Desde La Mesa Mota

Quiero contarles una anécdota que nos pasó en nuestro último desplazamiento a la Peninsula Ibérica

13.03.2018. Redacción / Opinión

Por: Paco Pérez

pacopego@hotmail.com

No se asusten por el título de este comentario, porque les prometo que hoy no voy a referirme a cuestiones políticas ni a ningún político que se ha pasado de un partido a otro, lo cual suele ser habitual entre la mediocridad que nos rodea.

Quiero contarles una anécdota que nos pasó en nuestro último desplazamiento a la Peninsula Ibérica. Mi mujer y yo fuimos el pasado diciembre a pasar una semana en Isla Cristina (Huelva), en un viaje organizado por el IMSERSO.

El avión B-373 de "Vueling" aterrizó en Sevilla y, mientras salían las maletas por la cinta, vimos a unos primos nuestros, que son andaluces y que nos fueron a recibir al aeropuerto de San Pablo Como nosotros llevábamos dos pequeñas maletas que no facturamos, nos dio tiempo de tomar algo en una de las cafeterías del edificio terminal, en tanto se iba llenando la guagua que luego nos trasladaría a Huelva.

Ya en el autobús, en plena Autovía 49, meto la mano en el bolsillo de mi chamarra y noto que hay un teléfono móvil, un mando a distancia de un garaje y otro de apertura de un vehículo, así como un manojo de llaves extrañas, objetos que no eran míos.

Pronto nos dimos cuenta de que el pariente y uno mismo nos habíamos despistado y nos habíamos puesto la prenda del otro, al recogerlas de los espaldares de las sillas de la cafetería del aeropuerto.

Los primos se dieron cuenta cuando fueron al aparcamiento a entrar en el coche y vieron que había "desaparecido" el mando para abrir las puertas. Un gran inconveniente que se resolvió después de pasado un buen rato. Menos mal que tenían otro móvil, pero... no estaba operativo porque no tenía batería. No nos pudimos comunicar con ellos hasta pasado un buen y desagradable rato.

Pudieron recargar la batería con un móvil prestado por una azafata de tierra y ya pudimos hablar entre nosotros. Más tarde, un hijo de los parientes les llevó, desde un pueblo cercano a la capital andaluza, una copia de las llaves de la casa paterna y un duplicado que él tenía del mando del coche.

Todo se solucionó el día siguiente de nuestra llegada. El pobre primo no tuvo más remedio que trasladarse a Isla Cristina en su automóvil, para recoger su chaqueta y sus cosas y entregarme la mía. Una inoportuna y desagradable anécdota que tomamos con humor, mientras almorzábamos un arroz con mariscos en un restaurante de Altura, un pueblo portugués cercano a la frontera española. No hay mal que por bien no venga. ¿No creen?

Paco Pérez

Paco Pérez

Periodista

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