El tribunal del bolsillo

17.05.2026 | Redacción | Opinión

Por: Alejandro de Bernardo

 adebernar@yahoo.es

La hoguera digital ya no necesita leña. Le basta con un rumor mal intencionado en el grupo de whasapp. El teléfono móvil es el nuevo tribunal de justicia comunitaria que todos cargamos en el pantalón. Un juez implacable que dictamina desde el bolsillo. Condena rápido y escucha despacio. Hemos transformado las pantallas en un altavoz de la sospecha permanente contra el de al lado. Destruyen los puentes de confianza que costó años levantar entre familias que antes se saludaban con una sonrisa. La crispación cotiza al alza y la templanza se fue de vacaciones. 

Gobernar hoy es caminar sobre un cable tenso bajo una tormenta de opiniones cruzadas. Detrás de cada cargo público hay personas que sienten, sufren y se desvelan. Y en eso ni se piensa. Se ha instalado una corriente de juicio implacable, dictada desde ese tribunal del bolsillo que no concede tregua ni margen al error humano. Lo más destructivo es que, este automatismo del desprecio, ignora por completo los aciertos. Cuando un gobernante toma una decisión valiente y necesaria para el bien común, el aplauso se ahoga en el océano digital. Se busca la doble intención o el fallo oculto. Es suficiente que no sea de tu cuerda. Y esto desangra la vocación de servicio público.

El combustible más peligroso de este engranaje es la desinformación masiva. Los bulos ya no son simples mentiras de taberna que se aclaran con un café. Hoy son armas diseñadas para destruir la dignidad de las personas en segundos, activadas con un simple roce de dedos. En la política cercana, una falsedad sobre una ayuda social o un presupuesto inventado corre como la pólvora. El ciudadano común recibe el impacto del titular tramposo y lo asume como una verdad incuestionable. Fabricar una infamia cuesta un solo clic desde el sofá. Desmentirla exige semanas de explicaciones que ya nadie se detiene a leer. La mentira que tenía las patas muy cortas ahora es más rápida que la verdad.

La deshumanización de las relaciones es la consecuencia de esta intoxicación informativa. Se obliga a los representantes a legislar a golpe de tuit, apagando fuegos ficticios en lugar de mirar a la cara a la gente. El algoritmo de la red premia el enfrentamiento crudo y castiga el abrazo constructivo. Se potencia la provocación y caemos en la trampa como pardillos. Quien discrepa con sensatez queda sepultado bajo una avalancha de insultos anónimos. Pasamos de debatir sobre el estado de un parque a etiquetar a la persona con el peor de los agravios. Lo que mata el alma colectiva.  
 Ahora, que cada día se celebra especial en honor a algo, propongo celebrar el “Día de lo que perdimos” y fijar al menos esa tarde apagando las pantallas para volver a mirarnos a los ojos en la plaza. La convivencia real tiene otro ritmo, una respiración mucho más pausada, tierna y humana. Es en el encuentro físico, en la charla de panadería o al cruzarse en el portal, donde se deshacen los malentendidos virtuales. Ahí caen las máscaras de los bulos y se desarma ese tribunal del bolsillo que nos aísla. Debemos recuperar la capacidad de reconocer el mérito del rival político. Un acierto de la administración es una victoria para todos los hogares. Validar lo que se hace bien es un acto de estricta justicia y madurez.

En medio del fango digital, brotan corrientes de resistencia pacífica y solidaria entre la gente normal. Personas que usan la tecnología no para señalar con el dedo, sino para contrastar datos y tejer redes de apoyo mutuo. Esa es la herramienta que suma. Aprender a silenciar el insulto infundado y amplificar la propuesta real es nuestra gran asignatura pendiente. El pensamiento crítico que traté de entrenar en mi alumnado tiene una enorme labor hoy: frenar el bulo, respirar hondo y salvar la convivencia. La verdad siempre nos hace mejores. No lo olviden.

Feliz domingo.
 

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