Desde La Mesa Mota

Parece que todos tenemos cierta vocación de médicos, enfermeros o curanderos y, por regla general, en función de los síntomas o de los dolores que padezca una persona

14.09.2019 | Redacción | Opinión

Por: Paco Pérez

pacopego@hotmail.com

Parece que todos tenemos cierta vocación de médicos, enfermeros o curanderos y, por regla general, en función de los síntomas o de los dolores que padezca una persona, lo achacamos todo a gases (si se trata de un dolor en el pecho), a un pedo atravesado (en caso de malestar en el vientre), a una subida de la tensión arterial (presión alta, decimos popularmente) si nos duele la cabeza o la nuca, o incluso "diagnosticamos" una hipoglucemia (o bajón de los niveles de azúcar en la sangre) en caso de un desmayo, una lipotimia o un mareo con sudor.

Todos esos diagnósticos los resolvemos de varias maneras. Para los gases y esas cosas, tacitas de agua, con infusiones de las más variadas hierbas; para la supuesta crisis hipertensiva le recomendamos al pariente o al amigo que se acueste y se relaje y para la aparente bajada de glucosa, sugerimos beber un vaso de agua con azúcar. Y hacemos estas recomendaciones con las mejores de nuestras intenciones. Mas hay que tener mucho cuidado con esos consejos, porque puede tratarse de caso puntuales graves y hasta mortales.

En 1993 sufrí un infarto agudo de miocardio con solo 34 años de edad, en la sobremesa de un almuerzo con varios familiares en casa de uno de mis hermanos en La Laguna. Era un domingo por la tarde, me empecé a sentir indispuesto de repente, me dolía el pecho y empecé a palidecer y a sudar por todo el cuerpo. Quienes me acompañaban, seguramente para tranquilizarme, me dijeron que podrían ser "gases" e incluso, recostado en un sillón, me tomé una tacita de agua, pero yo intuía que aquella fuerte opresión en el esternón no se iría con un "Aero Red" o con un "Pankreoflat".

A la vista de mi estado, no dudé en decir que me trasladasen urgentemente al Hospital de la Candelaria, entre otras sensaciones porque noté muy próximo el fin de mis días, y me dio la impresión de que me iba de este mundo. Al llegar al HUNSC, no hubo duda: era un IAM y por fortuna los médicos de Urgencias resolvieron la crisis cardíaca, porque en más o menos media hora desde que me sentí mal ya estaba siendo atendido por personal especializado.

¿Se imaginan, amables lectores, que no le hubiera dado importancia a mis síntomas, pensando que se me pasaría el dolor y en lugar de acudir a un centro médico, hubiese optado por reposar durante un buen rato?

Como he sufrido estas situaciones comprometidas con la propia supervivencia personal varias veces, ante cualquier duda hay que acudir a las urgencias médicas más cercanas. Muchas personas ya no están con nosotros por pensar que lo que sintieron en un momento dado no tenía importancia.

Por cierto, aunque los anglosajones digan que es de mala educación referirse a los males que nos aquejan a cada uno, tras permanecer en la UVI y en la planta correspondiente unos cuantos días, por recomendación de un querido amigo que me atendió en aquella ocasión y que aún hoy sigue siendo mi cardiólogo de confianza, me perdí de vista y me fui a vivir a un apartamento en Los Cristianos durante seis meses, entrañable localidad marinera donde todos los días salía a pasear a orillas del Atlántico.

En el periódico donde trabajaba no tuvieron más remedio que esperarme medio año, hasta finales de noviembre. Las llamadas y los mensajes de amigos y conocidos deseándome una feliz recuperación fueron numerosos aquellos días, pero cuando me reincorporé a mi puesto, alguien que en mi nombre había recibido (y apuntado) las llamadas y guardado los mensajes de apoyo, me dijo haber "perdido" la relación de personas que se habían interesado por mi estado de salud. Una falta total respeto no solo hacia mí sino, lo que es peor, hacia los semejantes que me mostraron su cariño en aquellos momentos. Nunca vi una carta ni un telegrama. Aquel individuo fue un envidioso y una mala persona y ese día me lo confirmó fehacientemente. Cosas inverosímiles, en fin...

Paco Pérez

Paco Pérez

Periodista

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