Desde La Mesa Mota

Antes de hablar de seres brutos y sin cultura que pululan por estas Islas, he de advertir a los lectores que al escribir del mago no me refiero a los loables trabajadores del campo isleño.

Antes de hablar de seres brutos y sin cultura que pululan por estas Islas, he de advertir a los lectores que al escribir del mago no me refiero --ni quiero que se sientan aludidos-- a los loables trabajadores del campo isleño, sacrificados, tenaces y valientes, que sacan como pueden y como Dios les dio a entender unas cosechas de productos agrícolas que son nuestra despensa alimentaria de mayor calidad.

Me voy a referir al concepto de mago que se tiene por aquel individuo pueblerino, listo como una tea, que se cree que se las sabe todas y que comete cada estropicio contra el medio ambiente de aquí te espero. Es el mago sin cultura, cuya especie más próxima pudiera ser el cochino rubio y colorado que se cría en esos campos y que lo matamos cuando ya esta gordo, para comernos hasta el rabo.

Ese es el mago que vive en las medianías, que heredó algún terrenito, más bruto que un arado, que no trabaja las tierras como sus antepasados, sino que se dedica a la construcción, alicatando azulejos o poniendo yeso en las paredes y techos de nuevos edificios para ganarse la vida o ha cogido una bandeja para dedicarse a la hostelería en las zonas turísticas, donde sirve a unos guiris tal vez más brutos que él aún. Porque Dios los cría y ellos se juntan.

Estos a los que me refiero son --no todos, por supuesto, estoy escribiendo sobre unos determinados ejemplares-- los magos que los sábados y domingos llenan los guachinches de la Isla y se hartan de carne de cochino y de vino de garrafón cuando salen a comer con su mujer, los hijos, los padres, los suegros e incluso algún cuñado "jodelón" en esas furgonetas tipo "Berlingo", los menos pudientes, o en esas "pìck up" de "Toyota", los más acaudalados, que durante la semana usan como vehículos profesionales.

Todos ellos entran en las casas de comidas como pidiendo permiso, calladitos y "enzorretados", pero cuando ya se han bebido la primera media de vino y han probado las garbanzas y el queso cabra empiezan a hablar, a discutir y a elevar el tono de la voz de manera tan irrespetuosa como borde, en un comedor repleto de clientes.

Después de comer, los magos de la Isla Baja suelen ir a Garachico o a comerse un dulce al "Aderno", en Buenavista; los del Valle de la Orotava bajan hasta el Puerto de la Cruz a mandarse un helado y a pasear, con toda la parentela, por la Plaza del Charco o por San Telmo; y los del área metropolitana terminan en "El Búnker" o en alguna otra cafetería de los alrededores de Guamasa a tomarse el barraquito de rigor y algún licor "para bajar la comida".

Y eso, la escandelera en los guachinches y el divertimento vespertino sabatino y/o dominical, una semana sí, y otra semana también. Sin olvidar que, con dos copas encima, los conductores de las "berlingo" se creen los dueños de la carretera en el trayecto de regreso a casa. Y luego pasa lo que pasa...

pacopego@hotmail.com

Fotografía: Vital Sinkevich

Paco Pérez

Paco Pérez

Periodista

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