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Cultura

La bruja coruja, el lobo, el hombre del saco y otros monstruos de asustar...

Desde hace ya unos años, cada 31 de octubre los monstruos pululan por las calles libremente y, además, sin asustarnos

· 13 min de lectura
La bruja coruja, el lobo, el hombre del saco y otros monstruos de asustar...
La bruja coruja, el lobo, el hombre del saco y otros monstruos de asustar | CEDIDA

30.10.2026 | Redacción | Escrito

Por: Pilar Medina Rayo

Autora del libro: Óbolos para Caronte 

Desde hace ya unos años, cada 31 de octubre los monstruos pululan por las calles libremente y, además, sin asustarnos. Naturalmente, me estoy refiriendo al popular Halloween, fiesta importada que parece estar desbancando con fiera rápidez a nuestras celebraciones tradicionales del Día de Todos los Santos y Día de los Fieles Difuntos (que se celebran el 1 y 2 de noviembre, respectivamente).

Las raíces de Halloween las encontramos en la antigua festividad celta del Samhain. En cuanto a la génesis de la festividad cristiana del Día de Todos los Santos, su origen se lo debemos al Papa Bonifacio IV que, sobre el año 609 o 610, señaló el 13 de mayo para la conmemoración de los mártires cristianos. Será entre los siglos VIII y IX cuando la fecha inicial sea modificada y cambiada al 1 de noviembre por medio de dos papas, Gregorio III, el artífice del cambio y elección del nuevo señalamiento, y Gregorio IV quien, en el año 835, extendió oficialmente esta celebración del 1 de noviembre a toda la Iglesia católica de Occidente bajo el mandato del emperador Luis el Piadoso.

Los historiadores coinciden en que el traslado de mayo a noviembre coincidió con la expansión del cristianismo hacia el norte de Europa. Los pueblos celtas celebraban el Samhain el 31 de octubre y el 1 de noviembre, una festividad que marcaba el fin de las cosechas y el inicio del invierno, donde se creía que las almas de los muertos regresaban a la tierra.

Para contrarrestar y cristianizar esta arraigada tradición pagana, la Iglesia superpuso el Día de Todos los Santos al 1 de noviembre, seguida inmediatamente por el Día de los Fieles Difuntos el 2 de noviembre (dedicado a rezar por los seres queridos fallecidos que están en el purgatorio). Por último, a la noche previa del 1 de noviembre la llamó All Hallows' Eve (Víspera de Todos los Santos), de donde deriva el nombre "Halloween".

Sin embargo, antes de que llegaran todos estos nuevos monstruos pidiendo caramelos a través de la consigna de “truco o trato”, así como orondas calabazas naranjas con diabólicas sonrisas desdentadas; en nuestro folclore popular ya existían una serie de personajes que servían para amedrentar a los niños y lograr así que éstos obedecieran. Tal es el caso de la Bruja Coruja, el Hombre del Saco, el Ogro, el Tío Camuñas, el Lobo, y algún que otro monstruo más.

LA BRUJA CORUJA (o Curuja).

El origen y la génesis de la Bruja Coruja (o Curuja) como figura «asustaniños» combinan la etimología de la fauna nocturna, el folklore popular ibérico y su posterior evolución en la literatura infantil.

La construcción de este personaje se fundamenta en el origen zoológico y mitológico: La "Coruja".

En el Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española (RAE), la palabra coruja es sinónimo de lechuza (estrige). En muchas culturas rurales, el sonido nocturno o la apariencia de las lechuzas y búhos dio pie a leyendas y supersticiones que las asociaban con brujas o presagios.

Debido a los hábitos nocturnos de este ave, su vuelo silencioso y su mirada fija, la superstición popular dictaba que las lechuzas eran en realidad brujas transformadas en aves. Existía la creencia de que acudían a las casas a vigilar, absorber la energía de los bebés o anunciar la muerte con su canto.

En algunas zonas rurales del País Vasco y Navarra, se llamaba "brujas" o "maripajuelas" a los repentinos remolinos de viento que levantaban paja en verano. A los niños se les infundía miedo diciendo que era la Bruja Coruja barriendo el suelo con su escoba invisible, utilizándose el mito para evitar que salieran a la calle en las horas de más calor o peligro. 

Pasó a formar parte del imaginario de los "asustaniños" tradicionales personificando a una mujer vieja, marginal o extraña que servía de advertencia para corregir las rabietas o la desobediencia infantil.

EL HOMBRE DEL SACO.

La figura del Hombre del Saco se divide en una tradición folclórica ancestral y un trágico suceso real que fijó el mito.

Se le describe tradicionalmente como un vagabundo, mendigo o anciano desaliñado que recorre las calles oscuras cargando un costal de yute o arpillera para capturar a los pequeños desobedientes.

Aunque el arquetipo es mucho más antiguo, en España la consolidación macabra de la leyenda popular está ligada al crimen de Gádor (Almería) ocurrido en 1910.

Francisco Ortega «El Moruno», era un agricultor de 55 años enfermo de tuberculosis que buscaba desesperadamente una cura.

Por otro lado, Francisco Leona Romero, barbero y autodenominado curandero (conocido como el auténtico Tío del saco), junto a la curandera Agustina Rodríguez, convenció a Ortega de que la tuberculosis se curaría bebiendo la sangre y untándose la grasa (mantecas) caliente de un niño.

Leona secuestró al niño Bernardo González Parra, de 7 años, desatando un crimen que conmocionó al país y transformó una leyenda abstracta en una pesadilla con sustento real, inmortalizada en la memoria colectiva y en la cultura popular.

Al Hombre del Saco se unió El Sacamantecas, otro “monstruo asustaniños” que, al igual que el anterior, tiene su origen en un hecho aterrador crímenes reales acontecidos en la España de finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

Juan Díaz de Garayo fue un labriego rudo y analfabeto el cual mataba a mujeres y niños para extraerles la grasa corporal –manteca– para hacer ungüentos curativos o jabones.

Tras la difusión masiva de estos crímenes a través de los romances de ciego, buhoneros y la prensa de sucesos de la época, la población se vio sumida en una histeria colectiva.

Los padres de familia adoptaron rápidamente el mito como un mecanismo de control social y preventivo. La historia mutó de un peligro criminal real a un cuento de horror pedagógico en el que se amenazaba a los niños con que, si no se comían la cena, se portaban mal o se alejaban de casa al anochecer, El Sacamantecas vendría a buscarlos para robarles la manteca del cuerpo.

EL TÍO CAMUÑAS.

Este término se utiliza como adjetivo peyorativo. Decir que alguien "parece el Tío Camuñas" define a una persona desaliñada, astroza o que camina de forma extremadamente sigilosa.

La génesis del asustaniños de El Tío Camuñas se encuentra en una distorsión de la tradición oral de un personaje histórico real: Francisco Sánchez Fernández (1762-1811), apodado "Francisquete" o el "Tío Camuñas", un célebre héroe y guerrillero español de la Guerra de la Independencia contra las tropas napoleónicas.

La transformación de este héroe patriótico en un "monstruo infantil" (similar al Coco o al Hombre del Saco) ocurrió a través de un proceso histórico y antropológico muy específico:

Francisco Sánchez era un hombre corriente de Camuñas (Toledo) que trabajaba como correo antes de la guerra. En 1809, los soldados franceses rompieron una promesa de rendición y ahorcaron a su hermano Juan Pedro. Movido por el dolor y la venganza, juró no descansar y formó una letal partida de caballería guerrillera.

Debido a su valentía, ferocidad y rapidez en los ataques por sorpresa en la zona de La Mancha, sembró el pánico absoluto entre las tropas imperiales. Cuando las patrullas francesas detectaban su presencia, los soldados gritaban aterrorizados la famosa frase: «¡Que viene el Tío Camuñas!».

Tras ser capturado y fusilado en Belmonte (Cuenca) en 1811, la frase sobrevivió en el imaginario colectivo, pero su contexto original cambió drásticamente, donde la expresión pasó de denotar un peligro militar real a ser utilizada en el ámbito doméstico.

Al igual que ocurrió con otros temores de guerra en la historia de España, las madres y abuelas del siglo XIX comenzaron a adoptar la célebre frase militar para infundir respeto en los más pequeños. El grito que hacía huir a los soldados franceses se convirtió en una herramienta de control parental para obligar a los niños a comer, irse a la cama o portarse bien.

Con el paso de las décadas, el héroe histórico fue desprovisto de su rostro real y asimilado en diferentes zonas de la península ibérica bajo rasgos folclóricos y monstruosos:

En Asturias se dice que "El Tío Camuñas"es un ser que vive en los tejados o desvanes oscuros y baja para llevarse a los niños rebeldes. En algunas zonas rurales de Castilla y León se advertía que vivía dentro de los pozos para evitar, mediante el miedo, que los niños se asomaran y cayeran por accidente. Por su parte, en Extremadura se mantuvo la herencia directa del asombro mediante la advertencia imperativa de: «¡Que te lleva Camuñas!».

En la actualidad, mientras que el folclore nacional mantiene vivo su nombre como un asustaniños abstracto, en su natal Camuñas se le rinde tributo anualmente con recreaciones históricas que buscan limpiar su mito y recordar que no fue un monstruo para los niños, sino el peor tormento de Napoleón.

EL LOBO.

La génesis del Lobo como el "asustaniños" o espantajo infantil por excelencia se remonta a una profunda raíz histórica, religiosa y económica, consolidada principalmente durante la Edad Media en Europa. 

A diferencia de otros seres imaginarios (como el Coco o la Bruja Coruja), el lobo era un peligro real cuya figura se magnificó de forma pedagógica y moral para controlar el comportamiento y la obediencia de los niños.

En la antigüedad y los inicios de la Edad Media, los humanos y los lobos coexistían compartiendo presas en los bosques. Sin embargo, con el crecimiento de la población humana y la deforestación para la agricultura, las presas naturales del lobo escasearon.

El lobo se convirtió en una amenaza directa para el ganado doméstico (ovejas, cabras) y la subsistencia de las familias rurales. Los ataques esporádicos a pastores o a niños que cuidaban el ganado en zonas aisladas forjaron un miedo real e inmediato en las comunidades.

Por otro lado, la Iglesia medieval desempeñó un papel crucial al transformar al lobo en una representación del mal y del Diablo. Las referencias teológicas sembraron su mala fama en el imaginario colectivo:

Génesis 49, 27: Jacob profetiza sobre su hijo comparándolo con la ferocidad del animal: "Benjamín es lobo rapaz que a la mañana devora la presa y a la tarde divide los despojos".

Los Evangelios: Se asocia reiteradamente al lobo con los "falsos profetas" (Mateo 7, 15) o con los enemigos del "buen pastor" que dispersan el rebaño (Juan 10, 12).

Al igualarse con la herejía y el demonio, el lobo dejó de ser un simple depredador natural para convertirse en una entidad perversa dotada de maldad consciente.

A partir de este pánico eclesiástico y rural, la literatura infantil y popular adoptó al lobo como la herramienta perfecta de adoctrinamiento moral. Fábulas clásicas (como las de Esopo) y cuentos de tradición oral —fijados más tarde por autores como Charles Perrault y los Hermanos Grimm (Caperucita Roja o Los tres cerditos)— utilizaron al lobo para personificar el engaño, la violencia del mundo exterior y las consecuencias de la desobediencia.

Decirle a un niño "que viene el lobo" (frase inmortalizada también en la fábula El pastor mentiroso) no era una simple fantasía; era una advertencia severa para evitar que los pequeños se alejaran solos al bosque, desobedecieran a sus padres o descuidaran sus labores.

El miedo colectivo se nutría de sucesos reales que aterrorizaban a regiones enteras. Casos de ataques masivos, como el de la Bestia de Gévaudan en la Francia del siglo XVIII (donde un animal, presuntamente un lobo enorme, mató a decenas de mujeres y niños), o las ejecuciones de supuestos "hombres lobo" y asesinos de niños (como Peter Stump en Alemania o el Hombre Lobo de Châlons), terminaron por sellar el destino del lobo como el monstruo definitivo de las pesadillas infantiles.

EL OGRO.

La figura del ogro surge de una combinación de mitología antigua y el folclore europeo.

La palabra «ogro» llegó al castellano a través del francés ogre. A su vez, se considera que deriva del latín Orcus (Orco), el dios romano del inframundo y castigador de los juramentos rotos, asociado a un monstruo del submundo. Su primera mención literaria moderna con tintes de gigante devorador de carne humana proviene del escritor italiano Giambattista Basile y, posteriormente, se popularizó de forma masiva en el siglo XVII gracias a los cuentos de Charles Perrault (como Pulgarcito o El gato con botas).

En la tradición oral preindustrial, la característica principal de un ogro era su antropofagia (especialmente su apetito por los niños desobedientes). Al fusionar los mitos nórdicos y mediterráneos de gigantes salvajes que habitaban bosques oscuros, las comunidades moldearon la figura del ogro para encarnar el peligro de lo desconocido fuera de los límites del pueblo.

EL COCO.

Pero, sin duda, el clásico de los asustadores o asustaniños, era el Coco.

El Coco era un personaje mitológico del folclore peninsular, descrito como una criatura o sombra sin forma fija; al nombrar al Coco damos forma a un monstruo poderoso, peludo y que robaba niños desobedientes para después comérselos. Federico García Lorca afirmó que formaba parte del mundo infantil lleno de figuras sin dibujar, y su fuerza mágica es su “desdibujo”.

Etimológicamente se ha querido vincular al griego kakos, “deforme”, al latín cuculus, “capucha” o a manducus, que era el nombre que los romanos daban a un personaje teatral que llevaba una máscara de boca grotesca y dientes afilados.

Este popular monstruo ficticio de origen ibérico, se extendió a Iberoamérica a través de españoles y portugueses, convirtiéndose, al igual que en estos lares, en un monstruo popular que sirvió de inspiración para los autores allende de los mares.

Y hasta aquí un breve relación de nuestros asustaniños más populares…

Seguro que después de leerlos, y recordarlos, nos damos cuenta de que los monstruos de Halloween no son para tanto y que, si queremos monstruos, en nuestro propio imaginario popular estamos más que sobrados.


Pilar Medina Rayo

Escritora y autora del libro "Óbolos para Caronte"
Madrid

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