Desde La Mesa Mota

He estado viendo estos días fotos antiguas del Valle de La Orotava y de la Vega lagunera y les confieso que solo me ha faltado llorar, al contemplar como en apenas un siglo nos hemos cargado el paisaje rural isleño, que tenía tanta belleza y encanto

20.11.2018. Redacción | Opinión

Por: Paco Pérez

pacopego@hotmail.com

He estado viendo estos días fotos antiguas del Valle de La Orotava y de la Vega lagunera y les confieso que solo me ha faltado llorar, al contemplar como en apenas un siglo nos hemos cargado el paisaje rural isleño, que tenía tanta belleza y encanto.

No hemos tenido conciencia de que vivimos en un territorio muy reducido, limitado por el Océano Atlántico, que estamos en una Isla muy pequeña, de apenas dos mil kilómetros cuadrados, a pesar de ser el peñasco más grande de las siete de este Archipiélago.

Tenemos que acusar de estos atentados contra el medio ambiente, en primer ligar, a alcaldes y concejales de urbanismo de distintos municipios, que han permitido con descaro, a lo largo de los últimos años, absurdas recalificaciones del terreno cultivado para convertirlas en zonas edificables.

En segundo lugar, esa permisividad oficial, facilitó que los millares de emigrantes tinerfeños a Venezuela, sobre todo, y que retornaron con sus ahorros a su tierra natal, después de una sacrificada experiencia en el exterior, construyeran casonas de mal gusto, verdaderos mamotretos en las medianías de la Isla, al lado mismo de las carreteras comarcales y también en medio del campo.

Esas casas nada respetuosas con el medio ambiente fueron levantadas a lo loco, sin cubiertas de tejas, con amplias azoteas y balcones de hormigón y cemento. Era la moda traída de la llamada octava isla (la república hermana en América) y del urbanismo dislocado de Caracas y otras ciudades el país caribeño.

Eran y son, viviendas de dos pisos, que constan de un gran "salón" en la bajera, para almacenar los aperos y aparcar sus furgones, sus cuatro por cuatro y sus "Berlingo". Viviendas que fueron construidas con balcones antiestéticos (no de madera, como se usaba en la arquitectura tradicional canaria) y que, eso sí, están dotadas de dos baños (uno para uso familiar y otro para enseñárselo a los vecinos y conocidos); y con dos cocinas, la de diario, con materiales de muy mala calidad, que está ubicada en el propio salón de la panta baja, y otra cocina de diseño, con materiales de lujo, siempre limpia como una patena, para tomar en ella las tazas de café con las visitas y presumir de mobiliario.

Con esa mentalidad tan bruta e inculta como agresiva, Tenerife se ha llenado de esta mamotretos horrorosos, a diferencia de la vecina y cercana isla portuguesa de Madeira, que puede presumir con orgullo de su estética urbanística, con bellísimos núcleos rurales y con una capital, Funchal, donde predominan las cubiertas de tejas, excepto en algunos edificios oficiales y hospitalarios y en la zona turística, cercana al la ciudad principal.

En tiempos más reciente, hemos asistido a la proliferación del levantamiento de viviendas adosadas, por parte de constructores sin escrúpulos, que han ocupado parcelas rurales y que han salpicado con numerosos baterías de estas viviendas que seon consideradas por muchos como chalecitos, con balcones imitadores de los típicos canarios, pero construidos con aluminio y en los que las maderas nobles brillan por su ausencia.

Estos constructores ávidos de ganar dinero rápidamente, han hecho centenares de estas viviendas, con fachadas encarnadas, color calabaza (que no ocre) o azul añil, nada que ver con las tradicionales casas de campo canarias, por lo general terreras (de una sola planta), con fachadas blancas y puertas y ventanas de color verde hierba.

Menos mal que las autoridades insulares determinaron preservar, hace años, el cuarenta por ciento del territorio tinerfeño y por lo menos se ha logrado respetar la corona forestal y las cumbres tinerfeñas, pero lo cierto es que en las medianías y en las costas la hemos cagado, porque esta Isla se degrada a pasos agigantados y, por ello mismo, es cada día menos bella y atractiva para los propios nativos y para los centenares de miles de turistas que nos visitan cada año.

Esa es una de la terribles herencias que les dejamos a nuestros hijos y nietos y a las generaciones futuras. Y todos, absolutamente todos nosotros, por acción u omisión, tenemos nuestra cuota de culpa.

Fotografía: de.wikipedia.org

Paco Pérez

Paco Pérez

Periodista

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