"Ni vagos ni maleantes“

26.07.2026 | Redacción | Opinión

Por: Alejandro de Bernardo

adebernar@yahoo.es

El absentismo es “la abstención deliberada de acudir al lugar donde se cumple una obligación”. Eso dice la RAE. Qué manía con usar palabras grandilocuentes donde no toca. Utilizar este término para referirnos a las bajas laborales del día a día no es solo un error lingüístico. Es algo mucho peor. Es sembrar, con total alegría, la sospecha sobre todos los trabajadores del país. Mirar de reojo al que se queda en casa recuperándose y asumir, por defecto, que nos está engañando. Un juicio de intenciones en toda regla que dinamita el principio de confianza.

A Feijóo le pasó factura el escenario. Quiso ganarse el favor del empresariado vasco y se vino arriba. Soltó que un trabajador enfermo no puede cobrar lo mismo que cuando está de alta, y se quedó tan fresco. Y encima, en esa afición tan suya para liarla, comparó las bajas con un “cáncer” para la economía. Qué finura de metáfora para hablar de salud, oye. Su equipo tardó cinco minutos en salir a matizar la papeleta, asegurando que se refería únicamente a las bajas fraudulentas. Tarde. El regalo ya estaba envuelto y con lazo. Sánchez debe darle las gracias cada diez minutos. Es un crack. 

Durante años tuve la responsabilidad de gestionar el personal en algunos centros educativos. En el microcosmos de los colegios te encuentras el factor humano en estado puro. Auténtica literatura costumbrista. Por un lado, tenías a esas trabajadoras ejemplares que eran puro compromiso y vocación. Gente que aparecía por el centro arrastrando una pierna, con un lumbago de caballo o una afonía de campeonato, pero ahí seguían, al pie del cañón por no dejar colgados a los niños y a sus compañeras o compañeros. Auténticas heroínas cotidianas. Por el otro lado, por supuesto, convivías con los artistas del cuento. Esos profesionales del escaqueo que se pedían una baja médica por un estornudo o porque el lunes amanecía nublado. El contraste era fascinante y, para qué nos vamos a engañar, a veces… desesperante.

Medir este asunto con brocha gorda es una irresponsabilidad. El problema no es plano, tiene mil aristas. Para empezar, la población activa envejece. Es pura biología. No se puede pretender que la salud, los reflejos y la resistencia física de un empleado en la treintena sean los mismos cuando se va acercando a los sesenta. Los años pasan y pesan. Aunque a la vista de mi experiencia no es de los años de lo que más depende.

Uno no se ha caído de la higuera. Claro que hay pícaros que le echan cara y médicos poco diligentes que firman lo que sea, pero el fraude es la consecuencia del desorden, no la causa general. Hay que perseguir y combatir el fraude con total firmeza. En este objetivo común deberíamos estar todos de acuerdo: empresas, sindicatos y los propios trabajadores en activo. Al fin y al cabo, el empleado honesto es el que peor lo pasa: tiene que asumir la carga de trabajo del compañero ausente mientras contempla cómo sus propias cotizaciones financian la trampa del caradura.

Abordar este desafío requiere dejar la demagogia de salón y aplicar soluciones realistas. Algunos convenios proponen adaptar las tareas de los empleados según su edad o exigencia física. Suena idílico, precioso sobre el papel. En la realidad de una pequeña empresa con la plantilla ajustada y los márgenes de ganancia estrechos, resulta directamente utópico. Es inviable sustituir piezas en un tablero donde no sobran peones. Empecemos por aliviar el atasco hospitalario lo que permitiría acelerar los diagnósticos, adelantar los tratamientos y, en consecuencia natural, agilizar las altas médicas. Todos saldríamos ganando. Y a lo mejor entendíamos que por estar de baja no eres ni vago ni maleante. Eso… hay que “currárselo”.
Feliz domingo. Me voy a comprar la camiseta con las dos estrellas. En septiembre les quiero por aquí. A todas y a todos. Disfruten.
 

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