Desde La Mesa Mota

En Canarias, porque somos de una manera distinta y/o distante, fuimos más papistas que el papa y nos dio por duplicar la capitalidad, cuando por lógica debió ser La Laguna la designada

25.09.2018. Redacción | Opinión

Por: Paco Pérez

pacopego@hotmail.com

Cuando se elaboró el primer Estatuto de Autonomía de Canarias (1982) --hubo otro anterior que no se llegó a aprobar en 1936, por la sublevación militar contra la II República en el mes de julio-- no se tuvo en cuenta la Historia del Archipiélago y se decidió que la capitalidad de las Islas estuviera extrañamente compartida entre Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife, cuando lo lógico y razonable hubiera sido establecer una única capital en la ciudad de La Laguna.

El problema de las rivalidades que siempre existen entre ciudades en las distintas regiones fue resuelto de manera salomónica en Galicia, País Vasco, Castilla La Mancha y Extremadura, sin ir más lejos. En Euskadi se decidió que la capital fuera Vitoria (en detrimento de Bilbao y San Sebastián), los extremeños apostaron por la histórica ciudad de Mérida y marginaron a Cáceres y a Badajoz; los castellano-manchegos decidieron establecer la capital autonómica en la imperial Toledo, mientras que los gallegos para evitar disputas entre La Coruña y Vigo, se inclinaron por Santiago de Compostela.

De esta forma, en las comunidades autónomas citadas se evitaron duplicidades administrativas innecesarias y todo el mundo quedó conforme con las nuevas capitalidades establecidas en sus respectivos estatutos.

En Canarias, porque somos de una manera distinta y/o distante, fuimos más papistas que el papa y nos dio por duplicar la capitalidad, cuando por lógica debió ser La Laguna la designada, ya que el conquistador castellano Alonso Fernández de Lugo, acabada la invasión de sus tropas en Tenerife, en 1496, estableció su residencia en el valle de Aguere, junto a la laguna entonces existente, en una llanura fértil y alejada de la costa, para poder defenderse de los posibles ataques de piratas.

Tenerife fue la última isla invadida por las tropas de la Corona de Castilla y Aragón, en el reinado de los Reyes Católicos, cuatro años después del descubrimiento de América. Por eso y porque el Teide había entrado en erupción en 1492, Cristóbal Colón hizo su ultima escala en La Gomera y no en la mayor Isla del Archipiélago.

Son solo algunos apuntes históricos que merecen ser recordados de vez en cuando. Como el hecho de imaginar la enorme sorpresa y el tremendo estupor de los guanches (los habitantes indígenas de Tenerife) cuando vieron acercarse las naves del de Lugo, poner la Cruz en las playas de Añaza y desembarcar las tropas y los caballos y las armas de fuego, algo que no habían visto los pobladores prehispánicos en su vida. Y eso.

Paco Pérez

Paco Pérez

Periodista

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