Cultura

La observaba cada tarde en su sillón, sin que ella lo advirtiera, y la veía triste, melancólica, desanimada, como si ya no le concerniera nada y deseara terminar con esa rutina a la que a veces se refería de ver la vida pasar por delante

27.02.2022 | Redacción | Relato

Por: Isa Hernández

La observaba cada tarde en su sillón, sin que ella lo advirtiera, y la veía triste, melancólica, desanimada, como si ya no le concerniera nada y deseara terminar con esa rutina a la que a veces se refería de ver la vida pasar por delante como si ya no la quisiera o sintiera ni le importara. Coral no podía soportarlo, le adivinaba el pensamiento y le dolía saber cómo se pudiera sentía su madre. Le preguntaba cosas del ayer, para distraerla, y, ella se las repetía tal como tantas veces las había oído de sus labios, como si en su memoria estuviera todo grabado y lo expresara con precisión sin olvidar ni una coma. Una vez contado todo lo que ella consideraba regresaba al estado anterior como si esa conversación no hubiera existido. Cuando le preguntaba qué le pasaba respondía “pasa la vida, hija”, y así día tras día. Para su hija era tan necesaria que, aunque los años y los acontecimientos le hubieran mermado la vida, su presencia era imprescindible, lo más valioso que vivía a su lado cada día. Conservaba los rasgos de su elegancia y belleza de juventud, y mostraba gestos de su coquetería de antaño, le gustaba estar arreglada con sus abalorios y su pelo de peluquería, no lo dejaba poner blanco. Lo llenaba todo con su luz tenue pero notoria, porque sin ella la luz se convertía en oscuridad no solo del cuerpo sino también del alma, y, la estancia lúgubre, no quería ni imaginarla cuando ya su madre no estuviera. Coral estaba disponible cada tarde, era una necesidad imperiosa el sentarse a su vera, más que una obligación de hija era lo más sustancial de su vida. No importaba que no hablara, o que agachara la cabeza con la mano en la frente o que repitiera los cuentos de antaño otra vez. Todo parecía poco, y lo más importante era dedicarle tiempo, todo el tiempo posible a su lado como si se gastara, como si fuera lo más preciado que le podía dedicar, porque ambas solo necesitaban tiempo.

Imagen de archivo: Isa Hernández