Al Golpito

El pasado día 5 de diciembre de 2018, en el Orfeón la Paz de La Laguna, fue escenario de una estupenda e importante obra teatral del dramaturgo Cirilo Leal, con dirección del también dramaturgo, Oscar Bacallado

17.12.2018. Redacción | Opinión

Por: Rafael J. Lutzardo Hernández

El pasado día 5 de diciembre de 2018, en el Orfeón la Paz de La Laguna, fue escenario de una estupenda e importante obra teatral del dramaturgo Cirilo Leal, con dirección del también dramaturgo, Oscar Bacallado. Ni que decir tiene, que el mencionado lugar, cuya andadura comenzó en el año 1918, todavía con los ecos de la Primera Guerra Mundial (de ahí su nombre); concentró la curiosidad de muchas personas, motivando un gran lleno de espectadores/as. Todos los actores participantes estuvieron a la altura del nivel que requería la obra. La cual estuvo basada en la historia de “La Viña del Loro”. Sin duda, hay que reconocer el gran trabajo llevado a cabo por el guionista y dramaturgo, Cirilo Leal, persona que ha sabido sacar partida con imaginación y realidad la historia de “La Viña del Loro”. Destacar el aporte de Rafael Lutzardo, Julio Martín, Francis Mendoza, Mary Baute, Salvador Melián, Esther Chávez, Manuel Herrera, Juan Jesús Arteaga, Mercedes Fernández, Alfonso González, Israel Palmero, Gara Palacios y Carlos Leocadio. De igual modo, el excelente trabajo del director, Oscar Bacallado, que de un puzzle teatral logró sacar partida artística en los personajes del Carnaval tinerfeño. Un éxito que también tiene que ver el presidente del Orfeón La Paz, Esteban Afonso Rodríguez y su directiva, el cual apostó por esta gran iniciativa teatral.

Como describe el periodista Ánghel Morales, La Viña el Loro, fue un bar ubicado en la calle de la Marina, por el que pasaba todo tipo de gente, pero sobre todo gente humilde, cambulloneros del muelle, estibadores, prostitutas, gente del interior de la isla que venía a la ciudad en busca de productos que no tenían, periodistas bohemios como Francisco Pimentel o Enrique García Ramos, uno de los fetasianos mas carismáticos como era Antonio Bermejo. La Viña el Loro era todo un mundo en una pequeña ciudad que no pasaba de pueblo. Cirilo Leal, es sin lugar a dudas uno de los mejores dramaturgos canarios de todos los tiempos, su teatro es único, tiene la capacidad para meterse en la memoria viva de un pueblo y rescatarla, para reflejarla con sus actores en el escenario. Cirilo es teatro en estado puro, cuando quiere se convierte en un gran actor como cuando interpreto un personaje de su creación como Guito Guito. Hoy le tocó hacer el papel de loro, que como Pepito Grillo era la conciencia de la Viña.

Cirilo es uno de los grandes, más de doscientos documentales, que los canales de televisión repiten una y otra vez, lo cual demuestra su calidad, pero Cirilo no es un hombre del régimen, no es un hombre del sistema, para el, como para ese gran novelista que es José Rivero Vivas, sus personajes son la gente sencilla, la gente que no tiene voz a los que esta puta sociedad se la niegan, por eso el sistema no los apoya, porque sus textos representan el alma y los sentimientos de estos condenados por el sistema a la marginalidad, al silencio y al olvido. El Teatro de Cirilo es un teatro con memoria, para que nadie olvide en esta tierra a los que han sufrido y a los que el sistema ha borrado o ha pretendido borrar. La Viña el Loro me trae buenos recuerdos, porque justo en ella me colocó el desaparecido Miguel Ángel Díaz Palarea en su novela LAS CUCAS, como personaje de ficción, aunque el lo denominaba Bar Tres Papas, concluye Ánghel Morales.

Por otro lado, el vino de la Viña del Loro era un vino “peleón” de la tierra pero que entraba por el mar, pero que pese a su acidez y grado de alcohol, o quizás por ello, tenía numerosa clientela. En la puerta de entrada, recuerda un anónimo, había un bocoy o tonel con una llave de madera y debajo el célebre lebrillo canario de color verdoso donde se recogían las escurrideras o goteo del cierre de la llave, siempre imperfecta, llenándose con frecuencia el lebrillo. Pero he aquí que un perro callejero que deambulaba sin destino cierto por aquellas zonas casi portuarias (la Viña era frecuentada por numerosos portuarios y estibadores) con la permisibilidad del dueño acudía todas las tardes a la misma hora a lametear y beber el resto del vino de la escudilla, durante bastante rato, hasta que la dejaba totalmente limpia. Y seguidamente daba media vuelta y se marchaba como muy satisfecho “después de haber bebido”, con alguna migaja que le arrojaban los clientes calle arriba y a pesar de tener cuatro patas (y no dos como los humanos) marchaba tambaleándose y haciendo zigzags.

Este caso insólito se repetía diariamente y llegó a hacerse célebre dicho animal como un elemento más de La Viña del Loro. Y se llamaba “del Loro” porque también en su pórtico dando a la calle y como parte del propio anuncio o letrero había un loro verde tropical, en su correspondiente jaula, que atendía cuidadosamente el tendero y también al que los parroquianos le daban alguna pipa o migaja, que agradecía, salvo cuando era engañado que solía responder con algún picotazo e insulto.

Pero este loro era muy observador puesto que estaba en un sitio estratégico por donde pasaban muchas personas y especialmente mujeres de toda clase y condición; y en las inmediaciones había un hotel que recibía a esta clase de mujeres de profesión la más antigua del mundo, según dicen, donde tomaban la habitación, muy pintiparadas ellas, muy arregladas, muy fajadas… es decir llamando la atención, vendiendo la mercancía. Y el loro que era muy observador y que yo creo además es un animal muy inteligente puesto que sabe hablar y silbar como una persona y en ocasiones mejor que algún mago o lugareño, y además, y esto es lo más importante, es inteligente y “sabe lo que dice y dice lo que sabe”.

Y así ocurría y se confrontaba por múltiples personas que deambulaban por las inmediaciones y clientes del bodegón, que cuando pasaba una señora, el lorito decía “adiós señora”, pero cuando pasada “una mujer de dudosa reputación” (como diría el profesor Hernández Rubio), una “buscona”, el loro a grandes voces se dirigía a ella diciendo “adiós puta, reputa ¿dónde vas a ligar?”. Este hecho que se repetía cotidianamente hacía que las casas próximas dedicadas al negocio se quejaran del pobre loro que no hacía más que decir la verdad … pero cómo era inimputable y con el dueño no se atrevían pues sus chulos o amantes además eran clientes de “La Viña”, continuó así indefinidamente ante el asombro de propios y extraños y estas señoras de dudosa reputación, tuvieron que emigrar para otras zonas más alejadas del “fiscalizador” loro que además, como es sabido, puede vivir muchísimos años, con seguridad más que dichas féminas.

Por otro lado, y ante la repercusión social que tuvo en otra época la Viña del Loro en Santa Cruz de Tenerife, el dramaturgo Cirilo Leal intenta universalizar con esta nueva obra teatral la historia de la Viña del Loro. Una obra de teatro que fur representada con personajes del Carnaval tinerfeño y otros actores/as de la sociedad isleña. Un refugio y confesionario, donde cientos de personas se dieron cita para beber un vino a granel y paso, establecer diálogos, matar las penas y soledades de una época que tuvo luz y oscuridad. Atrás quedan los recuerdos de Vadita, Paco Valentín, Juan El Cambullonero, Luis, El Borrachito, Tobita; Juan El Polludo y su hermano; Mario el Abuelo; Pepe el Gomero; El Dueña; Chalito; Segundo; los hermanos Wenceslao y Alejandro el Cubano, etc.


Rafael J. Lutzardo Hernández

Rafael J. Lutzardo Hernández

Periodista y escritor. Actualmente colabora como columnista y realiza reportaje de sociedad en El Diario de Avisos.

Autor de numerosos prólogos de libros y programas de fiestas populares de nuestra tierra. Autor del libro "Vamos de Guachinches y otras casas de comidas"

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