Al Golpito

Ellas/os esas personas que están trabajando entre doce y ochos horas diarias con personas mayores con diferentes y múltiples tipos de patologías, son personas especiales

22.09.2018. Redacción | Opinión

Por: Rafael J. Lutzardo Hernández

Según la Fundación Caser, España envejece y seguirá envejeciendo en las próximas décadas. En la actualidad, más de dos millones de personas son dependientes (mayores o no) y necesitan de otras personas para desenvolverse en su vida diaria, por lo que debe existir un número similar e incluso mucho mayor de personas, principalmente familiares, que se dedican a proporcionar tales cuidados. De hecho, se estima que el 71 % de la asistencia se lleva a cabo por parte de la familia. Otro dato importante es que más del 73 % de las personas en situación de dependencia son mayores de 65 años.

Ni que decir tiene, que el trabajo profesional de todas aquellas personas que lo hacen en los centros de mayores, bien sea de día o de noche, no es un trabajo cualquiera. Ellas/os esas personas que están trabajando entre doce y ochos horas diarias con personas mayores con diferentes y múltiples tipos de patologías, son personas especiales. No son estrellas del cine, televisión radio o revistas del corazón. Son algo más que todo ese mundo rodeado de escenarios de materialismos y donde venden sus propios sentimientos como cubos de basuras. Esas personas profesionales que están día a día atendiendo a los mayores; son de otra casta humana, pues no en vano ayudan con verdadero amor a esos ancianos que no se pueden valer por si mismos. No hay dinero en el mundo para pagar a esos grandes profesionales de la Ley de dependencia, los cuales se enfrentan cada día con distintos episodios de esos pacientes ancianos que por motivos de los años de la vida le han ido deteriorando y marchitando sus cerebros y sus estados físicos de unos cuerpos que en otra época tuvieron juventud.

Ese personal profesional que trabaja con ilusión, amor y devoción con aquellas personas en avanzadas edades, motivado por Ley del destino de la vida, parece no importarle mucho a la sociedad actual del siglo XXI. Es decir, son personas que pasan desapercibidas, pero no por que esos profesionales reclamen o quieran protagonismos personales. Lo digo porque son personas que hacen un importante trabajo que muchos/as no quieren hacer. No descubro nada nuevo su escribo que ese trabajo no es tarea fácil. Cuidar, tratar, vigilar y dar amor y cariño a un anciano que no tenga autonomía propia, no es tarea sencilla. Sobre todo cuando muchos de ellos son olvidados por sus familiares.

Quiero plasmar uno de tantos testimonios de una auxiliar de Geriatría, donde escribe la dureza de este hermoso trabajo humano: Llevo 23 años en la profesión de Geriatría, soy una auxiliar de clínica más, de esas que empezaron cuando ni teníamos grúas y todo era fuerza bruta, ni teníamos jabonosas y más…, cuando administrábamos desde medicación básica, hasta intramusculares, incluso hacer curas, desbridar úlceras, colocar sondas. Calentábamos la comida de catering, colocábamos mesas y usuarios e incluso poníamos lavadoras, tendíamos, doblábamos y guardábamos ropa, tanto de cama como de uso.  Pues bien, estoy muy cansada de pelear en esta profesión, tanto en residencias privadas, como concertadas o municipales. Ahora creía que por fin íbamos a cambiar, poco a poco entre todas/os, esta profesión tan bonita y a la vez tan dura.

Creía que con gobiernos del cambio por fin dejarían de hacerse las cosas solo para ganar dinero o para quedar bien, creía que por fin formaríamos parte la gente que estamos las 24 horas del día con ellas/os, porque somos quienes los levantamos, lavamos, afeitamos, cortamos uñas, limpiamos sus orinas y heces, vómitos, mocos, comida, babas, etc. Somos las que les damos de comer, pelamos su fruta, ayudamos en un atragantamiento, espesamos comida para que puedan comer, hidratamos, observamos cualquier anomalía, movilizamos, hacemos sus cambios posturales, acostamos, colocamos protecciones, hacemos bromas, les decimos palabras de cariño y renegamos si no comen.

Y cuando llega el relevo, crees que has hecho lo posible para que su día haya sido bueno y su final del camino digno. Estoy cansada de ver inspecciones de gente muy bien arregladita, con carpetas y burocracia, cansada de ver que no han trabajado ni siquiera ocho horas cuatro días en cualquier modalidad de residencias. Se limitan a ir muy serios, pero seguimos igual, salvo por pequeños o grandes trastornos que sirven de muy poco. Cansada de ver en todas ellas médicos/as que se limitan a atiborrar de laxantes, enemas (muchas veces me pregunto si no tendrán un contrato con estos laboratorios que los fabrican) y dolocatiles. Cuando con dietas ricas en fibra y mas ejercicio sería posible reducir tanto medicamento, que encima pagamos todos/as. Bueno y darles palmaditas, o decir lo bellas y bellos que están. 

Cansada de enchufadas/os, de un partido u otro. Evidentemente hasta hace bien poco era solo PP/PSOE.  Cansada de familiares que para limpiar sus conciencias ven mal hasta el color de la chaqueta que le ponemos.  Cansada de que nos deshumanicéis entre todos, de ser culpables de intentar trabajar para ellos/as en mejores condiciones.  Cansada de duchas que disparan el agua a todos los sitios menos donde deben, de pañales racionados, de cremas de mala calidad o inexistentes, de duchas donde no se ducharía ninguno de los que viene de inspección. Sea de usuarios o trabajadores/as.

Por eso yo pondría inspectoras/os y auxiliares (esas que trabajan en estos sitios) que de verdad inspeccionen. Y si hace falta más de cuatro días, pues más. Estoy cansada de uniformes muy bonitos pero no prácticos, de ambientadores a tuti plen porque os molestan los olores de nuestros mayores.  De que mis compañeras sean agredidas tanto física como verbalmente por usuarios con solo minusvalías físicas, o familiares un poquito especiales. Y que nunca se tomen medidas hasta que hay cientos de quejas. 

Cansada de ver cómo pierdo compañeras/os y grandes profesionales, cansados/as de aguantar. Cansada de turnos horribles, de no cubrir bajas, de ser una o uno menos, y muy cansada de que me queme mi profesión.  Porque es estupenda, la elegí hace muchos años y espero no morirme sin intentar que por lo menos sea una décima parte de lo que mis sueños me llevan a desear, a que no sea una utopía sino un poquito de realidad.  Creo que hablo por mucha gente de mi profesión, porque no soy una auxiliar solo, somos AUXILIARES EN GERIATRIA.

 

Rafael J. Lutzardo Hernández

Rafael J. Lutzardo Hernández

Periodista y escritor. Actualmente colabora como columnista y realiza reportaje de sociedad en El Diario de Avisos.

Autor de numerosos prólogos de libros y programas de fiestas populares de nuestra tierra. Autor del libro "Vamos de Guachinches y otras casas de comidas"

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