Opinión

El otro día en una red social un profesor comentaba que los alumnos valoraban a los maestros que cumplían estas cuatro premisas: ser consecuente, enseñar, escuchar y castigar.

06.10.2020 | Redacción | Opinión

Por: Alejandro de Bernardo

adebernar@yahoo.es

No voy a resolverles el dilema. En este párrafo, digo. No les diré qué melones. Para eso están ustedes. Esos agentes activos que siempre he querido que sean. No sé cuántas veces lo habré conseguido. Los hay del país, de piel de sapo, amarillos… y de todos, dicen que los mejores son los de Villaconejos. Los melones, claro.

El otro día en una red social un profesor comentaba que los alumnos valoraban a los maestros que cumplían estas cuatro premisas: ser consecuente, enseñar, escuchar y castigar. Como era una exposición abierta, desde que algunos leyeron la palabra castigo, comenzaron a llover críticas, de docentes y no docentes. Que si eso son métodos del Pleistoceno, que si troglodítico, que si antiguo, dictatorial, humillante… Si ya lo sé. Es de manual. Hay que motivar, ser empático, convencer, abrazar, ser comprensivos, etc, etc, etc. La vida es bella y los colegios e institutos una nube de caramelos.

Puede ser que estas personas tan empáticas y buenas, si algún día, un pibito de 15 años le tira una piedra a la cara a su niña y le revienta un ojo, (caso real) irán al colegio echando leches para mostrar su buen rollo con el alumno, para que no se sienta mal por lo hecho y desde luego ni se les pasará por la cabeza poner ninguna denuncia ni contra el chico, el director o el colegio.

Hugo Ibarra Toledo (HIT) es un pedagogo brillante, provocativo, egocéntrico, políticamente incorrecto y protagonista de una serie de TVE de la que he visto los dos primeros capítulos. Me atrevo a recomendársela porque si algo le caracteriza es que no se anda por las ramas. No se inventa nada. Todo lo que sale ocurre. Sucede, en mayor o menor grado, en este, ese y aquel instituto al que van, han ido o van a ir sus hijos, sus sobrinas o los hijos e hijas de sus vecinos.

Este personaje, que ya quisiera yo pasara por cada uno de los IES, tiene que enfrentarse a dos colectivos que están incluso más perdidos que los propios alumnos: las familias y los profesores. Y aquí están los melones que tenemos que abrir: la adicción a las drogas, la sexualidad, el vandalismo, la alumna y la hija pluscuamperfecta que manipula y dirige con miel y hiel según convenga a unos y a otros, los problemas que puede llegar a haber entre las cuatro paredes de un aula o la difícil relación entre alumnos y/o profesores del sistema educativo actual. Temas reales y problemas que infectan centros educativos y familias y que condicionan los futuros de todos.

Después de ver algo así, es posible que ya no se rasguen las vestiduras ante el castigo. El castigo, por definición, es la pena que se impone a quien ha cometido un delito o falta. Es decir, es una sanción por una mala acción o conducta. Evidentemente –que hoy en día parece que hay que explicarlo todo- el castigo no es la primera opción en muchos casos, ni debe castigarse por cualquier cosa, ni debe utilizarse como modo de prevención (por eso es tan importante el control emocional), pero a lo largo de mi carrera he visto alumnos que le han robado el móvil a la maestra, alumnos que robaban material de manera habitual a sus compañeros, alumnos que iban por el patio como matones amedrentando a los demás, alumnas que se escudaban en embarazos para exigir aprobados sin más, alumnos que le pedían dinero a alumnos más pequeños en los recreos, alumnos que robaron la recaudación de un viaje de estudios, alumnos que en una pelea le rompieron varios dientes a otro, que tiraban piedras a sus compañeros, o que llevaban una navaja y la sacaban en el patio en los partidos de fútbol, y todo ello, como es lógico, tiene que tener su sanción correspondiente. Luego, después de la sanción, ya seremos empáticos y dialogantes y ya veremos de dónde viene el problema, cómo motivar al alumno o encauzarlo y cómo fortalecer el control de sus emociones.

El respeto a unas normas de conducta, y no otra, es la base de la convivencia pacífica en sociedad. Aquellos que apuestan por eliminar sanciones o castigos -a pesar de lo que puedan creer- no consiguen con ello un mundo más hermoso, sino que lo único que hacen es crear una dictadura de impunidad donde los únicos que están cómodos y felices, los que se comen los melones, son los que no cumplen las normas. No puedo ser más claro. Ni el hecho… más injusto