementos del paisaje. El agua de color plomizo que atraviesa la ciudad refleja en ella las farolas lúgubres e infunde repelús en su cuerpo mientras atraviesa el puente hacia su casa y siente como si la estuvieran empujando. Deseosa de llegar a su morada, encender las luces y dar claridad a su mente es lo que ansía Marina que casi se desmaya al darle al interruptor y observar que permanece la oscuridad y, a tientas, avanza por el pasillo en busca de unas velas que guarda en la alacena y se promete una vez más llevar una linterna en el bolso. Mientras camina despacio, porque sus piernas le pesan, sus ojos se nublan y su corazón se encoge, en el silencio ensordecedor retumban sus sienes y se estremece cuando se enciende la luz de manera inesperada; Marina se refleja como si fuera una autómata en el espejo del fondo, y la imagen que le devuelve también es gris. La luz pálida se cuela por su ventana y la encandila como si estuviera aturdida. Cuando despierta se sienta en la cama de un salto, enciende las luces y observa que está rodeada de colores donde no aparece el gris.

Imagen: Isa Hernández | CEDIDA