Redacción | Opinión
Por: Lola Padrón
Diputada del Común
Las que hemos llegado a puestos de responsabilidad lo hemos hecho en un sistema que no fue pensado para nosotras. Hemos sido educadas en la misma cultura que los hombres, bajo los mismos esquemas de autoridad, éxito y productividad. Nos enseñaron que liderar era resistir, que el reconocimiento venía del rendimiento y que la disponibilidad debía ser absoluta.
Y muchas veces hemos tenido que adaptarnos a eso para poder entrar.
A base de sacrificios.
A base de renuncias.
Pero esa frase —que hemos sido educadas igual— no significa que tengamos que hacer lo mismo. Y ahí está la clave. Porque, aunque hayamos aprendido el mismo modelo, sobre nosotras sigue recayendo la corresponsabilidad, el hogar, los cuidados, la organización invisible de la vida. Y, además, todo el peso de nuestro trabajo.
No partimos del mismo punto.
Y no podemos ejercer el liderazgo como si lo hiciéramos.
Si reproducimos el mismo modelo que históricamente han ejercido los hombres, el precio vuelve a ser el mismo: renunciar. Renunciar a la familia, renunciar al tiempo propio, renunciar al equilibrio. Y ese no puede seguir siendo el peaje.
Ya no es tiempo de renuncias.
Es tiempo de cambiar el modelo.
Durante décadas, acceder a los cargos de poder fue una excepción estadística. En España no fue hasta que se aprobó la Ley de Igualdad de 2007 cuando se establecieron mecanismos más firmes para equilibrar la presencia en los órganos de decisión. Hoy es más frecuente ver mujeres en parlamentos, en consejos de administración, en universidades o en la judicatura. Pero que sea más frecuente no significa que esté resuelto.
Lo verdaderamente difícil es ser la primera en una estructura vieja, rígida, diseñada desde parámetros patriarcales que tienden a protegerse a sí mismos. Parámetros que durante décadas han marcado qué se entendía por liderazgo válido: disponibilidad absoluta, competitividad, jerarquía vertical, distancia emocional. Un modelo pensado para quienes podían entregarse al cargo al cien por cien porque los cuidados y la vida cotidiana no recaían sobre ellos.
Las instituciones, como todo sistema de poder, tienen una inercia de conservación. Y cuando una mujer irrumpe no solo ocupando el cargo sino introduciendo otra manera de liderar —más horizontal, más cooperativa, más consciente de los cuidados— el sistema se incomoda.
A veces intenta aislarla.
A veces intenta desgastarla.
A veces intenta expulsarla.
No porque sea mujer en abstracto, sino porque cuestiona esa lógica de funcionamiento que se ha dado por natural durante demasiado tiempo.
Y, sin embargo, estamos aquí para eso.
No hay dos tipos de mujeres. No hay mujeres “ambiciosas” frente a mujeres “familiares”. Hay mujeres —y hombres— educados en un mismo sistema que nos hizo creer que el poder exige dureza, disponibilidad absoluta y una especie de neutralidad emocional. Como si para dirigir hubiera que dejar fuera una parte de lo que somos.
Muchas hemos aprendido a sobrevivir en ese modelo. Pero no hemos llegado para imitarlo. Hemos llegado para cambiarlo.
Queremos llegar para abrir camino.
Queremos que ninguna mujer tenga que pagar con su cuerpo, con su equilibrio emocional o con la culpa el hecho de ocupar un espacio público. Queremos que las que vengan detrás no tengan que elegir entre la maternidad y la vocación, entre la salud mental y la carrera profesional, entre el cuidado y el liderazgo.
Porque el poder ejercido desde el sentido —desde la conciencia de para qué estamos ahí— no es una conquista individual, es una responsabilidad colectiva.
En Canarias sabemos lo que significa romper moldes. Mercedes Pinto, escritora y activista tinerfeña, se atrevió a defender el divorcio como medida higiénica en plena dictadura de Primo de Rivera, cuando hacerlo suponía el exilio y el señalamiento público. Su valentía nos recuerda que cada paso dado por una mujer tiene un eco que va mucho más allá de su tiempo. Y Pino Ojeda, poeta y artista grancanaria, abrió espacios culturales y creativos en un contexto donde la presencia femenina estaba constantemente cuestionada. No pidieron permiso para existir en el espacio público. Lo ocuparon.
Cada paso que damos no es individual. Y cuando una mujer llega, no lo hace sola. Llega con la historia de muchas antes que ella y con la responsabilidad de facilitar el camino a las que vendrán.
Y ese camino tampoco puede hacerse sin aliados. Necesitamos a los hombres que han entendido que la igualdad no es una amenaza, sino una ampliación de la justicia. A los que asumen los cuidados como parte de su identidad y no como una concesión. A los que cambian leyes, estructuras y culturas organizativas desde dentro. El liderazgo del siglo XXI no puede ser unilateral ni excluyente. Tiene que ser compartido.
El 8 de marzo no es una celebración simbólica. Es una llamada a revisar cómo se ejerce el poder y para qué.
Si llegar implica reproducir el mismo modelo que nos desgastó, no habremos cambiado nada. Si llegar sirve para humanizar las instituciones, para democratizar las decisiones, para incorporar los cuidados como eje y no como debilidad, entonces sí estaremos avanzando.
Hemos aprendido a resistir. Ahora queremos transformar.
Y transformar no significa que ninguna niña que hoy mire hacia el futuro piense que tendrá que escoger entre lo que ama y a quienes ama.
Significa que pueda aspirar a dirigir, a crear, a gobernar, sabiendo que su salud, su familia y su pasión no son obstáculos, sino parte de su fuerza.
Porque el verdadero sentido de llegar no es ocupar una silla. Es mover la estructura. Y dejar la puerta abierta.
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