06.09.2026 | Redacción | Opinión
Por: Alejandro de Bernardo
adebernar@yahoo.es
La Real Academia insiste en que la felicidad es un “estado de grata satisfacción espiritual y física”. Qué tierno, como si la vida se pudiera resolver en una línea de libreta. Suena bien, pero el diccionario no entiende de tormentas. Yo sí. Cuando el cielo se cae, no busco grandes revelaciones; me basta con caminar con el agua por los tobillos, pisar la calle o cerrar los ojos que es como mejor se vuela. Un segundo de paz y ya le he ganado el pulso al día. Cuando el mundo se empeña en ponerse del revés, no espero milagros cósmicos. Me conformo con abrir los recuerdos y coger uno de los que fabrican sonrisas. O de los enmarcados con ternura. Un segundo de tregua y ya le he ganado la partida al apocalipsis diario. La felicidad no es un piso en propiedad, es un inquilino caprichoso que viene y va como los políticos en campaña, los amigos de conveniencia o los días de calima. Hay que tener mucha disciplina para cazarla al vuelo. El problema es que hoy la felicidad ya no se busca en el alma. Se compra. Se lleva en formato de catorce segundos y con filtro de luz cálida.
Abran su móvil y pinchen en la última genialidad del algoritmo: las tradwives (literalmente, esposas tradicionales). Una legión de chicas jóvenes, la nueva especie de influencers vestidas de lino como si salieran de un anuncio de detergente de 1950, que se pasan el día amasando pan de masa madre como si no hubiera un mañana y mirando a sus maridos con la devoción de un perrito faldero. En este planeta desquiciado, precario y con la salud mental por los suelos, nos intentan vender que la paz mental consiste en encerrarse en una cocina de diseño y bajarse de la vida. Renunciar a todo.
El chiste se cuenta solo. Un truco de magia perverso. Resulta que la emancipación era un timo, que la igualdad solo nos ha dejado ojeras y que la auténtica paz mental consiste en soltar el volante de tu vida para que maneje otro. Pero miren detrás del decorado. Estas mártires del hogar graban su "sacrificio" con un iPhone que cuesta más de dos salarios mínimos, cobran de marcas multinacionales por enseñar un delantal y facturan miles de euros al mes pregonando lo idílico que es no tener ingresos propios. ¡Menudo negocio la resistencia al capitalismo!
Romantizan la dependencia económica como el último grito en rebeldía. ¡Tiene bemoles la cosa! Esto no es un lujo moderno, es amnesia colectiva. Como en tantas otras cosas, Ya parece una epidemia. Convertir en tendencia estética lo que para nuestras abuelas fue una jaula obligatoria roza la frivolidad. Es tener una amnesia histórica de caballo.
Mientras sigo buscando mis pequeñas dosis de felicidad en un paseo junto al mar, en mi pasión por el fútbol o en un desayuno en Casa Chano -todo real y sin patrocinios-, el mundo prefiere aplaudir una mentira con lazo de flores. Nos cansamos de ser libres, es verdad. La libertad agota, defrauda y da dolor de cabeza. Pero miren, prefiero mil veces mis ojeras de ciudadano libre que la sonrisa congelada de quien vende su autonomía por un puñado de likes. Que horneen lo que quieran. Yo me quedo con mi derecho a decidir y con mi camino curvado a la izquierda. Aunque a veces el pan se me queme en el horno. Al fin y al cabo, la verdadera satisfacción nunca se horneó en molde ajeno.
Feliz domingo.
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