Opinión

En mi niñez era raro que los Reyes trajeran lo que se les había pedido

 

15.01.2021 | Redacción | Opinión

Por: Alejandro de Bernardo

adebernar@yahoo.es

Pasó la Navidad como un suspiro: de rabia e impotencia. Queda la nostalgia multiplicada. Revoloteando. En mi niñez era raro que los Reyes trajeran lo que se les había pedido. Los juguetes eran caros y los ingresos escasos. Estuve un tiempo pidiendo en vano una bicicleta. Acabé cogiendo la de mi padre pedaleando por debajo de la barra. Soñaba con un “Scalextric” pero me quedé en un cochito de cuerda que se paraba enseguida. Creo que el juguete que más ilusión me hizo fue un triciclo que llegó unas navidades que pasamos en Gijón. Y lo fue porque, un poco, fue el juguete de todos. Antes todo era de todos. Íbamos por la nieve, por encima del hielo del río, por los caminos embarrados... bajo cero y en katiuskas. Felices como perdices sin saber cómo no moríamos congelados.

La verdad es que tengo recuerdos formidables, repletos de entusiasmo y magia. Más allá de aquel indio de plástico azul que como dice el amigo Josines, volvían a dejárnoslo año tras año junto a las cajas de culebras de mazapán y las dos o tres naranjas. No sé si pasa ahora, cuando los niños no tienen tiempo para ocuparse de todos los juguetes que reciben.

La niñez que recuerdo, la que se me ha quedado en la memoria, es tan bonita que hasta dudo si fue así en realidad. Me llegan colores –con claro dominio del verde- y los olores de cada cosa, de cada sitio, de cada lugar. Angelín podía saber lo que había para comer con solo pasearse por las calles. Y eso que a nariz… yo le gano sin duda. Pero era increíble: no fallaba ni una, oye. Por mi parte podría reconocer inmediatamente el olor de la escuela. La de las niñas nada tenía que ver con el olor de la nuestra. Don José y doña Julita estaban casados y nunca sabré si sus discusiones o enfados eran por distintas formas de entender la docencia o por cosas de pareja. Con qué cariño recuerdo al maestro gallego. Aprendimos ríos, montes, cordilleras, regiones, provincias, partidos judiciales, los cabos, los golfos, el “Caralsol” –aunque nunca supe qué era aquello de la camisa nueva y quién la había bordado en rojo, precisamente ayer-.

Adoraba los viernes porque podíamos hacer dibujo libre. El que quisiéramos. Y podíamos levantarnos de la mesa. A Jesusín le encantaba dibujar caballos. Alvarito era mi compañero de pupitre. La primera mesa de la fila del centro. Al lado de la del maestro. Sólo cuando se echaba alguna cabezadita detrás del periódico aprovechábamos para hacer carreras con el “pizarrín”. También era mi compañero monaguillo, aunque él me sacaba la cabeza. Detrás se sentaban Sandro –el primer monaguillo de la “promoción”- y Anselmín. Y Josines, que era un “telarero” con su media lengua… muy gracioso. Y Jose Rafa que vivía con su abuela María. Pichi venía por temporadas, dependiendo del lugar de trabajo de sus padres, pero enseguida se hacía notar. Clavadito al abuelo Ananías. Dice ahora que yo le pegué una vez y que le manché la camisa de uvas rojas… ¿a ver si era ese el bordado del “Caralsol”? Yo no recuerdo haber pegado nunca a nadie excepto las peleas entre hermanos, pero si él lo dice… Algo haría. Y los mayores, Creste, Jesús, Mario y Ladis. Con Javier y Ángel coincidí muy poco porque ya se iban por edad. Y Canorete lo veía en vacaciones. Yo quería tener catorce años. Ser mayor para mandar en la escuela cuando no estaba el maestro. Como hacían ellos. De todos me acuerdo. Son mis amigos.

Golpe de estado. He despertado de un testarazo. Menudos Reyes. No hay por qué disimular las palabras. Un golpe civil y sin ejército detrás, pero un golpe de estado. Lo que está avergonzado a un país que siempre se mostró orgulloso de su democracia y de sus instituciones, pero las imágenes de unos fanáticos destrozando el interior del Capitolio han dado la vuelta al mundo y no tienen mucho que envidiar de sucesos acontecidos en estados fallidos o repúblicas bananeras. Trump tuvo Scalextric y bicicletas. Tantos como quiso. Le faltaron los amigos. Los que ni se compran ni se venden. Por eso no sabe ganar ni perder. Por eso… ni ama ni respeta ni comparte ni siente.

Imagen: Alejandro de Bernardo