Opinión

Entramos en la temporada de las procesiones, definidas como una marcha de personas que caminan ordenadamente y de forma solemne por la calle con un motivo ceremonioso, especialmente de la fe católica

08.07.2019 | Redacción | Opinión

Por: Óscar Izquierdo

Politólogo

Entramos en la temporada de las procesiones, definidas como una marcha de personas que caminan ordenadamente y de forma solemne por la calle con un motivo ceremonioso, especialmente de la fe católica. Desde mediados de junio con el Corpus Christi, a mediados de septiembre con la festividad del Cristo en La Laguna, se suceden en todos los pueblos fiestas patronales, memoria de santos o santas, así como solemnidades enmarcadas en la religiosidad popular. Es el verano estelar de algunos políticos, que están vigilantes, ansiosos y agradecidos, para que los inviten a tan magno acontecimiento. Se pirran por asistir para después poner la correspondiente foto en las redes sociales, junto con los compañeros y compañeras asistentes, sonrientes y satisfechos. Algunos o algunas hasta las retransmiten en directo. Da lo mismo si se es creyente, agnóstico o ateo, lo importante es figurear y colmar la dosis de vanidad pertinente. Todos no son iguales, pero muchos se parecen.

Este fenómeno que más que sociológico, es eminentemente psicológico, sucede sobre todo a nivel local, donde hay personas verdaderamente especializadas en exhibirse públicamente y ocupar los primeros asientos en las ceremonias litúrgicas, donde se acomodan al dedillo. También proliferan los representantes del Cabildo o del Gobierno Autónomo, que más que cargos públicos, se parecen a los turroneros o turroneras de Tacoronte, porque se les ve en todas las fiestas, incluso en un mismo día, asisten a más de una procesión, haciendo un ejercicio de bilocación, digno de estudio. Una vez un político me dijo que ir a una procesión, entraba en la erótica del poder, allá él y sus disfunciones mentales. El alemán George C. Lichtenberg aclaraba que: “cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto”. Suele suceder que los que en la oposición criticaban esa presencia en actos religiosos, por norma, se incorporan a los mismos cuando llegan al gobierno, haciendo lo contrario de lo que dijeron, que es una característica habitual de los actuales personajes públicos.

Los hay que tienen una compostura dignísima, caminan marcialmente, serios y circunspectos, estirados a más no poder, mirando para todos lados y saludando con la mano o con la cabeza por doquier, con más elegancia que los Reyes de España. También están los despistados, que no saben muy bien que hacen por allí, hablan con todos, de todo, futbol, anécdotas, chistes, risas, estar por estar, que es la peor forma de perder el tiempo. Después nos encontramos a los de siempre, que tienen hasta su traje exclusivo para las procesiones que, por cierto, algunas veces los utilizan también en algún entierro. Generalmente esperan por fuera del templo, para incorporarse en el momento oportuno, hablando en demasía, fumándose algún cigarrillo o descalificando groseramente el acto al que van a asistir como si tuvieran dos caras. Lo que no se sabe es que, si por asistir a estos actos religiosos se cobran dietas, porque si es afirmativo, no hay más que hablar, se comprende todo y se disculpa la incongruencia. Son los menos, pero hay algunos que acuden por convicciones religiosas y son respetuosos con lo que se celebra, parece ser que son los más consecuentes, junto a los que sencillamente no acuden, precisamente por no estar dentro de su cosmovisión de vida.

El filósofo francés Gabriel Marcel sentenció que: “cuando uno no vive como piensa, acaba pensando cómo vive”. Estos creyentes coyunturales, de partidos e ideologías dispares y distantes, disfrutan como niños de su paseo procesional, como si asistieran a una excusión escolar y es que Dios los cría y ellos se juntan.