La mejor herencia

22.03.2026 | Redacción | Opinión

Por: Alejandro de Bernardo

adebernar@yahoo.es

En este mundo y en esta vida, en su calle y en la mía, hay gente “pa too”. Gente que sin un fisco de respeto se mofa de cosas  -llamémoslas así- como la empatía, el cariño, la cercanía emocional… Se ríen de estas “tonterías” y alardean de lo que consideran verdaderamente importante: cifras y datos. Lo otro merodea la estupidez.

Las personas inteligentes, los VIP, están en las cifras, están en la economía, están en el dinero. Puede que, a sus hijos, en lugar de un beso al llegar a casa, les entregan una carpeta con llamativas estadísticas sobre el fraude fiscal o la volatilidad del bitcoin. 

Los niños, para estar psicológicamente sanos necesitan sentir afecto. Los mayores también. Lo necesitan –lo necesitamos- para estar felices, para estar sanos, para dormir a pierna suelta, para vivir. Esta noche en la que escribo coincide con la del Día del Padre y encuentro aparente aquel viejo cuento que discurría así:

Hace ya tiempo, un hombre castigó a su niña pequeña, de 3 años, por desperdiciar un rollo de papel dorado para envolver.

El dinero era escaso en esos días, por lo que se enfadó cuando vio a la niña envolviendo una caja para ponerla debajo del árbol de Navidad. Sin embargo, a la mañana siguiente, la niña le llevó el regalo a su padre y le dijo:

- Esto es para ti, papá.

Él se sintió avergonzado por su reacción de furia del día anterior, pero volvió a explotar cuando vio que la caja estaba completamente vacía.

- ¿No sabes que cuando das un regalo a alguien se supone que debe haber algo dentro?

La pequeña miró hacia arriba con lágrimas en los ojos y dijo:

-Oh, papá, no está vacía. Yo soplé besos dentro de la caja… todos para ti.

El padre se sintió morir. Abrazó tiernamente a su hija y le suplicó que lo perdonara.

Se dice que el hombre guardó esa caja cerca de su cama por años y siempre que se sentía derrumbado tomaba de la caja un beso imaginario y recordaba el amor que su niña había puesto ahí.

Cada uno de nosotros ha recibido una caja envuelta en papel dorado, llena de amor incondicional y besos de nuestros hijos, de nuestros amigos, parejas, familia…. Nadie podría tener una propiedad o posesión más hermosa que esta.

La esfera de los afectos es determinante para alcanzar la felicidad. No es una cuestión menor la educación sentimental. Pero, para llevarla a cabo, hace falta que nuestros hijos vean que a nosotros nos importan los sentimientos y las emociones. Los suyos y los nuestros. Los nuestros-nuestros. Y los nuestros en relación a ellos.

La escuela, que siempre ha sido el reino de lo cognitivo, debería ser también el reino de lo afectivo. El corazón tiene sus razones. En el colegio se enseña lengua, matemáticas, educación física… Pero, ¿qué se aprende con respecto a la afectividad? Apenas nada. Muy poco sobre el duelo, el control del miedo o la expresión de la cólera. Un alumno emocionalmente sano está en mejores condiciones de aprender que el que tiene el corazón descuidado.

Y la familia, tantas veces preocupada por dejar a sus hijos en herencia conocimientos, dinero, casas… haría bien en preocuparse por el caudal de afectos que van atesorando sus hijos e hijas en la vida cotidiana y que constituirán, sin duda, su mejor herencia.

Despreciar la vida sentimental de las personas es de una torpeza inusitada. Podemos ser infelices siendo extraordinariamente ricos, famosos y poderosos. La felicidad de las personas no está en la cartera, está en el corazón. Y para vivir… nada mejor que dentro de un abrazo.

Feliz domingo.

 

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