Opinión

Cuarenta y tres años han pasado desde que España abrazó los preceptos democráticos y aprobó una Constitución que nos ha brindado el mayor avance de nuestra historia en términos de desarrollo social, económico y cultural, así como en garantía de

05.12.2021 | Redacción | Opinión

Christopher Rodríguez.

Técnico en Administración de Empresas.

Escritor, autor de la novela “El Lince”. Mercurio Editorial. Año 2020.

Cuarenta y tres años han pasado desde que España abrazó los preceptos democráticos y aprobó una Constitución que nos ha brindado el mayor avance de nuestra historia en términos de desarrollo social, económico y cultural, así como en garantía de derechos, libertades y paz.

Desde una perspectiva histórica, además, puede afirmarse sin temor a exagerar que esta Constitución supone el mayor logro colectivo de los dos últimos siglos en nuestro país. Un logro que es valorado, respetado y celebrado por las generaciones posteriores a las que, con ilusión y temor a lo desconocido, iniciaron el camino de las libertades colectivas en un momento de gran incertidumbre.

Cuarenta y tres años después de aquel hito, la sociedad ha cambiado, nuestro entorno social, político y económico ha cambiado, y la forma en la que los territorios se relacionan entre ellos y con el estado, también han cambiado.

La España del siglo XXI, ya en nada se parece a aquel país que dibujaron los arquitectos de la Constitución de 1978. Los retos son ahora diferentes.

Por aquel entonces, ni los proponentes ni quienes participaban en los intensos debates, imaginaron nunca, y tampoco se les puede reprochar, que el texto aprobado y refrendado en 1978 se debería enfrentar a la mayor crisis sanitaria del último siglo, ni que por la irresponsabilidad de quienes les sucederían, la elección del Presidente del Ejecutivo o del máximo órgano de representación del Poder Judicial serían bloqueados, interesadamente, poniendo en peligro el normal funcionamiento de las instituciones que ellos estaban debatiendo.

Estoy seguro que en la España que dibujaban en interminables comisiones, no se concebía un grado de descentralización territorial tan elevado como el actual y que, de facto, nos convierte en un estado federal. Ni que la España del futuro tuviera que enfrentarse a una emergencia climática que pone en riesgo la supervivencia de la propia especie humana.

La Constitución de 1978 necesita adaptarse a las nuevas realidades de un entorno en constante evolución, para que siga siendo igual de efectiva que lo ha sido hasta ahora. El éxito de toda Constitución reside en su capacidad de integración y adaptación a los cambios.

Frente al ideario de inmovilismo, petrificación y blindaje que desde sectores más conservadores se proclama, la experiencia demuestra que la manera más eficaz de asegurar la vigencia, la continuidad y la estabilidad de un texto constitucional consiste precisamente en promover su adaptación flexible a la realidad social de cada momento histórico.

Ahora bien, entre la reforma de la Carta Magna y la apertura de un proceso constituyente como se exige desde otros sectores, resulta mucho más inteligente optar por la reforma derivada del pacto de 1978, que ya se asienta sobre una base de éxito: el Estado Social y Democrático de Derecho, el respeto a los derechos humanos, la pluralidad ideológica, la unidad territorial y la descentralización política.

Sin duda alguna, mi generación y las posteriores estarán eternamente agradecidos a todos aquellos hombres y mujeres que tuvieron la valentía y el coraje de garantizarnos un futuro mejor. Pero ahora, a otra generación de mujeres y hombres, le toca revisar, retocar y adaptar ese mismo texto, para que las generaciones que venga, tengan su futuro garantizado bajo la premisa del legado recibido.

 

Imagen: Christopher Rodríguez. Técnico en Administración de Empresas. Escritor, autor de la novela “El Lince”. Mercurio Editorial. Año 2020 | CEDIDA