Opinión

Si nos remontamos al nacimiento de las principales cadenas privadas de televisión de nuestro país, a principios de la década de los noventa, la evolución en el tratamiento de determinadas noticias ha experimentado un curso descendente hasta hoy


28.09.2019 | Redacción | Opinión

Por: Myriam Z. Albéniz

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Si nos remontamos al nacimiento de las principales cadenas privadas de televisión de nuestro país, a principios de la década de los noventa, la evolución en el tratamiento de determinadas noticias ha experimentado un curso descendente hasta alcanzar su actual nivel, que cualquier persona con dos dedos de frente y un corazón capaz de latir calificaría de subterráneo. Aunque no pocos ingenuos estaban persuadidos de que los espectáculos del circo romano no eran más que vestigios de épocas pasadas o, en todo caso, manifestaciones propias de una antigua civilización cuyos seres albergaban una idea de la compasión más bien discutible, siguen comprobando cada semana con horror que los programas autodenominados “de entretenimiento” asumen como principal objetivo sacarles de su error. 

La sensación de que, en el fondo, los gustos del común de los mortales no han variado tanto con el paso de los siglos, y la constatación de que cientos, miles, millones de espectadores, se reúnen a diario para recibir su dosis de morbo y curiosidad malsana, aterra. Son ya demasiados años en caída libre hacia ese abismo en el que la ordinariez, la falta de educación y el regusto por la desgracia ajena se dan la mano. Determinados periodistas, muchos de ellos meros colaboradores con una mediocre formación intelectual, pretenden convencernos de que ejercen una valiosísima labor en pro del interés general cuando, en honor a la verdad, no son más que mercenarios que engordan sus cuentas corrientes comerciando con las peripecias vaginales de cuatro impresentables que dejan al género femenino a la altura del barro o con las tribulaciones económicas de algunos hijos de papá venidos a menos. 

Todavía tendremos que agradecer a tan esforzados profesionales de la información su pedagógico afán por abrirnos los ojos y ponernos en bandeja semejantes primicias, como si estar al tanto de las infidelidades ajenas o de las dificultades para sobrevivir de un holgazán fueran magnas aportaciones a los avances de la sociedad del bienestar. Estos supuestos expertos en casquería fina aspiran día a día a la gran victoria final, que no es otra que obtener un índice de audiencia superior al de sus competidores catódicos. Con el talonario como fiel aliado, compran voluntades, manipulan declaraciones y exigen un comportamiento previamente pactado a quienes, decididos a salir del anonimato, se convierten, polígrafos mediante, en los nuevos bufones del siglo XXI. 

Las entrevistas que perpetran estos Torquemadas de nueva generación son igualmente un vehículo ideal para calibrar el perfil de cada inquisidor. Comparten, eso sí, algunas características comunes, como la manía de hablar a voz en grito o la deplorable costumbre de intervenir al mismo tiempo que el resto de sus compañeros, cual gallinero en el momento de la puesta. Pero, además, presentan particularidades que les definen y les proporcionan un toque singular. Los hay más o menos viscerales, más o menos inmorales o más o menos hirientes, en atención al sexo, la edad o la mala uva y, como sucede con cualquier tropa que se precie, ocupa una posición privilegiada la figura del capitán (a veces, capitana) que, consecuencia derivada de su cargo, no solo obtiene una mayor retribución económica y despliega una superior influencia mediática sino que disfruta de la máxima satisfacción de la velada, que consiste, entre anuncio y anuncio y entre bazofia y bazofia, en repartir sensacionales premios en metálico destinados a mantener al respetable amarrado al sillón hasta altas horas de la madrugada. 

La intuición me dicta que el futuro no es muy esperanzador, máxime cuando ni juristas ni políticos están por la labor de definir con claridad esa finísima línea que separa el derecho a la información de los derechos de opinión, intimidad, imagen y libertad de expresión. Menos mal que siempre se puede recurrir a la opción de cambiar de canal o, mejor aún, de refugiarse en brazos de la literatura.