29.06.20216 | Barcelona
El vapor Valbanera, que partió el 21 de agosto de 1919 hacia La Habana desde Las Palmas de Gran Canaria, no llegó a alcanzar su destino: se hundió a tan solo cien millas del puerto cubano donde se esperaba su atraque, desapareciendo para siempre todo su pasaje y tripulación.
El barco, de 122 metros de eslora y 12.500 toneladas, partió del puerto de Cádiz rumbo a América con escala previa en Canarias. Allí embarcó más de la mitad del pasaje. Tras tocar en San Juan de Puerto Rico, el barco llegó a Santiago de Cuba donde desembarcó la mitad del pasaje. Y el 5 de septiembre, el Valbanera puso rumbo a su siguiente destino: La Habana. Nunca llegó a él, se encontró con un potente ciclón tropical generado en las Antillas, que se desplazaba por el estrecho de Florida hacia Cuba siguiendo una trayectoria inusual muy al norte. El capitán del Valbanera no previó el movimiento del ciclón y el barco entró de lleno en el huracán. A las 7:50 horas del 9 de septiembre, el capitán transmitió un desesperado mensaje pidiendo datos sobre la perturbación. Esa fue su última comunicación, después el Valbanera desapareció.
Los restos del Valbanera fueron encontrados por un buque de la Armada de los Estados Unidos nueve días después del naufragio, 40 millas al oeste de Cayo Hueso, el más alejado de la península de Florida, embarrancado en el Bajo de la Media Luna, un banco arenoso de escasa profundidad. El barco estaba cubierto de agua y arena y no se encontraron supervivientes. A pesar de la tragedia, el Valbanera y sus tripulantes quedaron cubiertos por el olvido. Fuente: Documentos RNE
Una novela puente entre España y Cuba:
Cerca del centenario del nacimiento de Fidel Castro, La memoria de las olas conecta dos orillas del Atlántico a través de generaciones de mujeres marcadas por la migración y los silencios familiares. Es un relato que une la memoria española y canaria con la experiencia cubana y latinoamericana, convirtiéndose en un puente cultural perfecto para los lectores españoles interesados en descubrir narrativas que dialogan con nuestra propia historia migrante. Cuba fue una de las últimas grandes colonias de España en América y, tras su independencia en 1898, siguió estrechamente ligada a nuestro país. Durante décadas, sobre todo desde Canarias, miles de familias emigraron a la isla buscando un salvavidas frente a la pobreza, dejando una profunda huella cultural en la sociedad cubana. Estos lazos históricos, de separación y reencuentro, de ruptura y pertenencia, laten en cada página de la novela.
Mirta Ojito
Nacida en La Habana, Mirta Ojito es periodista, profesora y escritora.Tuvo una destacada trayectoria en medios como The Miami Herald, El Nuevo Herald y The New York Times, donde formó parte del equipo galardonado con el Premio Pulitzer de Periodismo Nacional en 2001. En 2017 obtuvo un Emmy por su participación en el documental Cosecha de miseria.
Profesora adjunta en la Universidad de Columbia durante casi una década, es también autora de dos aclamados libros de no ficción, El mañana y La cacería.
Con La memoria de las olas, su primera novela, Ojito da el salto a la ficción y se inscribe en la tradición de grandes periodistas como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Isabel Allende, que transformaron su mirada sobre la realidad en una poderosa narrativa literaria. Actualmente, es directora ejecutiva en NBC/Telemundo y vive en Coral Gables.
En palabras de la autora:
En mayo de 2006 compré un libro de sobremesa por 10 dólares en una tienda de Cayo Hueso sobre un naufragio ocurrido frente a sus costas en 1919. El barco debía llevar inmigrantes de España a La Habana, pero perdió el rumbo durante un huracán devastador. Casi 500 pasajeros y miembros de la tripulación murieron en el naufragio; sus cuerpos nunca fueron encontrados.
No se me escaparon los paralelismos. Estaba en Cayo Hueso promocionando mi primer libro, unas memorias sobre mi viaje de Cuba a Estados Unidos a bordo de una embarcación llamada Mañana. Aunque no nos enfrentamos a un huracán, la travesía de 16 horas fue angustiosa, con las olas rompiendo contra el barco mientras mi hermana y yo nos aferrábamos a mi madre en la noche más oscura que jamás había visto.
El día que compré el libro miré al mar y pensé en todas aquellas personas que perdieron la vida persiguiendo un sueño. ¿Quiénes eran? ¿Y cómo era posible que nunca las encontraran? Me atrajo el misterio y también la inmensa tragedia, pero me interesaba especialmente porque nadie que yo conociera había oído hablar de ella; en cambio, todo el mundo conoce el Titanic. De hecho, hay quienes se refieren al naufragio del Valbanera como el «Titanic de los pobres». A mí me gusta pensar en él como el «Titanic olvidado».
Cuando terminé el libro, la primera imagen que vi en mi mente fue la de una mujer corriendo por un viejo barco, buscando desesperadamente a su hija. Tenía una melena pelirroja, rizada y suelta, llevaba un vestido malva y no llevaba zapatos. Sus pies descalzos producían un sonido húmedo al despegarse de los anchos tablones de madera del suelo, un eco que resonaba en mi mente casi como una orden de escribir. No sé de dónde salió, pero supe que había llegado para quedarse. De inmediato, supe que le daría el nombre de mi abuela materna: Catalina Quintana.
Nunca conocí a mi abuela; murió cuando mi propia madre tenía dieciséis años, pero sé que fue una presencia muy importante en la vida de mi madre y, por tanto, también en la mía.
Mi madre murió en noviembre de 2021, poco después de que yo terminara el primer borrador de la novela. Nunca llegó a leerla, pero sabía en qué estaba trabajando y, en los últimos meses de su vida, casi como si intuyera el final, me regaló historias sobre su madre y sobre su propia infancia en un caserío rural de Cuba. Esas historias encontraron su lugar en La memoria de las olas, y la hicieron más real, más tangible, mejor.
Ha sido escribiendo este libro como por fin he llegado a comprender la vida y la personalidad de mi madre: sus miedos, su pesimismo, su desconfianza y sus supersticiones. Había soportado mucho dolor, en gran parte heredado —como la forma de su rostro y el tono de su piel— de su madre. Todo eso está en mi novela: en última instancia, un homenaje a ella y a su propia madre, y a todas las mujeres que llevan vidas duras y llenas de amor al servicio de sus familias.
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