Opinión

En el año 1980 el historiador soviético Michael Voslensky publicó un libro titulado “La Nomenklatura”, que en su día fue un gran acontecimiento editorial y mediático, por la clarividencia de poner al desnudo una realidad escondida durante década

16.04.2020 | Redacción | Opinión

Por: Óscar Izquierdo

Politólogo

En el año 1980 el historiador soviético Michael Voslensky publicó un libro titulado “La Nomenklatura”, que en su día fue un gran acontecimiento editorial y mediático, por la clarividencia de poner al desnudo una realidad escondida durante décadas. Se diseccionaba a la élite dirigente comunista de la URSS que, para decirlo llanamente, vivía muy por encima de sus posibilidades, con total impunidad, arrogante, especialmente atropelladora. Desde el control absoluto y totalitario de todos los mecanismos del poder, sin ningún tipo de control, a gozar de privilegios que, por supuesto estaban vedados para la inmensa mayoría de los sufridos ciudadanos soviéticos, empobrecidos como en la peor época zarista. Un libro que sería conveniente releer ahora, para entender ciertos comportamientos de dirigentes actuales de la política nacional, que se autodefinen ideológicamente como marxistas-leninistas y después viven como verdaderos o genuinos capitalistas con todos sus lujos, sin sonrojarse, avergonzarse o disimularlo. La historia del comunismo siempre ha sido un decir y hacer diferente, donde una burocracia dirigente, aprovechada y parásita, se presenta como la defensora de los más desfavorecidos pero que, en realidad, lo que hace es servirse del pueblo para gozar de unos privilegios desorbitados que protegen diligentemente. No nos engañemos, el comunismo siempre ha sido un engaño. Oportuno será también releer el dramático poema Requiem de la excelente poetisa rusa Ana Ajmatova, que vivió el advenimiento de los bolcheviques, que traían un mensaje renovador en teoría y que lo convirtieron en opresión descarnada.

De todos es conocido lo que ha pasado en aquellos países donde en su día triunfó la revolución socialista, llevando hambre, miseria, encarcelamientos, libertad secuestrada, cárceles y demás pesares a millones de personas, en muchos casos con hambrunas desgarradoras que, por cierto, es la injusticia más clamorosa. Hoy todo suficientemente documentado y demostrado, para que no se olvide nunca y sobre todo, para que no vuelva a suceder. Ninguno produjo bienestar social, riqueza compartida, ni calidad de vida suficiente, todo lo contrario, para la mayoría de la población la pobreza más absoluta. Pero eso llevaba implícito, que una minoría elitista, conformada por los dirigentes del siempre omnipotente partido único, tuviera unas prebendas insospechadas e inauditas. Después de la caída del Muro de Berlín, el ‎9 de noviembre de 1989, parecía que el final de esa ideología y/o sistema político llegaría más pronto que tarde. Incluso el politólogo Francis Fukuyama llegó a escribir del fin de la historia. Pero han surgido los nostálgicos modernos que, agazapándose con denominaciones engañosas y marcas encubiertas, procuran devolver lo que parecía superado para la humanidad.

En la actualidad hay una corriente política, a nivel global, que intenta reconstruir, allí donde puede y se lo permiten, el Muro de Berlín, es decir, volver a levantar paredes infranqueables, cerrar el debate abierto, imponer por decreto o si es el caso, sin nada que lo respalde, la política pura y dura de una élite dirigente que les permita mantener sus prerrogativas, como una verdadera casta. Todo edulcorado para la mayor gloria y honor del líder de turno, que suele ser quien pone la cara como benefactor omnipotente. La historia intenta repetirse, pero tiene dificultades para implementarlo. En China con el principio de “un país, dos sistemas”, en Corea del Norte con un déspota imprevisible, en Cuba con un régimen triste, a la deriva y el caso más sangrante, la Venezuela chavista, donde la hambruna, la pobreza, la criminalidad, el éxodo, la división, refleja un estado fallido en un régimen corrupto. Sin contar otros países latinoamericanos, donde en los últimos años, el comunismo disfrazado de populismo, lo ha intentado y no ha conseguido arraigar, precisamente por la propia contradicción que lleva implícito, a saber, que termina siempre provocando pobreza, indigencia, escasez, necesidad y penuria allí donde logra fructificar temporalmente o mejor dicho, espinosamente.

En Europa se intenta trasladar la experiencia venezolana, ya en Grecia fracasó, con una derrota electoral y en España, sus partidarios, a pesar de perder votos en cada proceso electoral, ahora están en un Gobierno de coalición con los socialistas, que la historia juzgará como corresponda. Pretenden, sigilosamente, imponer una política pública estatalista, que poco a poco, vaya inoculando sin dolor, para instalar en el sistema sus postulados totalitarios. Los métodos son diferentes acordes al tiempo en que vivimos, pero los procedimientos utilizados son los mismos desde la Revolución bolchevique de 1917, a saber, intento de control de los medios de producción y por supuesto, los de comunicación. En la actualidad y por su influencia popular, procuran sumar también a su dominio las influyentes redes sociales, intentando tenerlas domesticadas, a base principalmente de los mensajes de sus corifeos, que pululan hábilmente en esas estructuras relacionales. No hay nada nuevo, incluso el clásico matrimonio comunista al más estilo de los Ceaucescu de Rumanía, con todas sus singularidades, como la de pasar de un pisito humilde en el barrio obrero de Vallecas, al enorme y lujoso casoplón en la Sierra de Madrid. El ejemplo se queda en las palabras y ya sabemos que son las obras las que manifiestan la verdad.