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Los espacios naturales protegidos de Tacoronte, reservorios de biodiversidad.

12-04-2016   21:04:00   Tagoror Digital

Por ello, en esta primera entrega vamos a tratar de describir de forma sucinta los principales valores del Paisaje Protegido Costa de Acentejo.

09.04.2016. Tacoronte.

José García Casanova, Doctor en Biología.

Con sus 31 km², el paisaje rural de Tacoronte se caracteriza por sus extensos campos de viñas y pequeños huertos. En los primeros se cultivan distintas variedades de uvas, materia prima con la que se elaboran los preciados caldos típicos de la Comarca, en tanto que en los segundos se producen frutas, verduras y plantas ornamentales.

Menos conocidos, quizás, son los espacios naturales protegidos presentes en el término municipal, cuya existencia constituye la garantía de protección y conservación de unos ecosistemas singulares que atesoran una sorprendente biodiversidad nativa.

Por ello, en esta primera entrega vamos a tratar de describir de forma sucinta los principales valores del Paisaje Protegido Costa de Acentejo, espacio natural de excepcional belleza derivada del paisaje acantilado y abrupto de alta valoración estética que constituye un elemento geomorfológico singular, representativo de la costa norte de las islas; cuenta también con un interés científico destacado debido a la presencia de especies amenazadas y protegidas tanto de la fauna como de la flora, siendo en algunos sectores lugar de importancia por la presencia o nidificación de algunas especies de aves.

Este espacio costero, de 401 hectáreas de superficie, se extiende desde Mesa del Mar, en Tacoronte, hasta la playa del Ancón, en La Orotova. De carácter eminentemente abrupto, con cantiles marinos activos de varios cientos de metros de altura, también acoge algunas playas de arena y callaos, entre las que cabe mencionar la playa de la Arena, la de Guayonge y la de La Garañona o El Arenal (compartida con El Sauzal).

Desde el punto de vista geológico, los acantilados están constituidos por apilamientos subhorizontales de materiales basálticos, emitidos por volcanes de las Series II y III ubicados en la zona de medianías, cuyas coladas discurrieron a favor de la pendiente del terreno hasta alcanzar el mar. La incesante abrasión del oleaje ha ido tallando esos farallones de elevada pendiente que caracterizan la geomorfología del litoral. Por otra parte, la costa es muy recortada, con numerosos roques o bajas próximas a ella.

En este marco físico, el visitante puede observar una serie de unidades de vegetación que, desde la parte inferior a la superior de los citados acantilados, puede sintetizarse como sigue.

Por encima justo del nivel de las mareas, la importante influencia de la maresía, con su destacado aporte de sales al entorno, sólo permite que se asienten unas pocas especies vegetales perfectamente adaptadas a las altas concentraciones de cloruros en el aire y en el suelo: son las plantas amantes de la sal, como la siempreviva de mar (Limonium petinatum), el perejil de mar (Crithmum maritimum) o la rara siempreviva imbricada (Limonium imbricatum).

Casi sin solución de continuidad sobre el cinturón halófilo costero ya citado se asientan los matorales de tabaibas (Euphorbia lamarckii) y cardones (Euphorbia canariensis), con un cortejo florístico variado en el que abundan diversas plantas endémicas resistentes a las temperaturas moderadamente altas y a la relativa aridez como los guaidiles (Convolvulus floridus), cardoncillos (Ceropegia dichotoma), tasaigos (Rubia fruticosa), magarzas (Argyranthemum frutescens), etc.

La vegetación típica de los roquedos está muy bien representada en este territorio y se instala aprovechando pequeños andenes, repisas o cualquier resquicio existente entre las rocas. Auténticos jardines colgantes, sus especies más características son los bejeques (Aeonium spp.) y las cerrajas (Sonchus spp.), entre otros elementos florísticos singulares.

Finalmente, el tramo superior del territorio constituye el hábitat potencial de los antaño abigarrados bosques termófilos, muy mermados en la actualidad a consecuencia de la actividad humana, y en los que cabría esperar la presencia de dragos (Dracaena draco), palmeras (Phoenix canariensis), acebuches (Olea cerasiformis), sabinas (Juniperus turbinata subsp. canariensis), marmulanos (Sideroxylon canariensis) o peralillos (Maytenus canariensis), especies que -en el mejor de los casos- apenas cuentan con unos pocos ejemplares dispersos a día de hoy.

En lo tocante a los vertebrados, este espacio natural constituye el hogar de una notable avifauna.

Entre las aves marinas es posible ver u oír a las pardelas cenicientas o a los petreles, en tanto que las rapaces están representadas por aguilillas, cernícalos, halcones peregrinos, búhos chicos y lechuzas. Por último, cabe resaltar la existencia de palomas bravías, andoriñas o numerosas aves paseriformes, como mirlos, canarios, currucas, mosquiteros, etc.

Asimismo, merece especial mención la presencia en este espacio protegido del grupo de los reptiles endémicos (lagartos lisas y perenquenes) y del de los murciélagos.

El mundo de los invertebrados, menos conocido por lo general por la gente, es no obstante el que mayor biodiversidad específica aporta a la fauna de este espacio, con numerosos insectos, arácnidos o moluscos terrestres.

Antes de concluir, es preciso destacar que parte del territorio, concretamente en la zona del barranco de Guayonge y sus alrededores, ha sido declarado Bien de Interés Cultural, con la categoría de Zona Arqueológica, al ser un ámbito en el que perviven ciertos restos que atestiguan la presencia de la población prehispánica en este lugar.

En definitiva, este espacio costero atesora un valioso pero frágil legado biológico y cultural de enorme importancia, que merece ser conocido por propios y extraños a través de los senderos habilitados al efecto, siempre que el tránsito por los mismos respete la capacidad de carga del área y los elementos naturales y patrimoniales que alberga.

 


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