25.01.2025 | Redacción | Opinión
Por: Alejandro de Bernardo
adebernar@yahoo.es
No ha empezado el año bien. Nada bien. La muerte, cualquier muerte, es tragedia. Y la tragedia nunca afecta a uno solo. Venga como venga: tierra, mar o aire. Da igual. La vía es irrelevante. Esta vez ha sido el tren. Los trenes. Y en dos sitios distintos. La desgracia se cebó sin piedad de los nuestros. Sin importarle mucho más que el azar. Hay quien le dice destino. Demasiado cruel con los que nada habían hecho para merecerlo. Mueren ellos y la onda expansiva malhiere de por vida familiares y amigos.
Me cogió en Marruecos: tan cerca y tan lejos. A pesar del semiaislamiento digital por los atracos de las operadoras de telefonía, las malas noticias no tienen obstáculos. De lo malo siempre se entera uno. Y aunque en la plaza Jamaa el Fna el bullicio no cesa, el colorido y la lluvia de estímulos te llevan irremediablemente a no saber a qué atender… el estruendo de un golpe tan duro lo paraliza todo. Lo invisibiliza todo.
Hay accidentes que hacen más ruido cuando ya han ocurrido. Y no por el rugido de la máquina o por la velocidad… sino por el silencio que queda después. Denso e incómodo. En el que cuesta respirar y en el que cualquier palabra sobra. Hasta las de consuelo. Los trenes pasaron a toda velocidad, pero lo que resuena es el vacío, la ausencia, lo que falta, el aplastamiento de la normalidad. Y ante esto, nuestra primera obligación debería ser guardar silencio. Callar por respeto. El dolor no admite hipótesis ni análisis exaltados. Pero es aquí donde me avergüenzo de muchos colegas periodistas, decimos una cosa y hacemos la contraria. Hablamos de no especular y resulta que ya sabemos las causas o dejamos caer la extrañeza de lo acontecido. Y sacamos episodios anteriores –tengan o no algo que ver con lo de ahora-. Alentamos las sospechas y lo que me parece más mezquino: disfrazamos la conjetura de prudencia.
Informar es otra cosa compañeros o pseudocompañeros periodistas o intrusos de la profesión. Informar también es esperar, respetar los tiempos, sin forzar la realidad para que nos encaje con nuestro relato. Informar no es adelantar conclusiones ni llenar vacíos aparentando suavizar el dolor. Seamos íntegros. El silencio honesto también comunica. Hay demasiada gente, demasiadas personas sufriendo en carne viva, solo por eso, la prudencia y la dignidad nos exigen callar. El silencio aquí sí que es rentable.
Nunca es tarde. Hagamos el esfuerzo. Que el silencio no se acabe en un minuto. Será el mejor homenaje a los muertos y a los que les lloran. Pero también a la honestidad, al respeto y a la veracidad que exige la ética y la deontología periodística.
Feliz domingo.
PD Mi más sentido pésame a los familiares y amistades de los fallecidos. Uno de ellos, el leonés Julio Rodríguez, me toca más de cerca por la relación con amigos comunes. DEP
Tagoror Digital