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25 Años de Pier, el fútbol continúa...

Víctor Yanes   20-05-2017   21:05:31   Tagoror Digital

El talento, en el fútbol, a veces se transforma en un ejercicio de corazón sin cabeza y disfrutamos de la maravillosa perfección milimétrica de la pasión primaria del instinto.

20.05.2017. Santa Cruz de Tenerife.

Por: Victor Yanes García

La nitidez de mis ojos viendo la audaz aproximación hacia la gloria. Aún recuerdo la hora en torno a la que sucedió el hecho definitivo: 18:30, un rugido de gargantas alegres cubrió el cielo de Santa Cruz, igual que una espontánea bóveda de euforia imprevista. La explosión temblorosa de todos nosotros, espectadores de la derrota común y frecuente que se encuentran, inesperadamente, con una victoria, con la enorme victoria que regala, a los aficionados incondicionales, el heroísmo no antes visto de las piernas de unos jugadores humildes de modestas trayectorias.

El talento, en el fútbol, a veces se transforma en un ejercicio de corazón sin cabeza y disfrutamos de la maravillosa perfección milimétrica de la pasión primaria del instinto.

Tenerife 3 Real Madrid 2, el 7 de junio de 1992, domingo previo al inicio del verano… y el CD Tenerife, pequeña entidad, minúscula anécdota del fútbol hasta esa fecha, con un estadio que guardaba un misterioso encanto romántico por la estructura vetusta de sus gradas, había confiado las posibilidades de permanencia en la élite del balompié nacional a un joven de 36 años, no iniciado en los banquillos y que se llamaba Jorge Valdano. Con él vino un teórico de la originalidad, Ángel Capa, técnico proclive al lenguaje culto pero afín, ambos, Jorge y Ángel a una manera concreta de entender y practicar el fútbol.

La puesta en escena de estos dos personajes, su llegada a la isla, sus elegantes presencias respectivas y, sobre todo, la valentía de hacer jugar al Tenerife igual que lo hacía un coloso como el FC Barcelona de Johan Cruyff, envió al club chicharrero a las altas cumbres de la capitalización total del fútbol.

El Tenerife dejó de ser un equipo perdedor el día que derrotó al Real Madrid de la “Quinta del Buitre”, aquella generación de geniales y brillantes futbolistas que arrollaron a sus rivales, con la elevada calidad de su fútbol, en la segunda mitad de la década de los ochenta. Cayó el club blanco ante un equipo humilde con jugadores como Toño, o el portuense Toni, o Manolo López, el “gato de Arucas”, hombres corrientes de fútbol, con mudas pero eficientes trayectorias dadas al sacrificio y a las escasas manifestaciones de reconocimiento mediático. Una tipología de jugador peleón y técnico, sacudido por el zarandeo continuo de su amor propio y su decencia ética, tan en desuso hoy en el despiadado mercado del fútbol.

La tarde del domingo 7 de junio de 1992, mientras las últimas luces del día dejaban un rojizo reflejo sobre las montañas de Anaga, todos los que habíamos sufrido, durante años, la mediocridad de resultados del Tenerife, sus atávicos conflictos con la autoestima o partidos infames con equipos desconocidos e insignificantes que representaban parte de la variopinta identidad geográfica de media España, nos pellizcábamos los brazos para saber si estábamos soñando cuando Pier, en una desastrosa intervención de Paco Buyo, culminaba con un gol de astuto oportunista, una remontada con estricto sentido lírico.

Pier, otro portuense con aspecto de chico travieso y tímido que no quiere molestar y que, con el paso de los años y una vez fuera de la isla, alzó el soberbio movimiento de su cabeza para rematar con rabia el propósito cumplido de ser un gran futbolista.

Aquella tarde disfrutamos, por fin, derribando las altas mitologías de la autoridad del fútbol, dimos el primer paso, de relevante importancia, para trascender, como club, nuestro propio carácter acomplejado de eterno perdedor.

7 de junio de 1992, veinticinco años hace y lo recuerdo todo con absoluta nitidez. La felicidad, todo lo efímera e insustancial que se quiera, pasaba a ser parte de la historia ya colectiva del CD Tenerife.

Víctor Yanes

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Comienza a escribir en 1992, a la edad de 18 años, impulsado, en un primer momento, por cierto apetito de amor romántico, pronto comienza a consolidar su inquietud por la poesía, por la lectura y la creación de sus propios versos, que avanzan dentro de sí mismo, dentro de su apetito por comunicar una intensa sensación emocional, algo que dentro empuja y empuja, golpea casi.

 

 

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