12.07.2026 | Redacción | Opinión
Por: Alejandro de Bernardo
adebernar@yahoo.es
El arte de quedar bien es todo un arte. Unos nacen con el don. Otros no. Ni siquiera saben lo que es. Los hay que lo cultivan con esmero y… a la mayoría, seamos sinceros, le importa un bledo. No hablo del bienqueda ni del postureo superficial. Hablo de algo mucho más radical. Hablo de estar presente cuando dices que vas a estar. De cumplir la palabra dada. Qué concepto tan vintage. Hoy, casi un mito prehistórico.
Digamos, que es lo que entiendo por “tener clase”. Esa clase que se mama en casa, arraigada en los valores familiares de toda la vida. O de esa que se adquiere a base de tropezar, mirarse al espejo y esforzarse cada día. Clase… es amabilidad. Es puntualidad. Es respeto. Es saber escuchar sin tener el dedo preparado para juzgar. Es cuidar los detalles con tus seres queridos. Pero también, especialmente, con los que no te caen nada bien. Ahí es donde se ve al verdadero artista. Ya sé que cuesta. Mucho. Que nos obliga a salir de nuestro propio y cómodo ombligo.
Tener clase es llamar a quien lo está pasando mal. Llamar de verdad, descolgar el teléfono y no mandar un frío e impersonal emoji por WhatsApp. Es acompañar al que se siente terriblemente solo. Ceder tu tiempo. Ese que supera ya el precio del oro. Hoy, regalarle dos horas de tu tarde a alguien sin mirar el móvil es el equivalente a invitarle a un menú degustación en un restaurante con estrellas Michelin. Es un lujo absoluto. Un bien escaso.
Esta singularidad absorbe. Te exige energía. Estoy convencido de que si la especie humana sigue aquí, es precisamente por esto. No nos hemos extinguido devorándonos los unos a los otros gracias a esa resistencia silenciosa. A esa gente que mueve el mundo desde la sombra con su generosidad. Sin buscar el aplauso fácil o el maldito "like". Son los que sostienen los cimientos del edificio mientras los demás nos dedicamos a pintar las paredes de colores llamativos. El problema es que hoy la sociedad prefiere el egoísmo cómodo. Las relaciones se han vuelto transaccionales. Un frío negocio de oficina: "Tanto me das, tanto te dedico". Las redes nos empujan de cabeza al narcisismo de manual. Miras la política actual, tanto la nacional como la internacional, y te entran ganas de pedir asilo político en Saturno.
La decencia cotiza a la baja. "Tener clase" ya no vende. El insulto genera clics. Hemos llegado al punto de que la empatía parece un defecto de fábrica. Manda narices. Si eres amable en el supermercado o en la cola del tranvía… la gente te mira con sospecha, pensando que vas a robarles la cartera o que tramas algo raro. Así estamos. Por eso, creo que la única salida digna es la insumisión. La esperanza no está en un nuevo líder. Está en nuestra capacidad de rebelarnos contra esta corriente de indolencia. Sí, ya sé que da pereza. Una pereza tremenda. Lo fácil es dejarse llevar por la marea. Ser un robot egoísta más no requiere ningún tipo de esfuerzo. Y es que esa indiferencia nos está anestesiando el alma. Nos mata por dentro ¡coño!. Rebelémonos. Aunque cueste. Aunque vayamos a contracorriente. No podemos permitir que la apatía nos gane el partido.
Al final de la vida, cuando las pantallas se apaguen y el ruido cese, nadie va a recordar tus éxitos materiales. Ni tus lujos o tus excusas perfectamente hilvanadas. Solo recordarán si estuviste ahí cuando hizo falta. Así que rebélate. Haz esa llamada incómoda. Escucha al que nadie oye. Quédate cinco minutos más. Salva a alguien de la quema diaria. Hazlo por ellos, por supuesto, pero sobre todo hazlo por ti. Hazlo para no olvidarte de que sigues siendo humano. Rebélate con clase. Además, se siente uno tan tan bien…
Feliz domingo.
Tagoror Digital