Jerónimo Saavedra: la política como vocación de servicio

07.06.2026 | Redacción | Opinión

Por: Casimiro Curbelo

Presidente del Cabildo de La Gomera y portavoz de ASG en el Parlamento de Canarias

Hay personas que dejan huella en las instituciones y otras que, como Jerónimo Saavedra, además, permanecen en la memoria afectiva de quienes compartimos camino con ellas. Fue político de Estado, intelectual, humanista y canario universal; pero también un compañero leal, un amigo generoso y una referencia moral para quienes entendemos la política como servicio público.

La presentación del libro Jerónimo Saavedra: el último prócer, escrito por su sobrina Marta Saavedra, fue una buena ocasión para volver sobre una trayectoria esencial en la historia reciente de Canarias. Se trata de reconocer al hombre que hizo de la política una herramienta útil, serena y comprometida con la ciudadanía en cada etapa de servicio.

Jerónimo fue decisivo en la construcción de la Canarias moderna. Desde la Transición participó en el pensamiento político que dio forma a nuestra autonomía y perteneció a una generación que miró más allá de la coyuntura inmediata. Defendió instituciones democráticas y al servicio de la gente. Su compromiso no fue retórico, sino ejercido desde la convicción de que esta tierra solo podía avanzar unida, desde la solidaridad entre islas.

Esa lección conserva hoy plena vigencia. En tiempos en los que el ruido sustituye al diálogo, Jerónimo representa una forma de hacer política que merece ser reivindicada. Defendía sus principios con firmeza, pero sin imposición. Creía en la palabra, la inteligencia, el respeto a la discrepancia y la búsqueda de acuerdos. Sabía que la política no se engrandece levantando muros, sino tendiendo puentes.

Para mí, hablar de Jerónimo es hablar también de una amistad de más de cuatro décadas. Compartimos responsabilidades, debates, decisiones complejas y momentos de mi memoria personal y política. Fue mentor, compañero y amigo. Con él se podía hablar de Canarias, de España, de Europa, de cultura o de la vida con profundidad y naturalidad, porque tenía formación intelectual, curiosidad permanente y una mirada lúcida y sensible.

La Gomera ocupó un lugar especial en muchos de esos recuerdos. Jerónimo entendió que el equilibrio territorial no podía quedar en una declaración de buenas intenciones. Lo demostró en momentos decisivos, como el impulso a nuestro aeropuerto. Un gesto de apoyo en un contexto de dificultades, en el que comprendió que el desarrollo de una isla no podía estar condicionado por la resignación. 

También estuvo cerca de La Gomera en momentos de dolor, como el incendio de Agando de 1984, y en proyectos como la construcción de la actual sede del Cabildo. Gestos  que no deben olvidarse, porque hablan de una política útil y atenta a las necesidades reales de nuestra isla en aquel entonces. 

Su relación con La Gomera fue también afectiva. Disfrutaba de sus paisajes y su patrimonio gastronómico, recuerdo sus tardes de campaña electoral en Alojera, en el municipio de Vallehermoso, donde siempre le gustaba hacer una parada para compartir con los vecinos. Esa cercanía nacía de una manera auténtica de entender Canarias: desde el conocimiento directo de sus singularidades.

Si algo definió su trayectoria fue la coherencia. Ocupó responsabilidades estatales, autonómicas y locales, y en todas dejó una impronta de dignidad, integridad y compromiso con el interés general. Fue referente del socialismo canario, aunque su figura trascendió las siglas. Sin renunciar a sus ideas, sabía que la democracia exige diálogo, generosidad y altura de miras.

Hoy recuerdo a Jerónimo con emoción y gratitud: por su amistad, por su compromiso con Canarias, por su cariño hacia La Gomera y por habernos enseñado que la política, ejercida con dignidad, inteligencia y vocación de servicio, contribuye al progreso de una sociedad. Sin duda, fue un gran político. Pero, sobre todo, fue una gran persona y un canario universal. 

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