El nudo que no se rompe

03.05.2026 | Redacción | Opinión

Por: Alejandro de Bernardo

“Qué extraño que pueda tener todo esto dentro de mí y que para ti sean solo palabras”. Esta frase de David Foster Wallace me ha parecido el mayor reto para quienes intentamos que el lenguaje deje de ser un muro para convertirse en esa vitrina abierta y amable de la que usted pueda elegir lo que considere. Él hablaba de la soledad del pensamiento pero hoy, precisamente hoy que el calendario marca el Día de la Madre, su frase adquiere un significado distinto. Solo tengo que mirar a la mía.

Dentro de una madre cabe el mundo entero, con sus estaciones de luz y sus inviernos inesperados. Y la verdad es que por mucho que yo intente volcar aquí lo que siento, puede que para muchos lleguen solo palabras. Para nosotros, sus hijos, lo que hay dentro de ella es la arquitectura invisible que nos mantiene a salvo.

Este no es un artículo sobre la ausencia, aunque la ausencia nos haya golpeado muy duro y de forma inesperada con la partida de mi hermano. Este es un artículo sobre la presencia. Sobre esa entereza que mi madre nos está regalando a mis hermanas y a mí en un momento donde lo natural sería el desmoronamiento. Es asombroso observar cómo mientras el corazón libra su batalla más dura, ella se mantiene como el eje sobre el que seguimos girando. Esa es la verdadera valentía: no la ausencia de dolor, sino la capacidad de seguir siendo puerto para los demás cuando el propio barco está en mitad de la tormenta.

Con frecuencia damos por sentado el papel de las madres como nexos de unión. Las vemos como ese pegamento silencioso que une los domingos, las llamadas de teléfono y las preocupaciones cotidianas. Es en los momentos límite donde se descubre que ese pegamento es en realidad acero. Una madre de verdad no es solo la que da la vida, sino la que sostiene la de los que se quedan cuando todo lo demás parece tambalearse.

El lenguaje, una vez más, se queda corto. Decir “mamá” –“mama”, en nuestro caso- es intentar resumir en cuatro letras un sistema de protección universal, una resistencia que desafía las leyes de la lógica. Admiro su dignidad, esa forma de seguir hacia adelante que nos obliga a nosotros a no bajar la cabeza. Su fortaleza no es un muro frío, sino un abrazo que sigue uniendo las piezas de nuestro puzzle familiar, asegurándose de que ninguna se pierda por el camino.

Hoy, mientras muchos celebrarán con flores y comidas, yo me quedo con esa lección de vida que no se enseña en los libros: la de la madre que, ante el zarpazo más amargo, ante el impacto de ese rayo seco y frío, elige la luz para iluminar a sus hijos. No hay tristeza en este reconocimiento, sino un orgullo inmenso. Porque, aunque esto sean solo palabras impresas en papel de periódico o textos digitalizados, para nosotros es la certeza de que, mientras ella esté ahí, el nudo de nuestra familia jamás se romperá.

Feliz domingo y feliz día a todas las madres que, a pesar de las tormentas, son el faro que no parpadea. Y un beso al cielo para las que se fueron. También están. Siempre están.
 

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