Opinión

La colaboración público-privada es imprescindible para empujar conjuntamente, en la tan deseada remontada económica, que posibilite con éxito la reconstrucción de todo el sistema productivo

16.06.2020 | Redacción | Opinión

Por: Óscar Izquierdo

Presidente de FEPECO

La colaboración público-privada es imprescindible para empujar conjuntamente, en la tan deseada remontada económica, que posibilite con éxito la reconstrucción de todo el sistema productivo. Las inversiones públicas tienen que ser potentes, siempre adecuadas, es decir, hay que planificar para después ejecutar, lo que verdaderamente es oportuno, sin dejar márgenes para actuaciones de dudosa utilidad económica, funcional o social. No estamos para perder el tiempo y por supuesto la financiación, en caprichos personales o buscando réditos electoralistas. Es el momento de la responsabilidad, poniendo el interés general por encima de cualquier otra consideración subjetiva. Determinar criterios evaluables para escoger las inversiones preferentes tiene que ser la tónica para seguir avanzando.

La situación económica creada por la crisis sanitaria del COVID-19 tiene que revertirse volviendo a la normalidad, no a ese esperpento ideológico llamado nueva normalidad, que no es más que un intento encubierto de cambiar las normas y el contrato social, que entre todos implantamos en la tan recordada Transición Democrática y en nuestra Constitución de 1978. Los inventos se dejan para ponerlos en práctica en otras circunstancias más halagüeñas, ahora toca seriedad y por encima de todo altura de miras. Volver a la normalidad significa también incorporar los nuevos retos a los que hay que enfrentarse con ánimo de victoria. La eficiencia energética, la accesibilidad universal, la digitalización, la economía circular, la rehabilitación y la descarbonización es la construcción sostenible, a la que hay que adherirse e incorporar al trabajo cotidiano, porque es asentar la modernidad.

El gasto público tiene que ser eficiente para que sirva a la reconstrucción social y económica. Sobre todo, hay que optimizarlo también en el tiempo. Nos encontramos en una coyuntura tan apremiante, que los alargamientos de los plazos significarían la perdida de oportunidades, que puede ser que no vuelvan a encontrarse. Cuando vivimos en el mundo de lo instantáneo, no podemos seguir con tardanzas en la resolución de expedientes o en la toma de decisiones. Mejor que mañana, para antes de ayer lo que hay que hacer. Esa colaboración público-privada que proponemos tiene una disfunción evidente, mientras la iniciativa privada camina a velocidad de vértigo, la administración pública avanza muy lentamente, sin productividad y quejosa. Son dos maneras distantes de actuar, que necesitan coordinación o entendimiento.

No podemos acostumbrarnos a la subvención como medio de supervivencia. Ya sabemos que hay responsables públicos, especialmente los defensores del pensamiento único y excluyente, que se autodenominan progresistas, muy empeñados en crear un vasto sistema de ayudas para asegurarse el pesebrismo. No les interesa el dinamismo personal, es más, lo intentan aplacar y si puedan machacar. Sólo les gusta la obediencia ciega y por encima de todo, el seguimiento debido por favores recibidos. Es la utilización de la gobernanza pública para mantener los privilegios de una elite gobernante, a través de una sumisión ciudadana, conseguida por el reparto de subsidios. Así no caminamos en el camino correcto, sino en la torpeza generalizada. Querer imponer en nuestro país, lo que ya ha fracasado en otros países o etapas históricas, significaría la recesión permanente. Eso no lo necesitamos. Hay que huir de los mesianismos políticos, que históricamente han llevado consigo estancamiento económico, enfrentamiento social y pobreza generalizada. Por el contrario, promover nuevas actividades, acometer iniciativas generadoras de crecimiento económico, lanzarse a innovar buscando mayor eficiencia o empezar a construir, da consistencia al sistema económico, vertebrando la sociedad sobre cimientos seguros.

Imagen de archivo: ÓScar Izquierdo, presidente de FEPECO