31.07.2026 | Redacción | Escrito
Pilar Medina Rayo
Autora del libro: Óbolos para Caronte"
“La sirena vive en el mar, canta contra la tormenta y llora si hace buen tiempo, pues tal es su naturaleza”. Esta frase pertenece al célebre Bestiario del clérigo y poeta anglonormando Philippe de Thaün, escrito en el siglo XII.
Las sirenas fueron concebidas para personificar los peligros del mar. ¿Pero, qué encanto posee este personaje mitológico que aún hoy nos sigue fascinando?
Podemos afirmar que de todos los mitos griegos que han llegado hasta nuestros días, ninguno sigue tan presente como el de las sirenas. En griego antiguo, su nombre significa “las que encadenan” y, quizá, con sus melodiosos cantos nos encadenaron a ellas para siempre. Pero ¿qué tienen las sirenas para atraernos tanto? Según García Gual, catedrático de filología griega, "Son una llamada al placer basada en los encantos femeninos".
Cuando pensamos en sirenas a nuestra mente acude esa criatura mitad pez, mitad mujer, de bello rostro y densa cabellera que habita en el mar. Sin embargo, las sirenas primigenias no presentaban un aspecto seductor. Éstas fueron concebidas por los griegos como un híbrido con cabeza de mujer y cuerpo de ave, similares a las arpías. Las primeras sirenas no resultaban tentadoras, es decir, no invitaban a tentaciones eróticas, luego entonces ¿qué ofrecían? Según Máximo Brioso Sánchez, en su escrito “Las sirenas en la épica griega: de Homero a las Argonáuticas órficas”, lo que entregaban a los marineros que las escuchasen era sabiduría.
Con respecto a su genealogía, la misma resulta dudosa ya que unas veces se nos presentan como hijas de la musa Melpómene y del dios-río Aqueloo; en otras versiones del mito, como hijas de la pléyade Estérope y Aqueloo; en otras narraciones surgen de la sangre de Aqueloo tras ser herido por Heracles; o bien son hijas del dios marino Forcis.
Su metamorfosis es igual de ambigua, en su origen debieron tener forma humana y ser tres jóvenes doncellas que servían a la diosa Perséfone, por lo que, según Higinio, en su Fabulae, la conversión se produce como castigo impuesto por Deméter (madre de Perséfone) al no impedir las tres jóvenes el rapto de su hija por el dios del inframundo; por su parte Ovidio en las Metamorfosis, nos cuenta que fueron las jóvenes las que pidieron a los dioses que les colocaran alas para poder ir en busca de la diosa cuando fue apresada por Hades.
En lo que sí coinciden todas las versiones del mito es en su canto hechizante, aunque nefasto y letal, que podían acompañar tocando diversos instrumentos musicales. Eurípides, en su obra Helena, nos dice sobre ellas “Jóvenes aladas, doncellas hijas de la Tierra, sirenas ojalá pudierais venir a acompañar mis lamentos con la flauta libia de loto, con la siringa o con la lira, respondiendo con lágrimas a mis deplorables desgracias, con sufrimientos a mis sufrimientos, con cantos a mis cantos”.
Fue Homero el primero que dejó testimonio escrito de ellas en su poema épico "La Odisea" —compuesto, según se cree, entre 750-730 a.C. —. No obstante, existe conocimiento previo de estas primeras sirenas-aves, a través de representaciones en monumentos funerarios debido a que su ámbito originario era el reino de los muertos (como doncellas de la diosa del inframundo), donde actuaban como psicopompos o guías de las almas de los difuntos.
El geógrafo griego Estrabón las sitúa viviendo en las islas Li Galli, tres islotes que se encuentran en el Golfo de Salerno. Creadas como la personificación de los peligros del mar, atraían con su canto a los marineros a las costas rocosas donde su embarcación zozobraba; después, devoraban sus cuerpos. Homero dice de ellas “Con su aguda canción las sirenas lo atraen y le dejan para siempre en sus prados; la playa está llena de huesos y de cuerpos marchitos con piel agostada”.
En La Odisea, la diosa Circe advierte a Odiseo sobre ellas "Tendréis que pasar cerca de las sirenas que encantan a cuantos hombres se les acercan. ¡Loco será quién se detenga a escuchar sus cánticos pues nunca festejaran su mujer y sus hijos su regreso al hogar! Las sirenas les encantarán con sus frescas voces. Pasa sin detenerte después de taponar con blanda cera las orejas de tus compañeros, ¡qué ni uno solo las oiga! Tú sólo podrás oírlas si quieres, pero con los pies y las manos atados y en pie sobre la carlinga, hazte amarrar al mástil para saborear el placer de oír su canción". Por su parte, Apolonio de Rodas, en Los Argonautas, narra cómo los héroes pasaron cerca de ellas, pero Orfeo cantó tan melodiosamente que interfirió en “la voz de lirio que emitían sus bocas”, por lo que no sintieron la tentación de acercarse a ellas.
Con el paso del tiempo, estas primeras sirenas-aves odiseicas, dejaron atrás sus plumas para cambiarlas por escamas, convirtiéndose en las sirenas-pez que todos conocemos, pero ¿cuándo se produce esta metamorfosis?
La transformación de la sirena-ave en sirena-pez tuvo lugar a lo largo de varios siglos. Existen distintas fuentes que justifican su nueva conversión en una leyenda o mitología dejada por el historiador griego Diodoro Sícula. En ella narra la historia de Derceto, diosa asiria que ofendió a Afrodita y que después de diversas artimañas de ésta última, se arroja al mar con intención de suicidarse, pero no logró su objetivo y, como castigo, fue transfigurada en un híbrido mitad mujer mitad pez.
Otras fuentes determinan el momento de la conversión en el Liber Monstrorum de diversis generibus, manuscrito anglolatino datado en el siglo VII o principios del VIII, elaborado por el anglosajón Audelinus, es la obra clave donde encontramos el primer testimonio escrito donde las sirenas dejan atrás su tradicional cuerpo de ave de la mitología clásica, para adoptar la forma de mujer-pez.
No obstante, iconográficamente, ya aparece en su versión pez desde tiempos muy remotos y en distintas culturas, tal es el caso de un recipiente cerámico del siglo II a. C., encontrado en Atenas, en el que aparecen representadas en su versión mujer-pez; versión que también se recoge en una lucerna romana datada entre los siglos I o II d.C., que se conserva en el museo de Canterbury, en Reino Unido.
Esta metamorfosis pudo deberse a dos factores. El primero nos llevaría a su asociación con las costas y mares y, el segundo, lo hallamos en la propia obra de Homero, en concreto en el encuentro de los protagonistas con Escila y Caribdis, dos monstruos marinos situados en orillas opuestas de un estrecho canal de agua, tan cerca que los marineros intentando evitar a Caribdis pasarían muy cerca de Escila y viceversa. A Escila la describe el poeta romano Virgilio, en su obra "Eneida", como un ser que " hasta la ingle es humana en su rostro y doncella en su hermoso pecho; pero la parte inferior es de monstruoso pez, unido por medio de colas de delfines a sus ijares de lobomarino".
Iconográficamente, la sirena-ave y la sirena-pez convivieron durante la Edad Media, siendo frecuente su representación en las dos variables en el arte románico; incluso conviviendo ambas en los capiteles de un mismo claustro, de una misma iglesia o en los bestiarios medievales.
Poco a poco, el paso del tiempo provocó que la sirena-ave cayera en el olvido ganando la batalla y perdurando en la imaginación popular la sirena-pez.
Tagoror Digital