Opinión

Hay que cambiar para mejorar, quedarse en lo de siempre, por costumbre o comodidad, conlleva atraso y servidumbre

16.09.2019 | Redacción | Opinión

Por: Óscar Izquierdo

Presidente de FEPECO

Hay que cambiar para mejorar, quedarse en lo de siempre, por costumbre o comodidad, conlleva atraso y servidumbre. En el siglo en que vivimos, donde las transformaciones son, no sólo diarias sino casi instantáneas, hay que apostar por la renovación continua, para conseguir los objetivos propuestos. El tejido empresarial también necesita renovación, es saludable, porque permite la entrada de nuevos agentes, con energías poderosas, ideas transformadoras y propuestas innovadoras. El político americano Colin Powell ya lo dijo: “un sueño no se hace realidad a través de la magia; toma sudor, determinación y trabajo duro”. Es cuestión de aceptar la movilidad empresarial como un valor intrínseco de la propia actividad. La experiencia nos dice que, en todos los sectores económicos y en Canarias se nota un montón, siempre hay un núcleo minoritario, elitista y cerrado que lo quiere monopolizar, para después instrumentalizarlo en beneficio propio. Es una realidad incuestionable que sucede por la inercia de los demás, el miedo infundido y las prebendas otorgadas. Son los de siempre, más que conocidos, que copan cualquier representatividad, buscando dirigir entre bambalinas el acontecer económico, para de paso no se les escape ninguna oportunidad de negocio.

Estamos asistiendo, no sólo a un cambio generacional en el mundo empresarial, que es lógico y natural, sino también, a otra forma de entender y hacer. Se trata de no quedarse quietos ante el acaparamiento interesado, insolidario, egoísta, poniendo en el mercado novedosas actividades, propuestas y formas actualizadas, que van dejando atrás obsoletas tácticas monopolistas. Es la adecuación a la economía del presente, que no soporta algunos métodos tradicionales de compadreo y amiguismo. Es el esfuerzo, que siempre ha existido, pero ahora acompañado de formación y de la digitalización, unido a la tecnificación, trabajando, arriesgando y añadiendo calidad humana y profesional. Poniendo valores morales en un mundo eminentemente competitivo. Porque como señaló el empresario Jin Rohn: “si no te gustan como están las cosas ¡cámbialas!”.

Pero esta modernidad empresarial, donde la agilidad y la premura del tiempo es prioritaria, se enfrenta también al muro burocrático, lento, impenetrable, desfasado y caduco. El empresario, que no sólo concibe ideas, sino que quiere producirlas, en la mayoría de los casos no puede tener una actividad continuada al estrellarse y no por propia voluntad, con esa administración que todavía utiliza métodos y tiempos del siglo XIX. En la época de la digitalización y de lo inmediato, no cabe “el vuelva usted mañana”. Se pierden inversiones, ganas y creación de empleo, que no me canso de decir que es la mejor política social conocida y experimentada. Que fácil sería y como ayudaría, una administración pública, diligente, preparada, dispuesta a ayudar y no a entorpecer, generaría sinergias positivas y posibilitaría una actividad económica creciente, conformadora de un mayor bienestar social.

Cada época histórica requiere métodos concretos que la caracterizan y la individualizan, por lo que no es conveniente arrastrar con lo que ya no sirve o por lo menos, no es provechoso o entorpece el desarrollo general. No hay que tener miedo a las novedades, todo lo contrario, hay que estimularlas para que den frutos tangibles y salga beneficiada el conjunto de la sociedad.

Haciendo un símil muy gráfico, los mamuts se extinguieron, por lo que no sería conveniente ni provechoso, mantenerlos en el tejido empresarial. Aunque se crean imprescindibles, son más que sustituibles, ya que ahora toca un empresariado combativo económicamente, pero incorporando valores éticos y sostenibles, porque así lo exige el mundo en el que vivimos.