Así sin más

10.01.2026 | Redacciób | Opinión

Por: Alejandro de Bernardo

adebernar@yahoo.es

Eso pienso esta noche en la que escribo. He dejado que mis dedos cabalguen sobre las teclas solos. Sin tramitar ningún permiso. Sin pasar por los filtros de la cabeza…  que tanto me ralentizan. Y en ello estoy. Haciéndolo de un tirón. No como otros días en los que se me van las horas cribando asuntos y, hasta que uno te convence, has sudado tinta.

Escribir es muy fácil y muy difícil. Es complicado plasmar lo que quieres y que llegue. Y que te guste a ti. No soy amigo de las polémicas pero me gusta enfrentar la actualidad. Me gusta la gente. Casi todo el mundo es bueno. Pero el que nace lechón… ese, precisamente ese, es el que más me incita a intentar iluminarlo antes de que lo pongan a la brasa. Las sendas equivocadas no me dan derecho a tratar de enderezarlas pero… me nace así. Ni sé por qué ni a qué puede deberse. También pueden decirme que quién soy yo para hablar de sendas equivocadas. Tal vez yo sea el errado. Y, si así fuera, tendría doble responsabilidad pues dispongo de esta tribuna. De este altavoz que salta de un continente a otro en medio instante. Y que puede llegar a corazoncitos desprotegidos. Si me puedo salvar en algo, me agarro a la intención, a la mía, que siempre es buena. No escribo para amargar a nadie, para hundir a nadie, para humillar, insultar o menospreciar a nadie.

Me conformo con repartir un poquito de luz para el que la quiera. Y si es donde hay tinieblas… pues mejor que mejor. Por supuesto que también escribo para entretener. Para que alguien diga… “me gustó”. Que alguien –lector o lectora, tanto monta- sienta paz, compañía y serenidad al leerlo. Que lo sienta suyo o del contrario. No somos tan diferentes. Hasta diría que las diferencias nos igualan. Lo importante es hablar. Y sentir. Y pasar, que diría el poeta del todo pasa y del  todo queda.

Estos días de Navidad pasaron también y durmiendo en mi habitación de siempre, en la casa de mi madre, empecé a pensar en esa versión de mí mismo que quedó suspendida en el tiempo, y que quizá ya no existe. En esa cama, de repente sentí calma, aunque no sé muy bien por qué. Quizá porque me di cuenta de que ya no soy la misma persona que dormía allí de niño, o porque soy consciente del camino que me llevó a la persona que soy ahora. O quizá, porque simplemente repasé ese camino: el de los errores, el del aprendizaje, el de la evolución, el de las cosas buenas y el de las cosas malas, el de las cosas que dejamos atrás, el de las cosas que llevamos...

Y aunque soy de esas personas que disfrutan de la Navidad, también reconozco que es una época compleja en la que no siempre podemos estar donde queremos estar, o no siempre queremos estar donde deberíamos estar. En esa casa de mi madre pensé que no es fácil conciliar esos sentimientos encontrados entre lo que quieres hacer y lo que tienes que hacer, o entre lo que eras y lo que eres. Pues esa versión de ti vive en el recuerdo de las cosas que dejaste atrás, en ese armario, esa mesita de noche, en ese libro, esa foto familiar. Y también vive en las personas que, por las circunstancias que fueran -tiempo, distancia, vida-, también se quedaron, o siguen ahí. Y en ese espacio entre lo que eras y lo que eres, empiezas a cuestionarte qué serás, y deseas que dentro de diez o quince años también puedas ver que el camino que tomaste, sea cual fuere -el de la pausa, el del cambio, el de la evolución-, te llevó a ser más generoso, más amable, más cercano, mejor persona. Así, sin más.

Feliz domingo.

 

Suscríbete a nuestro Podcast



Buscar en Tagoror

¿Aún no te has suscrito a nuestro podcast? Suscríbete aquí