Cultura

La espera se hacía interminable aquella fría tarde de enero, era martes, y no se le olvidaba porque siempre había sentido repelús por los martes, desde que su abuela le contara que: "en martes ni te cases ni te embarques"

07.05.2022 | Redacción | Relato

Por: Isa Hernández

La espera se hacía interminable aquella fría tarde de enero, era martes, y no se le olvidaba porque siempre había sentido repelús por los martes, desde que su abuela le contara que: "en martes ni te cases ni te embarques". El frío se colaba en sus huesos como para instalarse en el tiempo, y sus ojos color miel rebosaban de lágrimas que resbalaban por su cara y entristecía su semblante al ver pasar las horas, sin señal alguna de su llegada. Lorena tenía la esperanza de que esta vez no le fallaría, pero Fran era fantasioso, escurridizo y prometía cosas q no cumplía, lo sabía bien ella, porque ya lo había sufrido y aguantado en situaciones anteriores. Aun así, tenía la esperanza de que viniera, necesitaba darle una noticia que tal vez le hiciera recapacitar y ello cambiara su actitud. Pese a todo, Lorena aún lo quería, lo echaba de menos, y lo que le iba a contar podría acercarlo o alejarlo más de ella. Él le había expresado que no podía vivir sin ella, que todo era triste sin su risa y que necesitaba respirar a su lado para siempre. Lorena se quedó a la espera durante mucho tiempo, sus bellas palabras resonaban en sus sienes y no se resignaba a perder la esperanza. Fran no apareció, nunca más supo de él, como si se lo hubiera tragado la tierra. Se lo contaba a su hija emocionada, con desconsuelo, pero con un halo de expectativa. Lucía de vez en cuando preguntaba por su padre y Lorena le respondía que estaba de viaje, un viaje largo, pero le insistía que no perdiera la ilusión de que algún día regresaría y podría conocerlo, abrazarlo y narrarle su vida.

Imagen de archivo: Isa Hernández