Opinión

Quise lograr una meta y me resultó inalcanzable: Entender a este país

23.10.2020 | Redacción | Opinión

Por: Alejandro de Bernardo

adebernar@yahoo.es

Quise lograr una meta y me resultó inalcanzable: Entender a este país. Reduje mis expectativas entonces y lo intenté con mi Comunidad: fracasé con el mismo estrépito. Seguí acotando campo y me centré en el pueblo. En el mío: Nada, de mal en peor. No quise ceñirme a mi casa por si acaso. Así podré echar la culpa a los otros.

Me duele España. La frase es de Unamuno, pero me la aplico. La escribía el filósofo en una carta dirigida a un profesor universitario español residente en Buenos Aires: "Me ahogo, me ahogo, me ahogo en este albañal y me duele España en el cogollo del corazón". La carta fue publicada en la revista argentina “Nosotros” en 1923. En la misiva, Unamuno se desahogaba tras su destitución como vicerector de la Universidad de Salamanca por sus opiniones críticas con el régimen de Primo de Rivera. A don Miguel seguramente hoy le dolería todavía más.

España es un país pobre que juega a ser rico. Pero no lo somos. Aplaudimos las ayudas económicas europeas como si eso fuese un éxito. El éxito no es recibir ayudas; el éxito es darlas, ¡Coño! Eso ya debería hacernos reflexionar. Pero somos poco dados al razonamiento. Los gobiernos y los medios de comunicación todos los años nos venden que nuestra economía es de las más potentes del mundo, de las que más van a crecer, pero, al final, los sueldos medios españoles son de los más bajos de Europa y, aunque se genere riqueza, esta nunca llega a los trabajadores. Pero eso, a los españoles, nos da igual. Tenemos sol para la playa –no para placas solares-, tapas, vino y cerveza.

En veinticuatro años largos que llevo escribiendo, los datos económicos apenas han cambiado de forma significativa. ¡Ojo! Ni los sueldos ni el crecimiento. Solo brillan en engañoso espejismo los titulares periodísticos magnificando nuestra economía. Pero, al final, un alemán puede venirse a Tenerife durante un mes de vacaciones viviendo a cuerpo de rey y a un español le cuesta el sueldo completo de un mes estar cinco días de hotel en Berlín comiendo salchichas en la calle. Esa es la realidad.

Encima, la crisis provocada por el COVID puede terminar con la poca bonanza económica que teníamos. Toda la esperanza sobre el rebrote económico de este año estaba puesta en el inicio de la temporada turística. Pero ni siquiera hemos sido capaces de garantizarla. A rezar por si aún puede salvarse algo.

A pesar de todo, los españoles somos felices. Criticamos al gobierno nacional de falta de previsión ante la pandemia y de hundir la economía con el confinamiento, pero a la hora del regreso a la calle, decenas de miles de ciudadanos incumplen a diario las medidas sanitarias, colaborando a que el virus se extienda y provocando así nuevos confinamientos. Llegados a este punto, habría que preguntarse quién está hundiendo la economía ahora.

Al final, toda esta situación de pobreza continuada tiene un nombre: la falta de conciencia social. España es uno de los países más individualistas del planeta. Cada uno mira única y exclusivamente por sus intereses. Los españolitos no nos movilizamos para pedir mejoras ni aunque nos maten. Y mucho menos si esas mejoras son para beneficio de otros sectores. Solo nos quejamos en el bar, eso sí, pero nunca en la calle o en la empresa. Solo sabemos pedirle al estado. Asumimos la corrupción política con una facilidad pasmosa, e incluso valoramos a todos aquellos que pegan el pelotazo sin haber dado un palo al agua. A todos esos los llevamos a la tele como ejemplos de éxito. Somos indisciplinados e individualistas, por eso todo nos importa muy poco si al llegar a fin de mes podemos tener una cañita en la mano. Y, al final, cuando uno comprueba la lista de países que salen siempre antes de todas las crisis, se da cuenta de que quien lo ha conseguido no es un gobierno u otro, sino la conciencia comunitaria de todos sus ciudadanos. Nosotros, oiga, nosotros. Usted y yo, señor usted.

Imagen de archivo: Alejandro de Bernardo