Opinión

Me da que estamos todos de los nervios, aunque cierto que unos más que otros

 

17.05.2021 | Redacción | Opinión​

Por: Alejandro de Bernardo

adebernar@yahoo.es

Me da que estamos todos de los nervios, aunque cierto que unos más que otros. Pero todos, inquietos y excitados. Esto de la pandemia nos ha caído en mal momento y hacemos méritos para salir muy tocados de ella. Los más normales, la mayoría, asolados por la fatiga pandémica, alarmados por el comportamiento irresponsable y hartos de incompetencias y desatinos. Ya somos incapaces de asimilar tanta necedad a nuestro alrededor. Estoy harto de que nuestros representantes –los suyos y los míos- nos torturen escupiéndose a la cara. Ya está bien. Y los descerebrados, esos que no pertenecen al grupo de los sensatos, abarrotan calles y plazas al grito de ¡libertad, libertad!, agrediendo y revolviéndose contra la policía.

“Es que… hemos recuperado la libertad”. - Pero… ¿tú qué… estabas en la cárcel? ¿en Guantánamo? Pero si tú llevabas una vida de lo más normal. ¿Que no te puedes emborrachar hasta las 7 de la mañana? Pues, hombre, el cuerpo te lo agradecerá, salao. No estás vacunado, ni aunque así fuera; puedes ser portador. ¿Celebras el fin del estado de alarma y no cuando salió la vacuna? Alucinante. Artista, que seguimos contando muertos, seiscientos a la semana… ¿pillas?

De aquellos polvos… Para entender todo esto, es probable que nos convenga atender a quienes tratan de entender cuál es la esencia política del momento, escuchar a quienes desarrollan teorías sobre el refundado concepto de libertad o el valor electoral de una caña tirada sin mascarilla; considerar la cirugía fina en torno a un tiempo desconcertante. Todos ellos sabrán hacia dónde nos conduce esta deriva, pero en la escala más mundana del análisis lo que parece es que la escena se ha llenado de frescos, “bocalanes”, deslenguados, espabilados, “echaus p´adelante” y demás fauna.

Definitivamente, está de moda ser fresco o fresca. Incluso malcriado. Sinvergüenza, si me apuran. Hablo de ese o esa vivales transversal y multiplataforma, cantarín y vociferante, ese espabilado, frescachón, capaz de dejarte boquiabierto como solo las personas sin filtros pueden hacerlo, regocijado y chisposo, retador e impudoroso.

Hablo de Ayuso como de otros cuantos más, pero ella forma parte de una estirpe que conocemos bien, un abolengo con matices pero un solo dios verdadero. Es la de los discursos de Donald Trump y Boris Johnson; la de Monedero buscando a Einstein en trabajadores por 900 euros al mes, incluso la del presidente de las anchoas cántabras con esa machacona cháchara que tanto le gusta a las audiencias televisivas.

El “graciosismo descarado” está creando escuela y estamos viendo a sus alumnos más aventajados tomando las uvas en la puerta del Sol, a la madrileña, practicando la libertad como se les ha enseñado, convencidos de que están en la ola buena, la del porque yo lo valgo. Felicidad y descaro al poder, que de cenizos está el mundo lleno. Hasta que compareció una espontánea y sentenció: “Esto no es libertad; esto es una puta anarquía”.

Y, por otro lado, es incomprensible el descuido del Gobierno que todavía parece conmocionado por lo ocurrido en las elecciones de Madrid y deja en la incertidumbre a muchas comunidades autónomas, también víctimas de un caos judicial de estudio. Aunque, tengo para mí que los que ahora reclaman más estado de alarma, preguntarían lo contrario si eso se extendía desde Moncloa. Nuestra esperanza no puede ser el pasado o el cinismo. El futuro habrá que construirlo juntos, lentamente, sin el delirio de esa libertad espasmódica que se intenta poner por encima de todas las cosas, incluida la salud pública.

Sabemos que la reconstrucción que se nos avecina está repleta de desafíos. Pero no se habla de ello, reduciendo el debate a antifascismo o anticomunismo, que es de tanta trascendencia como el de la tortilla con cebolla o sin ella. Tampoco se habla, ni se trata, de nada de cuanto afecta a nuestras vidas. La actividad de este país se reduce a la gresca política y al desacato en aras de una libertad que reclaman quienes la desconocen. Libertad la tenemos que exigir quienes sufrimos tanto despropósito y tanto desprecio. Libertad para poder vivir con concordia y sosiego. De esa sensatez tan escasa, sobresale Yolanda Díaz –la ministra comunista con tres Postgrados que arma acuerdos con patronal y sindicatos con un lenguaje irrefutable que entendemos todos- . Háganle caso. No sé cómo subsiste y triunfa esta “rara avis” entre tanto bicho. Si no cambia, por mí, que nos gobierne a todos. Dicho queda.

 

Imagen de archivo: Alejandro de Bernardo