Opinión

Dicen que los olores y los sabores permanecen per saeculan saeculorum en nuestra memoria

 

25.07.2021 | Redacción | Opinión

Por: Alejandro de Bernardo

adebernar@yahoo.es

Dicen que los olores y los sabores permanecen per saeculan saeculorum en nuestra memoria. Lo pillé en el súper y era el original. El auténtico tinto de verano de La Casera. Uff, bien frío y con unas tapas de queso y embutido… Cómo mola la nostalgia. Embellece los recuerdos. Esta vez me transportó pero no era lo mismo. Con la melancolía entramos en zona de luces rojas. Ojo… un empacho de melancolía puede llevar a la tristeza. Yo me quedaría con la de los ochenta o los noventa. Y aquellos veranos de BUP y COU. Yo que era de los raritos del Bitter Kas pero que me asombraba con aquel trasiego de cubatas con más hielo de lo que queda en la Antártida, con los gin-tonic con todas esas frutas ahogándose en aquella enorme copa de balón que hasta daba miedo cogerla entre las manos. A lo mejor por eso no era de ese club. Pero y aquellos vasos de tubo de toda la vida, en los que ponían tanto Johnny Walker que hoy saldrían más de media docena... Y los pubs, los disco pubs, mi favorito era El Califa. Como si lo estuviera viendo. A Javi y a Cayo, tanto monta monta tanto. Ese ambiente es irrepetible. O soy viejo. O las dos cosas. Vete tú a saber. O los veranos son ahora más cortos o me lo parecen a mí. O que como ahora trabajas no te dan para casi nada. Entonces un verano era interminable. Las terrazas de verano –que cambiaban cada año de sitio y de casi todo- una gozada. Y las dos horas que había que esperar para volver a bañarse porque se nos cortaba la digestión…

Hoy caemos en parecidos errores que nuestros padres. Nos gusta repetirlos. Bebe rápido el jugo de naranja que se le van las vitaminas. ¿Vas a salir así? Vas a coger frío. Pequeños ataques de nostalgia en los que, en el fondo, nos regocijamos soltando las mismas frases de mamá y papá. De “papa” o “mama”.

¿Y el primer videojuego? Aquel de tenis en el que echabas partidos con unas barras blancas sobre negro que subías y bajabas en la pantalla de la tele. Las películas se veían en familia, juntos, y con horario fijo. En los intermedios se iba al baño. Los payasos de la tele que es como si los estuviera viendo. Las películas con los amigos también eran todo un ritual. Ibas en pandilla al cine a ver Emmanuelle o la sacabas de algún videoclub para verla a escondidas o haciéndote el loco.

Y la calle. Siempre estábamos en la calle. Los bocatas eran de nocilla o chocolate con chorizo. O se los cambiabas a otro. Los partidos de fútbol se terminaban cuando no quedaba ni un fizco de luz. Aquellos veranos fueron inolvidables. Nada te sentaba mal. Salvo el ponche con anís que un día me enseñó lo que era el “helicóptero en maniobras” y que jamás volví a probar. Y los botes de leche condensada La Lechera. Un agujero por cada lado y te lo podías cepillar en una tarde.

Lo que ha dado de sí ese tinto de verano. Tus hijos y los míos no han tenido ni la décima parte de cicatrices que tuvimos nosotros. ¿Por qué? Los parques infantiles de hoy están acolchados. Los que teníamos pueblo… todo él era un parque crudo y duro. Sin espumas ni corchos salva heridas. La mercromina se fabricaba por bidones. Y las postillas, las caspitas, se reproducían como caparazones marrones en codos y rodillas de tirarte por los campos de tierra y piedras sin limar. Qué divertido era quitárselas: “te va a quedar marca”… Y así, he terminado el tinto de verano. Va por ustedes.

Feliz domingo y hasta septiembre. Sean felices.

 

Imagen de archivo: Alejandro de Bernardo