Desde La Mesa Mota

Imagen: Plaza del Charco de la época, donde se desarrolló el relato - Puerto de la Cruz (Tenerife)

22.09.2018. Redacción | Opinión

Por: Paco Pérez

pacopego@hotmail.com

Hoy quiero reproducir en estas páginas un verdadero relato histórico que relató un amigo mío, Pablo Ginés Minguillón, sobre sus familiares más directos y que a mí me ha emocionado. Dice así:

"Solo tenía doce años. Irrumpieron en su casa destrozando la puerta. Apresaron a su padre sin miramientos. Golpearon a su madre embarazada cuando se abrazaba llorando a su marido. Empujaron fuera al detenido con contundencia, bajo una lluvia de insultos. El hombre al ver a su hijo se paró un leve instante para sonreír al niño. En ese momento un culatazo le abrió una brecha de la que manaba abundante sangre. A Bernardo le dolió como si él hubiese recibido aquel golpe. No entendía nada. Fue la última vez que vio a su padre. El hombre mientras era golpeado seguía mirando a su hijo con la misma sonrisa, a pesar de que la sangre ya la desdibujaba de su rostro. 

Bernardo era el tercero de cuatro hermanos. Pronto serían cinco. 

Era principios de 1937, en plena guerra civil el régimen fascista actuaba sobre todo aquel que resultaba sospechoso. Su padre ya había tenido algunos encuentros con los nacionales, por su condición de hombre de izquierdas. Lo cierto es que a pesar de los interrogatorios, torturadores, nunca probaron nada en su contra. Esto de no tener pruebas no significaba nada para los fascistas, pero hasta el momento lo dejaban en libertad.

El padre de Bernardo, se llamaba Juan. Nació en el pueblo costero del norte de Tenerife; Puerto de la Cruz. Lugar al que destinaron a su abuelo en el cuartelillo de la guardia civil. Enamorados de este rincón norteño, los padres de Juan nunca abandonaron este destino hasta que la muerte puso fin a sus vidas. 

Juan, al igual que dos de sus siete hermanos, era barbero. Él tenía su propia barbería en el centro del pueblo muy cerca de la Plaza del Charco; en la “Ranilla”. Esta profesión les fue enseñando a sus hijos a medida que crecían. 

La barbería en aquellos tiempos era uno de los centros sociales de los pueblos. Lugar de tertulias, reuniones, partidas después del cierre y alguna que otra parranda. También se concentraba el debate político del momento, más que nada porque nunca faltaba el periódico; único medio de comunicación de la época ya que la radio no estaba al alcance de todo el mundo. Este había sido el motivo por el que Juan fue investigado desde el comienzo de la guerra.

Poco tiempo después de la detención y desaparición del padre de Bernardo, Luciano su hermano mayor fue llamado a filas. Luciano, al que la familia llamaba Juanillo, destinado en Villa Cisneros y no pudiendo servir al régimen que mató a su padre, organizó una revuelta liberando a los presos políticos deportados canarios logrando que la guarnición así como la tripulación del barco correo Viera y Clavijo se unieran al ejército de la II República. Tras la guerra participó de forma activa en la resistencia francesa contra los alemanes, así como en los maquis realizando acciones de contraespionaje. 

Los hermanos pudieron verse después de más de cuarenta años. Al instaurarse el sistema democrático, tras la muerte del general Franco.

Bernardo junto a su hermano Ginés, que apenas tenía tres años más que él, tuvieron que coger las riendas del mantenimiento de la casa. Su madre acababa de dar a luz, apenas se dedicaba a las tareas domésticas ayudada por la cuarta de sus hijos, Daniela.

El trabajo escaseaba. La madre de Bernardo aceptó hacer la colada a una de las casas de hacendados. Dos veces en semana, le llegaba la ropa que debía lavar y planchar. En aquella época no existían las lavadoras. Las prendas se lavaban en la pila o piedra de lavar, donde se enjabonaba, se restregaba, se enjuagaba y finalmente se retorcía para quitarle la mayor cantidad posible de agua. Tras esto se tendía al sol. Luego el planchado. Las planchas eran totalmente de hierro con una base de unos tres centímetros de espesor. Estas se calentaban al fuego, en una cocinilla de petróleo, o “momontina”.

La pobre mujer se dejaba los riñones ya que la cantidad de ropa era grande, pero las necesidades y cuatro hijos le daban el empuje necesario para sobreponerse.

Bernardo era un chico inquieto. Dejó de golpe la niñez y pasó volando sin descubrir la pubertad para convertirse en hombre, a tan corta edad.

La detención de su padre le daba vueltas a la cabeza. Pensaba que debía haber un trasfondo en aquel asunto. En sus días de trabajo, mientras pelaba a los parroquianos, iba tirando de la lengua sutilmente. Tragándose la desesperación. Eran tiempos difíciles, todo se controlaba. La gente tenía miedo. 

En las calles no podían reunirse más de dos personas. Todos desconfiaban de todos. Lo único que pudo esclarecer de este asunto, es que la misma tarde de la detención de su padre, en la barbería hubo una trifulca. Como de costumbre había varios clientes y tertulianos en el local. Don Andrés, un cacique hacendado del pueblo, entró para pelarse. De muy malos modos, exigió que le atendiese enseguida. Juan le respondió que había varios clientes delante. 

.─ ¡Que yo espere mientras atiendes a estos muertos de hambre! ¿Con quién crees que estás hablando?

.─ Lo siento, ellos están primero que usted. Y le ruego que en mi barbería no vuelva a insultar a mis clientes.

.─ Yo hago lo que me da la gana. Y no pienso aguantar que un piojoso cabrón como tú, me diga lo que tengo que hacer.

Ese fue el detonante que impulsó a Juan hacia Don Andrés. Agarrándole de la pechera, lo sacó a empellones de la barbería. 

.─ No quiero verle más por aquí, si no le juro que…

.─ Te vas a acordar de esta. ¡Por mis muertos!

Pero la primera inquietud de Bernardo, era el sustento de la familia. Se enroló en el bote de Santiago. Este anciano antaño risueño y jovial pescaba con su hijo Marcos, que también cayó en la red de la guerra. Había muerto en una escaramuza cerca de Valladolid. Muchas veces en la soledad de la mar, con los palangres en las manos, Bernardo veía llorar al viejito. Se hacia el distraído, para no entorpecer los sentimientos de aquel buen hombre. 

Bernardo salía a pescar todos los días por la mañana, siempre que el mar lo permitiese. La ganancia era casi nula, pero se aseguraba el pescado fresco para su casa. Por la tarde trabajaba en la barbería. Los sábados solía levantarse al amanecer y con un cesto al hombro y la herramienta de pelar en una maletita, tomaba el camino de san Nicolás por la ladera arriba. Se dirigía a los barrios de la parte alta. Estos barrios estaban poblados en su mayoría por gente de campo, con huertas familiares. El joven recorría muchas de estas casas y al fresco de un parral, al lado de la gañanía, debajo de un alpende arreglaba a estas buenas gentes al sabor de los buenos vinos de la zona. El dinero escaseaba, por lo que Bernardo no cobraba sino que aceptaba algo de la huerta. Alguna col, habichuelas, chayotas, bubangos, lechugas, piñas de millo, papas, huevos y alguna otra cosa. Por la tarde regresaba a su casa con las verduras y hortalizas para la semana, y el “buche” alegre de vino. La cartilla de racionamiento no era suficiente. 

Procuraba también, en lo posible, hacer todo lo que podía en su casa; aunque no era lo correcto para un hombre en aquella sociedad machista de entonces. Así le quitaba trabajo a su hermana Dariela, para que dedicara todo el tiempo que pudiera en estudiar. Todas las noches sin falta, por muy cansado que estuviese, le preguntaba a la chica por los progresos hacia en la escuela. Se sentía orgulloso de su hermana, de su inteligencia, ─ Si Dios quiere, serás la primera universitaria de la familia. Te lo juro por nuestra señora del Carmen bendita ─ le dijo una noche a Dariela, mientras esta estudiaba a la luz de una vela; en eso ponía todo su empeño.

Pasaron algunos años. Las secuelas de la guerra aún se hacían notar, pero la situación se encaminaba a la normalidad, dentro de lo que cabe. Las necesidades básicas comenzaban a estar cubiertas, pero manteniendo la pobreza.

Un nuevo sargento fue destinado al cuartel de la guardia civil de la villa. Un hombre honesto que asqueado de las aberraciones que tuvo que ver en su anterior destino, solicitó traslado a Canarias. 

Dariela que por aquel entonces ya era una mujercita, aceptó dar clases a los hijos del sargento por las tardes. Después de terminar la jornada de sus propios estudios. Los escasos ingresos que obtenía por esta ocupación los entregaba

religiosamente a Bernardo. Este los guardaba junto con alguna que otra peseta que lograba escabullir del gasto familiar necesario. Ese dinero era la garantía de continuidad de los estudios para Dariela cuando llegase la hora de ingresar en la universidad. 

Bernardo tocaba un poco la guitarra y cantaba de maravilla. Le gustaba echarse alguna que otra parranda con los amigos. Estos eran de todas las edades. Solía decir esta frase: "los buenos momentos hay que aprovecharlos, porque esta vida nadie la hereda", y lo llevaba a rajatabla. Sacaba siempre la sonrisa y el buen humor.

Una noche en una de estas parrandas en un bar, Bernardo observó como Arsenio el hijo mayor de Don Andrés trataba de forma vejatoria a uno de sus empleados junto a la barra. La cosa llegó hasta tal punto que Bernardo no pudiendo contenerse y a pesar de que sus acompañantes intentaron impedirlo, se encaró con Arsenio.

El rifirrafe no hubiese llegado a más si el joven cacique no le hubiese dicho a Bernardo: "Debieron erradicar a toda tu familia junto con el bastardo de tu padre".

Si no es por el concurso de los compañeros de Bernardo que lograron con mucho esfuerzo separarlo de la pelea, Arsenio hubiese salido mucho peor parado de como lo hizo.

Más tarde y más sereno, Bernardo sopesó las consecuencias del encontronazo con el hijo de Don Andrés. Recordando el resultado del último enfrentamiento con alguien de aquella familia.

Dariela conocedora de los detalles de este acontecimiento, informó al sargento de la cuestión. Abogó por su hermano sabiendo que no tardaría en llegar la denuncia caciquil. Esta no se hizo esperar y al día siguiente Don Andrés junto con su hijo estaban en el cuartelillo. El sargento Don Casimiro que ya estaba al tanto, mandó en busca de Bernardo. A la llegada de este, le conminó a que pidiera excusas a Arsenio. Bernardo tragándose el orgullo hizo lo pedido, tras lo cual Don Casimiro le instó a retirarse.

.- ¡Eso es todo!- mascullo Don Andrés. 

.- Para mí sí. Con esto queda zanjado el asunto.

.- No estoy de acuerdo. Hay que hacer un escarmiento con ese piojoso.

El sargento levantándose del asiento y encarando a Don Andrés le dijo:

.- Haré como que no he oído sus observaciones. En cuando al muchacho y su familia no intente ni acercarse. No quiera tenerme de enemigo.

Don Andrés, no acostumbrado a que se le replicase y menos la autoridad se quedó de piedra. Antes de que reaccionara Don Casimiro le abrió la puerta para que se marcharan. 

Con el tiempo llegó el llamamiento a filas a Bernardo. Fue enviado a Cádiz para hacer el periodo de instrucción. Tras este, fue destinado a la fragata Vasco Núñez de Balboa con la cual recorrió gran parte de la costa peninsular, africana y toda Canarias.

Él era el único barbero de abordo. Esto le reportaba buena cantidad de propinas que empleaba para mandar a su casa. Y costear los estudios de su hermana. Al acabar el periodo militar de dos años, regresó a su hogar. Con apenas veintidós años, las secuelas de la vida de lucha ya se hacían notar en su semblante. 

Bernardo pretendió a una joven de la Orotava, con la que se casó. Su hermana Dariela ya había acabado su carrera. Doctorada en Filología inglesa logró un puesto importante en la compañía mercante Yeoward con sede en el Puerto de la Cruz. Bernardo se le henchía el pecho cada vez que hablaba de su hermana, estaba orgulloso de ella.

Su hermano Ginés también se había casado y vivía en casa de su madre. Ganaba lo suficiente para mantener a su esposa, su madre y su hermano menor. Dariela siempre les enviaba algo para ayudar en la economía familiar.

Ya con dos hijos, Bernardo decide como otros muchos parroquianos, buscar otro lugar que le proporcionara nuevas oportunidades. Con lágrimas en los ojos se traslada a uno de los barrios de la periferia de La Laguna, Taco, donde sacó adelante, no sin esfuerzo, a los cinco hijos que Dios le concedió. 

Siempre igual, trabajando, luchando. Aprovechando los momentos felices. Siempre regalando alegría. Siempre con el recuerdo de su pueblo, de los barrios altos que recorría con su cesto, de las buenas gentes con las que compartió vino y conversación bajo un parral o un alpende. Sus amigos de parranda. Aquel sargento, que le enseñó una de las lecciones más importantes de su vida, la de no generalizar.

Hoy en día, desde su sillita de ruedas, en el geriátrico, ciego y atenazado por las garras del Alzheimer sigue dando muestras de alegría, en los pequeños momentos de lucidez. En su rostro se trasluce la tranquilidad de alguien que tiene la conciencia en conexión con Dios, a pesar de haber sido un rojete de la hostia. 

Bernardo podría ser cualquiera de nuestros padres, de nuestros abuelos, que supieron plantar cara a las dificultades de la época que vivieron y no se arredraron. Esa es la idiosincrasia de nuestra gente.

A mi padre, Bernardo Minguillón, por haber sido y ser como es.

Cuando escribí esto mi padre aún vivía.

Pablo G. Minguillón."

Esto es todo, queridos lectores. Si han leído íntegramente, este relato les habrá emocionado. Una pequeña historia de las dos Españas, una cuestión que también se vivió en Tenerife. Por eso lo he reproducido. Hasta otra ocasión.

Paco Pérez

Paco Pérez

Periodista

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