Opinión

Nunca hemos dispuesto todos de un acceso tan fácil a una información extraordinariamente abundante y variada

 

18.07.2021 | Redacción | Opinión

Por: Alejandro de Bernardo

adebernar@yahoo.es

Nunca hemos dispuesto todos de un acceso tan fácil a una información extraordinariamente abundante y variada. A lo largo de la historia se ha ido consolidando un entendimiento claro de lo que significa ser humano y lo que implica para los demás. La experiencia nos dice que solo en una sociedad abierta, diversa, plural y tolerante pueden florecer los derechos y la felicidad. Por tanto, podríamos y deberíamos ser más sabios que nunca y tener una capacidad de reflexión mayor que en ningún otro momento de la historia.

Sin embargo, ¿por qué tengo la impresión -como otros muchos- de que quien controla la información está principalmente preocupado en falsificarla? y ¿por qué nos parece que quienes la reciben se empeñan en no prestarle atención? ¿Por qué todos, cada uno a su manera, nos hemos dejado arrastrar en este bucle de desencuentros que nos aleja del bien común? ¿Por qué cada reivindicación se hace a la contra, con una hostilidad tal que expulsa de ella a cualquiera que no asuma hasta el fondo las convicciones de quienes la llevan a cabo?

Sin embargo, ahora el problema no es que la verdad no se vea, pues forma parte de su condición que sea difícil de ver, sino que nos esforzamos por no verla. Nos amparamos en las buenas intenciones para ocultar nuestro odio hacia quienes piensan diferente.

Nadie se libra. No sé si forma parte de la psicología humana o si hay algo en ciertas épocas que esparce el veneno de la enemistad. Lo que sí sé es que es un veneno tan inocuo para los fanáticos como letal para la libertad. La de verdad.

Intolerancia. Este es el verdadero y gravísimo problema. Si consideramos al diferente como enemigo, indigno de ser conocido o comprendido; si acomodamos la información a nuestro interés, a nuestro esquema interpretativo; si amoldamos la realidad a nuestros prejuicios o si eludimos las evidencias cuando contradicen nuestras creencias o simpatías; si confundimos con el bien nuestras preferencias o si filtramos la realidad con la ideología… estamos gravemente intoxicados.

No sé si este tiempo es propicio para pensar, para reflexionar… si nos ha hecho más sabios. También creí que después de una pandemia tan cruel, en la que hemos tenido que aprender a adaptarnos a una realidad incierta y cambiante, tendríamos más empatía. Imaginaba que si éramos capaces de sobrevivir a algo tan triste y tan duro, acabaríamos siendo mejores personas. Pero la historia –vuelvo a la historia- ya nos enseñó, demasiadas veces, que no aprendemos tanto de los grandes desastres. Que la pérdida da la memoria colectiva es una de las enfermedades más comunes de la sociedad, y que por desgracia no tiene cura.

Llevamos miles de años repitiendo errores. Quizás aprendamos algo de cada uno de ellos. Alguien decía que "siempre olvidamos que somos mejores que hace cien años". Y seguro que tiene razón. Y sé por qué el mundo sigue siendo un lugar habitable. Es por esos seres humanos invisibles que persisten en practicar la bondad, el respeto y la generosidad todos los días. Porque los hay, y muchos. Por alguna razón no los miramos, o no les damos la misma importancia que le damos a quienes practican lo contrario.

En los momentos en los que las noticias están diseñadas para "atraparnos", para hacernos "caer" en sus redes, me pregunto qué pasaría si en lugar de amplificar lo violento y despiadado, amplificaran a esos otros. A los que hacen las cosas tan bien como pueden.

En los días en los uno pierde la esperanza en la condición humana intento buscar noticias sobre aquellos que hacen de nuestra existencia algo mejor, para así no dejarme llevar por la apabullante fuerza de la violencia que impera en las redes que dominan nuestras vidas.

A ver qué pasa. Juntos seremos más. Lo dice la canción que cada vez que la escucho en ese anuncio de cerveza sigue bailando en mi cabeza como ese disco que suena sin parar dos calles más atrás de la de cada uno. Sabes que va a seguir hasta que dios quiera por mucho que cierres la cristalera del balcón y pongas el turbo del aspirador a su máxima potencia. Como la bondad… la llevamos dentro. A ver qué pasa.

Feliz domingo.

 

Imagen de archivo: Alejandro de Bernardo