Desde La Mesa Mota

Recuerdo, cuando era muy joven, ver a muchas mujeres isleñas, sobre todo en ambientes rurales, que vestían hábitos de distintas advocaciones religiosas, así como a otras llevar riguroso luto por la muerte de su marido o de sus padres

19.10.2018. Redacción | Opinión

Por: Paco Pérez

pacopego@hotmail.com

Recuerdo, cuando era muy joven, ver a muchas mujeres isleñas, sobre todo en ambientes rurales, que vestían hábitos de distintas advocaciones religiosas, así como a otras llevar riguroso luto por la muerte de su marido o de sus padres, a pesar de ser aún personas que hoy no se consideraría mayores, porque podían tener cincuenta o sesenta años.

Es evidente que los usos y costumbres tradicionales cambian con el transcurso de los años. En la década de los sesenta, por ejemplo, en pleno régimen nacional-católico, bajo las rigurosas normas de una Iglesia apoyada por el dictador, recuerdo cómo las mujeres de estas Islas iban cubiertas con un velo negro en sus cabezas y, cuando se olvidaban de llevarlo a oír misa, sus maridos hacían cuatro nudos en las esquinas de sus pañuelos y se los dejaban a sus esposas para que estas se cubrieran mientras duraba la ceremonia religiosa.

Respecto a llevar hábitos de la Virgen durante meses o incluso años por una promesa, debido a la curación de un familiar enfermo, solían ser muy usuales los ofrecidos a Nuestra Señora del Carmen. Así, por ejemplo, las mujeres vestían durante el período prometido de color canelo (marrón) y llevaban atada a la cintura una cinta de color amarillo.

También era habitual que si los niños estaban enfermos por "el mal de ojo" sus madres les llevara a santiguadoras que los curaban con sus rezados y sus masajes en la barriga de los críos y, en ocasiones, se quedaban con un mechón de pelo del niño, para seguirles rezando y curar su males.

Igualmente, era usual que las jóvenes casamenteras rezasen y pusiesen verlas encendidas en los templos a  San Antonio, quien se encargaba de buscarles novio, y cuando algún asunto tenía difícil solución era muy habitual orar en favor de las almas del Purgatorio, para que alcanzasen por fin la Gloria. 

Rezadoras quedan ya muy pocas en las Islas y que uno sepa, aún hay una, doña María, en el barrio lagunero de Jardina, que vive en una casa terrera cercana a la ermita. Creo que todos los días van decenas de personas a visitarla y atiende a los que buenamente puede. 

Paco Pérez

Paco Pérez

Periodista

Sígueme: