Opinión

Después de unas elecciones, da lo mismo el ámbito territorial al que correspondan, los distintos líderes o las diferentes fuerzas políticas, intentan vender provechosamente los resultados, si son buenos, aplaudiéndolos y si son malos, encubriéndolo

18.11.2019 | Redacción | Opinión

Por: Óscar Izquierdo

Politólogo

La máxima del filósofo griego Heráclito que da título a este artículo debería actualizarse. Después de unas elecciones, da lo mismo el ámbito territorial al que correspondan, los distintos líderes o las diferentes fuerzas políticas, intentan vender provechosamente los resultados, si son buenos, aplaudiéndolos y si son malos, encubriéndolos. Se trata de amortiguar el golpe en un caso y sacar rédito en el otro. Los políticos, cuanto más experimentados y maduros en las contiendas electorales, aprovechan la ocasión para disfrazar la realidad según su conveniencia. Los noveles, sin experiencia, caen en el fácil triunfalismo, que raya en la ridiculez. Nadie quiere reconocer una derrota y todos se apuntan a una victoria, aunque sea virtual.

Los resultados son matemáticos, incuestionables y ciertos. Otra cosa es la valoración e interpretación interesada. Para encubrir la verdad se utilizan porcentajes, se distorsionan valoraciones, se silencian los datos negativos y se exageran hasta los ínfimos positivos. Todo esto es consecuencia, de la altivez de la clase política, verdadera élite, que trata a la ciudadanía con menosprecio, e infantilismo, pensando en todo momento que, desde su posición privilegiada, tienen derecho y la obligación, como personas elegidas, a dirigir, controlar y utilizar a los ciudadanos a su antojo, voluntad y conveniencia. Piensan ellos que son los únicos capaces, por ocupar una responsabilidad pública, de pensar por los demás, de actuar discrecionalmente o de fijar acciones que obligatoriamente hay que aceptar porque son de su gusto o de su ideología. Procuran constantemente imponer, más que proponer.

Eso es lo que nos encontramos después de cualquier elección, mucho ruido, con poco contenido. Tenemos lo que somos capaces de soportar, aceptamos lo que no es provechoso y disculpamos las mediocridades. Desvirtuar lo que verdaderamente sucede significa distorsionar lo que es. El poeta inglés Alenxander Pope lo dijo claramente: "el que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera". Resulta hasta cómico escuchar a los políticos descifrar los resultados electorales, incluso cuando son adversos, los disfrazan de tal manera, que parece que han cosechado un éxito descomunal.

La sociedad civil, como espacio de acción colectiva, conformada por una amplia gama de organizaciones privadas, no gubernamentales y sin ánimo de lucro, tiene un rol importante en la vida pública, al representar los intereses y valores de la ciudadanía, a través de organizaciones intermedias. Abarcando una gran variedad de entidades, asociaciones, grupos u organizaciones, reflejan el sentir y las necesidades de la sociedad en su conjunto. Desde la diversidad de motivaciones y con la independencia inexcusable de los distintos partidos, debe actuar con fortaleza para exigir una actividad política verdaderamente dirigida hacia la resolución de los problemas cotidianos de la gente. Es el ejercicio de la ciudadanía como conciencia de tener deberes, pero también derechos, significando que su fortaleza es requisito indispensable de una democracia fuerte, moderna y participativa. No podemos quedarnos como meros oyentes de una clase política desvirtuada o caduca, tremendamente endogámica, que sólo interactúa por conveniencias personales. Hay que exigirles el ejercicio de la función que tienen, que es ser nuestros representantes, así de sencillo, así de complicado. Los ciudadanos no tienen que dar pleitesía a unos responsables públicos que están para ocuparse y no para lucrarse. Una regeneración es lo que hace falta, los políticos tienen que saber que no son más que lo que son.